Comprendí hace muchos años que un libro, una novela, es un sueño que pide ser escrito igual que uno se enamora: el sueño se vuelve irresistible, es imposible hacer nada al respecto, al final te rindes y sucumbes por más que tu instinto te diga que salgas corriendo porque eso va a acabar siendo un juego peligroso: alguien saldrá malparado.
Y ya estaban todos preparándose para la siguiente clase: las campanas tañeron para avisar del final de la hora del almuerzo. Robert se puso en pie y desplegó su horario junto con un mapa del campus. Ahora, cuarenta años después de los sucesos de 1981, escribiendo sobre este primer encuentro con Robert Mallory, rememoro aquel almuerzo mientras voy rellenando los huecos, las evasivas de algún modo reveladoras, porque sé lo que pasó al final: conozco el relato secreto.
De haber sabido lo peligroso y dañino que era realmente Robert Mallory, habría intervenido de algún modo. Pero aún no lo sabía.
La canción era demasiado lenta, demasiado larga, y sin embargo nos conmovía y como las mejores canciones pop era una abstracción, poesía que podía significar cualquier cosa para cada cual: era una plataforma de lanzamiento para nuestros anhelos individuales pero obviamente también una metáfora sobre la pérdida, algo que todos compartíamos, ya fuese el dolor causado por el divorcio de sus padres en el caso de Thom Wright —el padre, al que se sentía más unido, ahora en la otra punta del continente—, o el alcoholismo que estaba destruyendo al padre de Jeff Taylor, o mis propias derrotas ligadas al actor que a menudo interpretaba contra mi voluntad y a quien mi padre continuaba ignorando por más que intentase representar el papel del hijo que yo pensaba que él quería. Aquella canción en particular de Ultravox parecía, de una manera indirecta, resumirlo todo y definirnos en aquel momento sin importar de qué tratasen realmente las letras o el vídeo. Nos quedamos en silencio hasta que terminó.
Volví a quedarme helado. En ese momento la atmósfera se enturbió de manera instantánea y fue como si una nueva persona poseyese de pronto a Robert y todos los rasgos de cordialidad y vulnerabilidad que se habían manifestado solo unos segundos antes se hubiesen disipado y hubiesen sido sustituidos por las tres caras que vibraban sordamente tras aquellos ojos. La cara inocente que me miraba entornando los ojos tratando de calar a Bret, luego la cara que lo contemplaba todo en un plano maestro, general, donde todas las piezas estaban visibles y en juego y ofrecían una serie de caminos a escoger desde su perspectiva privilegiada, y luego la cara cada vez más hostil de un psicópata peligrosamente trastornado que ya había sido ingresado, que trataba de contenerse y a quien no le importaba nada. Aquella era la persona que de pronto me miraba cuando el entrenador Holtz hizo sonar su silbato para indicar que era hora de ir a los vestuarios y cambiarse para almorzar.
Lo que trasciende normalmente de una novela no es su contenido, sino lo que se produce a su alrededor. Muy pocas veces un autor ha sido polémico o relevante por el contenido de su libro; si hay ruido mediático, es por algo que hace más allá de su obra.
Toda la literatura es una metáfora del mundo. Es poner lo que pasa en el mundo sobre el papel, en palabras. Por supuesto, la literatura lo refleja todo, pero no literalmente. Es como poner orden en el caos que nos rodea. Así que la literatura es una herramienta para transformar el caos en orden, lo que nos rodea, los problemas, los desastres, las guerras, el amor, el odio, y hacerlos coherentes y comprenderles y dotarles de sentido. Ese es el sentido de la literatura. […]
La literatura somos nosotros, sin ella no sabemos quiénes somos. Y también sin las demás artes, sin la música, sin la pintura, sin el arte que nos rodea. Somos lo que creamos. Sin el arte, los humanos no tendrían cultura, no tendrían forma de sobrevivir. Sin la literatura, sin la poesía, a la que considero la más elevada de las artes… Porque no son adornos, son la esencia de la vida.
A diferencia de otros compañeros de generación como Jorge Herralde o Mario Muchnik, Esther Tusquets nunca se definió como una editora vocacional, a la manera apasionada y heroica que exhibieron tantos profesionales del gremio en el siglo pasado.
Los bárbaros no tienen que quemar los libros. El tigre está en la biblioteca. Querido Borges, créame que no me satisface quejarme. Pero ¿a quién podrían estar mejor dirigidas estas quejas sobre el destino de los libros –de la lectura misma– que a usted? Todo lo que quiero decir es que lo echamos de menos. Yo lo echo de menos. Su influencia decisiva continúa. La época en que ahora estamos entrando, este siglo 21, pondrá a prueba al espíritu de maneras nuevas. Pero, se lo aseguro, algunos no vamos a abandonar la Gran Biblioteca. Y usted seguirá siendo nuestro patrono y nuestro héroe.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)