Se vive así, cobijado, en un mundo delicado, y uno cree que vive. Entonces lee un libro (Lady Chatterley, por ejemplo), o va de viaje, o habla con Richard, y descubre que no vive, que está simpleme…
De pequeña solía maravillarme ante cosas corrientes. Un tenedor encima de la mesa o una flor en un jarrón de repente adquirían la extraña cualidad de un misterio metafísico. Ver a mi hermana lamer un cucurucho de helado me llevaba a pensar en lo raras que eran las lenguas humanas, con sus bultos y el surco en el centro. ¿Y las sensaciones que iban y venían a lo largo del día: los escalofríos y los sudores, los sabores dulces y los agrios, los retortijones cuando los niños del colegio se reían de mí o el deleite de los besos y los abrazos de mi madre? Y luego estaban las reglas de la vida, que no eran pocas. ¿Por qué los niños podían dar brincos cuando ganaban un concurso de caligrafía y a las niñas no se nos dejaba ni sonreír, y menos aún levantar los brazos en el aire? ¿Y si las reglas eran diferentes?
Cuando mi hija, Sophie, tenía tres años, me preguntó: «Mamá, ¿cuando sea mayor seguiré siendo Sophie?». Le respondí que sí, aunque sabía que acababa de plantear una antigua cuestión filosófica para la que no había una respuesta satisfactoria, la cuestión del Yo y su continuidad en el tiempo. ¿Qué cambia y qué permanece igual? ¿Creemos a Heráclito o a Platón? ¿Cómo conectamos el embrión, el recién nacido y el adolescente con la anciana que está en su lecho de muerte? ¿Cómo concebimos la vida interna y la externa? ¿Cómo marcamos los límites entre ellas? ¿Cómo sabemos lo que estamos tan convencidos de saber? […]
¿Es la misma persona la niña que se quedaba mirando un tenedor y la mujer que daba la charla? El tiempo es inefable, pero las ideas y las reglas que las acompañan pueden perdurar, a menudo cientos de años. A mi yo adulto no le cuesta imaginar un mundo en el que las ideas circulan libremente entre disciplinas sin una jerarquía discriminatoria, un mundo donde las niñas pueden alardear tanto como los niños y éstos no les tienen miedo, un mundo en el que se han disuelto las viejas fronteras. Este premio llega de la mano de una niña, una princesa. Me gustaría que fuera para todas las niñas que leen muchos libros sobre un sinfín de temas, que piensan, preguntan, dudan, imaginan y se niegan a estar calladas».
Hay veces que no estamos juntos, y sin embargo yo siento que tú estás aquí, hablando conmigo, mirando lo que escribo, silenciosa, a mi espalda, llenando con tu risa, la pieza, dando vida a muebles y retratos, alegre, victoriosa, como si por nosotros el espacio se hubiera comprimido, juntándonos, fabricando el milagro del amor, profundísimo: hacer que lo imposible crezca, naturalmente.
John Cassavetes y el fin último de todas sus creaciones: comprender la complejidad insondable, caprichosa y fascinante del amor. pic.twitter.com/eOXDT646uh
En sus más de cincuenta años de trayectoria, el escritor madrileño no solo consiguió crear un mundo literario, sino también unas reglas propias para juzgarlo, algo poco común.
En el fondo, todo lector auténtico es también amigo de los libros. Porque el que sabe acoger y amar un libro con el corazón, quiere que sea suyo a ser posible, quiere volver a leerlo, poseerlo y saber que siempre está cerca y a su alcance. Tomar un libro prestado, leerlo y devolverlo, es una cosa sencilla; en general lo que se ha leído así se olvida tan pronto como el libro desaparece de casa. Hay lectores que son capaces de devorar un libro cada día, y para éstos la biblioteca pública es al fin la fuente adecuada, ya que de todos modos no quieren coleccionar tesoros, hacer amigos y enriquecer su vida, sino satisfacer un capricho. A esa especie de lectores que Gottfried Keller supo retratar tan bien en una ocasión, hay que dejarla con su vicio. Para el buen lector, leer un libro significa aprender a conocer la manera de ser y pensar de una persona extraña, tratar de comprenderla y quizá ganarla como amigo. Cuando leemos a los poetas, no conocemos solamente un pequeño círculo de personas y hechos, sino sobre todo al escritor, su manera de vivir y ver, su temperamento, su aspecto interior, finalmente su caligrafía, sus recursos artísticos, el ritmo de sus pensamientos y de su lenguaje. El que quedó cautivado un día por un libro, el que empieza a conocer y entender al autor, el que logró establecer una relación con él, para ése empieza a surtir verdaderamente efecto el libro. Por eso no se desprenderá de él, no lo olvidará, sino que lo conservará, es decir, lo comprará, para leer y vivir en sus páginas cuando lo desee.
Si hoy por hoy intentamos escribir una novela tenemos la sensación de hacer algo que ya nadie quiere y que por lo tanto no está destinado a nadie, y esto vuelve nuestra mano débil y nuestra imaginación fría y agotada, y si intentamos leer una novela tenemos la sensación de que hoy en día se nos niega y se nos prohíbe abandonarnos a un mundo imaginario que otros han creado para nosotros, y por eso encontramos infinitos pretextos para no leer aquella novela y prescindir de ella, nuestra vida demasiado ansiosa y ocupada, las inquietudes y las pesadillas y los espectros privados y colectivos que nos asedian y nos acosan de todas partes. Entonces, a veces, volvemos a las novelas del pasado, como una mina de bienes abundantes y valiosos que nuestro tiempo ha perdido. Pero aislarlos en el pasado es como tenerlos custodiados en vitrinas, como tenerlos prisioneros en los museos de la memoria. Sentimos un enorme deseo de novelas nacidas en el presente, que lleven las huellas del presente, para mezclarlas con las del pasado y gozarlas a la vez. Y no sabemos si tal deseo es compartido por otros o si somos los últimos en sentirlo, si es fruto de una insensatez de solitarios o se ha generado gracias a una exigencia universal y esencial.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)