Entrevista a Pascal Quignard

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Texto. Louise Erdrich

La vida te romperá. Nadie puede protegerte de eso, y vivir solo tampoco lo hará, porque la soledad también te romperá con su anhelo. Tienes que amar. Tienes que sentir. Es la razón por la que estás aquí en la tierra. Estás aquí para arriesgar tu corazón. Estás aquí para ser tragado. Y cuando te sientas quebrado, o traicionado, o abandonado, o herido, o sientas que la muerte este cerca, al menos podrás decirte a ti mismo que has disfrutado la vida.

Louise Erdrich

(A través de Benditos Poetas)

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Esas pálidas huellas del que fue nuestro mundo, Natalia Ginzburg

El mundo que gira y se transforma a nuestro alrededor conserva solo alguna pálida huella del que fue nuestro mundo. Lo amábamos no porque lo encontrásemos bello o justo sino porque en él invertíamo…

Origen: Esas pálidas huellas del que fue nuestro mundo, Natalia Ginzburg – Calle del Orco

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Carta de Carlos Fuentes a Milan Kundera

¡De manera, querido Milán, que los dos somos ya septuagenarios! Qué ilusorio, qué sorprendente, me parece llegar a esta edad. Tengo, acaso, demasiado viva la impresión de nuestro encuentro en Praga, en 1968. No renuncio, acaso, a ese momento trágico y exaltante a la vez, en que nuestra confianza política fue puesta a prueba, las realidades se impusieron a las ilusiones, y sin embargo las esperanzas no cedieron ante la indiferencia. Fue el año de Praga, París y México. En Checoslovaquia, el intento generoso de un socialismo con rostro humano fue brutalmente aplastado por el Kremlin en nombre del comunismo. En París, la crítica juvenil a la sociedad post-industrial y consumista adoptó banderas que proclamaban «la imaginación al poder». En México, la calma mortal del régimen autoritario del Partido Revolucionario Institucional fue rota por una juventud que pedía en la calle lo que aprendió en las escuelas: democracia, crítica, libertad.

Viví contigo ese año crucial de nuestro siglo, Milán, y compartimos la amargura de lo que, entonces, se antojaban fracasos. Fracaso de la primavera de Praga, aplastada por los tanques soviéticos. Fracaso del mayo parisino, frustrado por la complicidad del Partido Comunista Francés y la astucia del general De Gaulle. Y fracaso del movimiento estudiantil mexicano, detenido a balazos por el régimen autoritario del PRI en el poder.

Sin embargo, a treinta años de distancia, lo que entonces pareció fracaso hoy no aparece así. Debajo de los empedrados de París no apareció la playa, pero sí renació el socialismo francés de su letargo bajo Guy Mollet y la aventura de Suez. Perdió su prestigio el PCF y se preparó una generación crítica de lo que hoy vivimos: el capitalismo salvaje, el neodarwinismo global. Debajo de las ruedas de los tanques rusos en Praga no renació un socialismo con rostro humano, pero Checoslovaquia anunció el fin del imperio soviético diez años después y el inicio de una nueva era para Rusia y la Europa Central. No una era mejor, pero sí una era ejemplar: el fin del comunismo no significó el fin de la injusticia, ni el triunfo de la democracia significa la felicidad instantánea. En México, finalmente, el sacrificio de la juventud en la Plaza de las Tres Culturas señaló el inicio del declive del autoritarismo priista y el nacimiento de una democracia mexicana que, a su vez, no puede reducirse a jornadas electorales y cuotas parlamentarias, sino que debe traer, junto con la libertad, un grado de bienestar mayor para los cincuenta millones de mexicanos que viven en la pobreza.

Cuando Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y yo viajamos a Praga en 1968 para estar contigo y con la esperanza democrática de tu patria, tuvimos que sentar a la misma mesa a los ángeles de la ilusión con los demonios de la fatalidad. No pudimos prever todo lo que, durante los siguientes treinta años, sucedería. Pero en medio de los tanques rusos en Checoslovaquia, los cadáveres juveniles en Tlatelolco y los macanazos policiacos en el Barrio Latino, nuestras palabras, querido Milán, sí afirmaron la necesidad de un imaginario para entender realmente la historia. Sí afirmaron que la literatura es indispensable para mantener vivos la lengua y la imaginación de una sociedad, y que sin imaginación, sin lenguaje, ninguna sociedad sobrevivirá. Ni a los tanques rusos, los garrotes policiacos parisinos o las matanzas mexicanas, ayer. Ni a los alegres robots del supermercado, los sonrientes enterradores de la historia y los crueles especuladores de la marginación, hoy.

Ni tú ni yo pensamos que una novela puede cambiar la política. Lo que sí creemos es que sin la novela, el mundo de los hombres y las mujeres sería no sólo más pobre, sino más débil ante las constantes agresiones del poder. El poder político quisiera ser absoluto y no lo es sólo porque nosotros, todos nosotros, no se lo permitimos. La sociedad civil checa, polaca y húngara, los escritores como tú, Jorge Konrad o Jerszy Andrejewski, los cineastas, músicos y filósofos de la Europa Central, mantuvieron, a pesar de todo, un margen de libertad bajo la tiranía comunista. ¿Lo conservarán bajo la indiferencia capitalista? El problema de ustedes, en Europa Central, es más difícil que el nuestro, en América Latina. De México a Argentina, nuestras metas son más claras. La educación, la palabra, el libro, la biblioteca, son armas fundamentales en la lucha de nuestros países, que es unir la democracia política al mejoramiento económico de los miserables.

Pero tanto en Praga como en la ciudad de México, en Varsovia como en Buenos Aires, el novelista crea un espacio donde, en medio del silencio o del ruido, ambos ensordecedores, del mundo político, económico y religioso, la voz del ser singular, del ser irrepetible, del hombre y la mujer que no pueden ser reducidos a cifras o a siglas, se deja escuchar.

Tus espléndidas novelas, grande y querido Milán Kundera, nos han dado a todos tus lectores no sólo el regalo de la imaginación y el lenguaje más puros pero más recios. A través de los tiernos y solitarios y desorientados y resistentes personajes de La broma y La vida está en otra parte, de La insoportable levedad del ser al Libro de la risa y el olvido a La inmortalidad, La lentitud y La identidad, has creado ese espacio en el que todos tienen derecho a la palabra y ese tiempo en que todo es, maravillosamente, presente: el pasado aquí, el futuro aquí. Tus novelas impiden, poderosamente, que prosperen los proyectos autoritarios para hundir el pasado en el olvido y prometer un futuro feliz pero indeseable. Tus personajes son héroes y heroínas de una resistencia frente a dos sepulcros: el del olvido y el de la imprevisión. Tú le das vida a un presente conflictivo, rico, abarcador. Te niegas a excluir. Eres un gran escritor de la inclusión, del abrazo. Lo que a nadie le dices es que la inclusión sea sencilla, o que el abrazo no sea doloroso. Como Faulkner, al que tanto admiramos, entre el sufrimiento y la nada, tú te quedas con el dolor.

Estamos bailando tú y yo, querido amigo, «el vals del adiós», como se titula uno de tus libros. Pero no nos vamos a despedir ni con resignación, ni con cansancio, ni con satisfacción. Vamos a seguir viviendo y escribiendo con voluntad, con energía y con insatisfacción. Qué alegría saber que compartimos los trabajos y los días de nuestros setenta años, como compartimos los de nuestros treinta años.

Muchas felicidades te desea Carlos Fuentes

Carlos Fuentes

(A través de Mar de Fondo)

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Cuaderno de poemas. «No lo dudes». Mary Oliver


Si de repente, inesperadamente, sentís alegría,
no dudes. Entrégate a ella.
Hay un montón de vidas
y ciudades enteras destruidas o a punto de serlo
No somos sabios, y rara vez
amables.
Y hay tanto que no tiene redención.
Y aún así, a la vida todavía le queda alguna posibilidad.
Tal vez sea su forma de resistir,
que a veces pase algo mejor que toda la riqueza
y el poder del mundo.
Podría ser cualquier cosa,
pero es muy probable que lo adviertas al instante
en que empieza el amor.
De todos modos, suele ser así.
De todos modos, sea lo que sea,
no temas su abundancia.
La alegría no se hizo para ser una migaja.

Mary Oliver
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Ventana a YouTube. 18.000 australianos cantan “Africa” de Toto

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Instrucciones para meter un libro en una faja

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Álbum de Bibliotecas en construcción. CCXLIX

Biblioteca de la Universidad de Seikei (Japón)
Biblioteca de la Universidad de Varsovia, Polonia.
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Cuando escribo. Henry Miller

Henry. Miller

Nunca podría predecir cuánto tiempo lleva un libro: incluso ahora, si me propongo hacer algo, tampoco lo podría decir. Y es algo falso…

Origen: Cuando escribo – Casa de Letras

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Lectura: «Las tempestálidas». Gueorgui Gospodínov


Textos

En un momento dado, les dio por computar el tiempo. Cuándo dio comienzo el tiempo, en qué momento se concibió el mundo. A mediados del XVII, un obispo irlandés, Usher, quiso ofrecer un cálculo preciso. No solo el año, sino la fecha exacta del inicio de los tiempos: el 22 de octubre del 4004 a. de C. Y cayó en sábado, por si había dudas. Algunas fuentes aseguran que Usher señaló también la hora: a eso de las seis de la tarde. ¿Sábado por la tarde? Por mi parte, lo compro totalmente. En qué otro momento de la semana, aburrido de la vida, iba a ponerse el Creador a engendrar el universo. Y a procurarse, de paso, algo de compañía.


Pues bien, Gaustín y yo montamos la primera clínica para producir pasado. En realidad, la montó él, yo era solo el ayudante, el recolector de pasado. No era fácil. No puedes simplemente soltarle a alguien: aquí está tu pasado de 1965. Tienes que conocer sus historias, y si a esas alturas ya no puedes conseguirlas, tienes que inventarlas. Saberlo todo sobre ese año. Qué peinados estaban de moda, cómo de afiladas eran las punteras de los zapatos, a qué olían los jabones, el catálogo completo de aromas de aquel año. Si la primavera fue lluviosa, qué tiempo hizo en agosto. Cuál fue la canción número uno. Las anécdotas más importantes del año, no solo las noticias, sino los rumores, las leyendas urbanas. Las cosas se complicaban dependiendo del pasado que querías que te ofrecieran. ¿Querrías tu pasado del este, si ese había sido tu lado del Muro? O al revés, ¿querrías vivir precisamente aquel pasado que te había sido negado? Atiborrarte del pasado ajeno como si fuesen los plátanos con los que habías soñado toda tu vida.


En todas las epopeyas antiguas existe un enemigo fuerte con el que medirse: el Toro del Cielo y Gilgamesh, el monstruo Grendel, su madre y al final el dragón que hiere a muerte al viejo Beowulf, todos los monstruos, toros y demás en las Metamorfosis de Ovidio, el cíclope en la Odisea y un largo etcétera. En las novelas actuales los monstruos han desaparecido, se han ido junto con los héroes. Cuando no hay monstruos, tampoco hay necesidad de héroes. Sin embargo, sí que hay un monstruo. Hay un monstruo que nos acecha a cada uno de nosotros. La muerte, dirán ustedes. Sí, sí, la muerte es su hermana. Pero la vejez es el monstruo.


Valiente robo, la vida… ¿No? Y el tiempo. Qué arteros ambos. Peores que el peor salteador de caminos, emboscado a la espera de la inocente diligencia. A este bandido solo le interesa tu saco lleno de monedas y el oro escindido. Si eres dócil y se lo entregas sin lucha, te perdonará lo demás: la vida, la memoria, el corazón, la minga. Pero aquel otro —la vida, el tiempo— viene y se lo lleva todo: la memoria, el corazón, el oído, el colgajo. Ni siquiera selecciona, agarra lo primero que ve. Y, por si fuera poco, se mofa de ti. Vuelve pellejos tus pechos, torna las nalgas macilentas, te arquea la espalda y te llena de canas el cabello que ya empieza a ralear mientras hace brotar pelos de las orejas y te esparce lunares por el cuerpo, manchas en manos y cara, te hace balbucear sandeces o enmudecer, al fin chocho y senil, después de vaciarte los bolsillos de palabras. Hijo de puta. Llámalo tiempo, vida, vejez, da lo mismo, son todos de la misma banda. Idéntica escoria. Al principio, el muy canalla intenta mostrarse educado, roba dentro de unos límites, se desliza como un carterista, sin que te des cuenta, y arrambla con pequeñas cosas: un botón, un calcetín, un leve pinchazo arriba a la izquierda, dos dioptrías, tres fotos del álbum, unos pocos rostros, cómo era que se llamaba ella, di, cómo se llamaba ella…

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