Los verdaderos escritores son necesarios: expresan lo que otros sienten sin poder darle forma, y es por eso que todas las tiranías los amordazan. Por otra parte, ¿qué es el lujo? No es necesariamente la posesión de cosas. Pasearse en primavera por el campo, es un lujo; ser feliz cuando tanta gente sufre, es un lujo; estar sano entre tantos enfermos, es un lujo. No veo nada malo en que escribir sea un lujo para quien lo hace, no más que cantar o rezar.
Te apiadas de un erizo fuera, en el frío, y lo colocas en una vieja caja de sombrero con algunos gusanos. Después colocas dicha caja, con el erizo dentro, en una conejera en desuso y dejas la puerta abierta para que el pobre animal entre y salga cuando quiera. Para que vaya a buscar alimento y, tras haber comido, vuelva al calor y la seguridad de su caja en la conejera. Ahí tienes, pues, el erizo en su caja, dentro de la conejera, con suficientes gusanos para calentarla. Una última mirada para asegurarte de que todo está como Dios manda, antes de dedicarte a buscar otra cosa con que pasar el tiempo, que ya, a esa tierna edad, se te hace interminable. La llama de tu buena acción tarda más que de costumbre en atenuarse y extinguirse. En aquellos tiempos se encendía con facilidad, pero raras veces por mucho tiempo. Apenas la había atizado una buena acción tuya o un pequeño triunfo sobre tus rivales o una palabra de elogio de tus padres o mentores, cuando ya empezaba a atenuarse y extinguirse y te dejaba en poco tiempo tan frío y apagado como antes. Hasta en aquellos tiempos. Pero ese día, no. Fue una tarde de otoño cuando encontraste el erizo y te apiadaste de él del modo descrito y, cuando llegó la hora de irte a la cama, seguías sintiendo la misma satisfacción. Arrodillado junto a la cama, incluiste el erizo en la detallada plegaria a Dios para que bendijera a todos tus seres queridos. Y, mientras dabas vueltas en la cama esperando a que llegara el sueño, seguías rebosante de satisfacción al pensar en la suerte que había tenido el erizo cruzándose en tu camino. Un estrecho sendero de tierra bordeado de boj marchito. Cuando estabas ahí parado, preguntándote por la forma mejor de pasar el tiempo hasta la hora de ir a la cama, hendió uno de los linderos, y ya se dirigía hacia el otro, cuando entraste en su vida. Ahora bien, a la mañana siguiente no sólo se había apagado la llama, sino que, además, a ésta había substituido una gran inquietud. La sospecha de que tal vez no todo estuviera como Dios manda. De que, en lugar de hacer lo que hiciste, acaso hubiese sido mejor dejar las cosas como estaban y que el erizo siguiera su camino. Días, si no semanas, pasaron antes de que pudieses armarte de valor para regresar hasta la conejera. Nunca has olvidado lo que entonces encontraste. Estás boca arriba en la obscuridad y nunca has olvidado lo que entonces encontraste. La papilla. El hedor.
Onetti amaba estar acostado. Cuentan los pocos que pudieron visitarlo en su apartamento de Madrid, que había puesto en la cabecera de su cama un cartel que rezaba:
“Se nace cansado y se vive para descansar. Ama a tu cama como a ti mismo. Descansa de día para dormir de noche.”
«Juan dormía, comía, leía y hacía el amor todo en la cama, porque consideraba que era donde pasaba todo lo importante, pero en realidad era pereza», comentó Dorotea Muhr, Dolly, cuarta y última esposa del escritor.
Es así que de tanto apoyarse sobre su codo derecho para leer, se le había deformado y en ocasiones le generaba bastante dolor.
A Onetti no le interesaba que la habitación tuviese una ventana, de hecho, cuando lo instalaron en una lujosa habitación en El Escorial con una hermosa vista, dio vuelta la cama para quedar mirando la pared. Hortensia Campanella, amiga y editora del escritor, cuenta que bromeando le colgó un espejo del ropero para que vea la ventana.
Para terminar esta anécdota, volvemos a citar a Dolly: «Onetti estaba más vivo en la cama que mucha gente de pie y a pie».
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)