Onetti amaba estar acostado. Cuentan los pocos que pudieron visitarlo en su apartamento de Madrid, que había puesto en la cabecera de su cama un cartel que rezaba:
“Se nace cansado y se vive para descansar. Ama a tu cama como a ti mismo. Descansa de día para dormir de noche.”
«Juan dormía, comía, leía y hacía el amor todo en la cama, porque consideraba que era donde pasaba todo lo importante, pero en realidad era pereza», comentó Dorotea Muhr, Dolly, cuarta y última esposa del escritor.
Es así que de tanto apoyarse sobre su codo derecho para leer, se le había deformado y en ocasiones le generaba bastante dolor.
A Onetti no le interesaba que la habitación tuviese una ventana, de hecho, cuando lo instalaron en una lujosa habitación en El Escorial con una hermosa vista, dio vuelta la cama para quedar mirando la pared. Hortensia Campanella, amiga y editora del escritor, cuenta que bromeando le colgó un espejo del ropero para que vea la ventana.
Para terminar esta anécdota, volvemos a citar a Dolly: «Onetti estaba más vivo en la cama que mucha gente de pie y a pie».
Una vez alcanzado ese estado de cosas, no es necesario leer mucho ni hay razón alguna para mantenerse al día «con la literatura», según proclama la gente vana y estúpida. Porque ha llegado el tiemp…
Las insípidas palabras, los signos falsos, la escritura moribunda que reconoces como tuya ¿qué puede quedar de tanta futilidad? ¡Deséchala, no la digas por entero! Débil siempre ha sido, y lo será todavía más. ¿O acaso esperas a que haya palidecido del todo?
Pues lo que te ha sostenido siempre ha sido la queja vigorosa: a quienes se te han sustraído los has retenido con todas tus fuerzas: quedaos aquí, quedaos aquí, no pienso entregaros, yo no despido nada, sea lo que sea, tan poco que apenas pueda verse a simple vista, yo no entrego nada, aunque ¿puede llamarse vida semejante avaricia? ¿O no pertenece ya a la vida? Más sorpresa y más confusión, y no sólo en letras de molde ¿Qué ha habido en ti aparte de letras de molde? ¿Dos seres humanos, tres, acaso cuatro, acaso cinco? ¿Y qué más? ¿Nada más? ¿Y todos los nombres? ¿No son nada los nombres?
Estoy sola: todas mis riquezas a mi alrededor. Tengo una cama, una habitación. Tengo una cama, un florero con flores junto a ella. Y un velador, un libro.
Estoy despierta, estoy a salvo. La oscuridad como coraza, los sueños postergados, tal vez desvanecidos para siempre.
Y el día, la insatisfactoria mañana que dice soy tu futuro, aquí está tu cargamento de dolor: ¿Me rechazas? ¿Pretendes despacharme porque no soy plena, como dices, porque en mí ves implícita la negra figura?
Jamás seré desterrada. Soy la luz, tu humillación, tu angustia personal. ¿Te atreves a despacharme como si esperaras algo mejor?
No hay mejor. Sólo (por un rato) el cielo nocturno como una cuarentena que te aparta de tu tarea.
Sólo (suave, orgullosamente) las estrellas que brillan. Aquí, en la habitación, el dormitorio. Diciendo Fui valiente, resistí, me prendí fuego.
«Estrellas» (fragmento extraído del poemario «Las siete edades»), de Louise Glück
‘Retrato de casada’ de Maggie O’Farrell lidera un podio en el que también aparecen Bret Easton Ellis, Hernán Díaz y Ken Follett. Violencias privadas y colectivas, por Lourdes VenturaLas diez mejores novelas españolas de 2023
Nadie podía saber lo que le pasaba por la cabeza a un niño de siete meses. Un vacío sombreado, un cielo gris de invierno contra el que estallaban impresiones –sonidos, imágenes, tientos– cual fuegos de artificio en arcos y conos de colores primarios, olvidados al instante, sustituidos al instante y olvidados de nuevo. O un hondo pozo en el que todo caía y desaparecía, pero permanecía, irrecuperablemente presente, formas oscuras en aguas profundas ejerciendo su atracción gravitatoria incluso ochenta años después, en lechos de muerte, en últimas confesiones, en llantos postreros por el amor perdido.
Al final, de regreso en Londres, tuvieron una bronca, no un huracán, pero bastante fuerte, y amarga. Fue en compensación de todo lo que habían eludido. A Roland le asombró la intensidad de su propia ira y con qué aspereza respondía ella. Era dura a la hora de discutir. Como no podía ser de otra manera, su disputa tuvo que ver con la RDA. Él intentó contarle lo que sabía de la Stasi, sobre la intromisión del partido en las vidas privadas, sobre lo que eso significaba, no tener libertad para viajar, para leer tal o cual libro ni escuchar cierta música y sobre cómo quienes se atrevían a criticar. al partido se arriesgaban a que les quitaran a sus hijos y les negaran su opción laboral. Ella le recordó la Berufsverbot, la ley alemana occidental que excluía del sector público, incluida la enseñanza, a quienes se percibía como críticos con el Estado además de a los terroristas. Le habló del racismo en América, de su apoyo a dictadores fascistas, del inmenso arsenal de la OTAN, del desempleo y la pobreza y los ríos contaminados por todo Occidente. Él le dijo que estaba cambiando de tema. Ella le dijo que no estaba escuchando. Él le dijo que el asunto eran los derechos humanos. Ella dijo que la pobreza era un abuso de los derechos humanos. Estaban hablando casi a gritos. Roland se fue enfurecido a pasar la tarde en su casa. Su reconciliación esa noche fue dichosa.
Arriba, en el dormitorio, Roland se sentó a la mesa que lo hacía rico. Relativamente rico. Rico para ser poeta. Pero no lo era ya, era un ladrón antólogo, un fabricante ocasional de versos ligeros.
Tenía unos modales suavemente atentos. Roland pidió un café largo. Era inevitable, evidente, pero aún así le asombró estar sentado justo enfrente de su esposa. Cuando Rüdiger se dirigió hacia la barra, Roland lamentó que lo dejara a solas con ella. Había tanto que decir que no le venía nada a la cabeza. Estaba mirando por encima de su hombro, sin sostenerle la mirada. La súbita familiaridad de Alissa lo abrumó. Le sobrevinieron emociones distintas una detrás de otra: ira, pena, amor, luego ira otra vez. Tenía que sofocarlas, pero no sabía muy bien cómo hacerlo.
Mientras caminaba pensaba que, aparte de criar a un hijo, todo lo demás en su vida había sido y seguía siendo informe y no atinaba a ver cómo cambiarlo. El dinero no podía salvarlo. No había logrado nada. ¿Qué había sido de la canción que empezó a componer hacía más de treinta años e iba a enviar a los Beatles? Nada. ¿Qué había hecho desde entonces? Nada, aparte de un millón de golpes de tenis, un millón de interpretaciones de «Climb Every Mountain». Se sonrojaba ahora al leer sus poemas sinceros. Su padre había muerto en un instante. Su madre estaba iniciando un descenso hacia la sinrazón. Sabía que un escáner lo confirmaría. Ambos destinos aludían al suyo. En los de ellos vieron la medida de su propia existencia. Recordaba a sus padres bastante bien a la edad que tenía él ahora. A partir de entonces nada cambió en su caso salvo el deterioro físico y la enfermedad.
Un gran inconveniente de la muerte, según Roland, estribaba en quedar al margen de la historia. Habiéndola seguido hasta aquí necesitaba saber cómo irían las cosas. El libro que requería tenía cien capítulos, uno por año: una historia del siglo XXI. Tal como estaba el asunto quizás no llegara a ver ni una cuarta parte. Un vistazo a la página de contenidos sería suficiente. ¿Se atacaría un sobrecalentamiento global catastrófico? ¿Estaba la guerra sino-americana imbricada en el patrón de la historia? ¿Cedería la racha global de nacionalismo racista ante algo más generoso, más constructivo? ¿Revertiríamos la actual gran extinción de especies? ¿Encontraría la sociedad abierta maneras nuevas y más justas de florecer? ¿Nos haría la inteligencia artificial más sabios o chiflados o irrelevantes? ¿Lograríamos superar el siglo sin un intercambio de misiles nucleares? Tal como lo veía, sencillamente llegar intactos al último día del XXI, hasta el final del libro, sería un triunfo.
La escritora y traductora alemana Esther Kinsky, retratada en el barrio de Neukölln, en Berlín, a mediados de junio.PATRICIA SEVILLA CIORDIA
La autora alemana saltó a la fama con ‘Arboleda’, donde relataba el luto por su compañero. Su nuevo libro, ‘Rombo’, da la palabra a víctimas de terremotos para entender otros tipos de duelo
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)