El poeta austríaco Rainer Maria Rilke (1875-1926)PHOTO 12 (UNIVERSAL IMAGES GROUP / GETTY)
Di paso a los diversos onces de septiembre que iban entrando en mi memoria: golpe de Estado en 1973 contra Allende; el derrumbe de las torres gemelas; la muerte de Javier Marías…
Sucede también que un escritor del siglo XX se siente a veces apresado en su tiempo y que la lectura de los grandes novelistas del XIX -Balzac, Dickens, Tolstoi, Dostoievski- le infunde cierta nostalgia. En aquella época el tiempo fluía de forma más lenta que hoy, y esa lentitud estaba más a tono con el trabajo del novelista porque podía concentrar mejor la energía y la atención. Luego, el tiempo se aceleró y avanza a trompicones, lo que explica la diferencia entre los recios macizos novelísticos del pasado, con arquitectura de catedral, y las obras discontinuas y fragmentadas de hoy en día. Desde esa perspectiva, pertenezco a una generación intermedia y siento curiosidad por saber cómo las generaciones siguientes, que nacieron con Internet, móvil, correos electrónicos y tuits, expresarán mediante la literatura el mundo al que todos están permanentemente “conectados” y en el que las “redes sociales” menoscaban esa porción de intimidad y secreto que era aún, hasta hace poco, un bien que nos pertenecía, ese secreto que daba hondura a las personas y podía ser un gran tema novelesco. Pero no quiero dejar de ser optimista en lo referido al porvenir de la literatura y estoy convencido de que los escritores del futuro garantizarán el porvenir tal y como lo han venido haciendo todas las generaciones desde Homero.
Desconfío de los escritores que no empezaron haciendo versos. Leopoldo Marechal solía recordar que, para Aristóteles, todos los géneros de la literatura son géneros de la poesía, y Ray Bradbury aconseja leer todos los días un poema antes de ponerse a escribir un cuento o una novela. Todo escritor verdadero es esencialmente un poeta. Ser poeta no significa escribir en verso, ni el puro acto mecánico de versificar garantiza la poesía. Cuando uno dice «poeta» piensa en Góngora, en Machado, en Lorca, en Neruda, en Vallejo. Son, digamos, poetas en estado puro. Pero hay otro tipo de escritor que llega a los versos a través de la prosa, como Borges, como Quevedo, incluso como Poe. Y hay todavía un tercer tipo, el gran prosista, que no puede escribir versos, aunque seguramente empezó haciéndolo en su adolescencia. William Faulkner le confesaba a Jean Steen: «Soy un poeta malogrado. Quizás todo novelista quiere escribir primero poesía y descubre que no puede, y entonces intenta escribir cuentos, que es la forma más exigente después de la poesía, y, al fracasar, sólo entonces se dedica a escribir novelas.
La poesía no es una manera de escribir, es más bien un modo de vivir, de percibir el mundo.
El escritor rumano Mircea Cărtărescu, fotografiado el año pasado en Santander. /JUAN MANUEL SERRANO ARCE
Mircea Cărtărescu: “Soy infeliz cuando no escribo”
La literatura somos nosotros, sin ella no sabemos quiénes somos. Y también sin las demás artes, sin la música, sin la pintura, sin el arte que nos rodea. Somos lo que creamos. Sin el arte, los humanos no tendrían cultura, no tendrían forma de sobrevivir. Sin la literatura, sin la poesía, a la que considero la más elevada de las artes… Porque no son adornos, son la esencia de la vida.
A Dostoievski la epilepsia lo acompañó tanto en su vida como en su obra.
Su primer ataque de epilepsia fue a los 18 años, tras el asesinato de su padre a manos de sus siervos. Éstos, enfurecidos por los castigos permanentes que les inflingía estando borracho, lo inmovilizaron y obligaron a beber vodka hasta ahogarse.
Para Freud, este suceso fue la causa de la neurosis que el escritor tuvo a lo largo de su vida.
Si bien padeció la enfermedad con crisis frecuentes, sobre todo de noche cuando escribía, la epilepsia fue la que lo salvó de pasar el resto de su vida en el ejército como lo había condenado el Zar por conspirador.
Dostoievski también incorporó la enfermedad a su obra. En 6 novelas suyas aparecen personajes epilépticos:
-Murin y Ordínov (La patrona, 1847), -Nelly (Humillados y ofendidos, 1861), -Myshkin (El idiota, 1868), -Kiríllov (Los demonios, 1872) y -Smerdiakov (Los hermanos Karamázov, 1879-80).
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)