
La mayor parte de las actuales confesiones reales de escritores que cuentan su particular martirio son inverosímiles precisamente porque son reales
Origen: Una escena | Cultura | EL PAÍS

La mayor parte de las actuales confesiones reales de escritores que cuentan su particular martirio son inverosímiles precisamente porque son reales
Origen: Una escena | Cultura | EL PAÍS
(Con el tiempo he aprendido que, pasado cierto límite en la descalificación o el elogio, el crítico ya no está hablando del libro, sino de sí mismo).
¿No es eso lo propio de la literatura? ¿Dejarnos levemente insatisfechos?
El entrenamiento literario no tiene utilidad. La escritura es una modalidad de entrenamiento que solo sirve para entrenarse más.
Escribir un libro es perseguir el fantasma de un libro. Cercenar las casi infinitas posibilidades de lo real, hasta reducir la complejidad del bosque a una sola rama, a una sola hoja, a un solo tallo. Una tarea agotadora, quizás anacrónica. Algo ridículamente grandioso, comparable a patentar un nuevo aliño para ensaladas.
(De Plegaria para pirómanos)


‘Intimidades’, mujer en busca de un hogar imposible | Babelia | EL PAÍS
Katie Kitamura describe con precisión la vida de una traductora que solo puede compartir su intimidad superficialmente
Origen: ‘Intimidades’, mujer en busca de un hogar imposible | Babelia | EL PAÍS
Textos
En el tribunal estaba en juego nada menos que el sufrimiento de miles de personas, y en el sufrimiento no había cabida para la farsa. Sin embargo, el tribunal era por naturaleza un lugar de gran teatralidad, que no se encontró solo en el testimonio cuidadosamente preparado de las víctimas. La primera vez que asistí a una sesión me quedé perpleja, tanto el fiscal como el abogado estuvieron desmedidos en sus alegatos, y los mismos acusados a menudo exageraron su papel con una mezcla de arrogancia y autocompasión, eran políticos y generales, personas acostumbradas a ocupar. un gran escenario ya escucha el sonido de tu propia voz. Los intérpretes no podíamos prescindir por completo de esos elementos dramáticos, nuestra tarea no era solo traducir las palabras que pronunciaba el sujeto, sino también expresar o indicar la actitud, el tono y la intención que había detrás de ellas.
El hombre esbozó una sonrisa lobuna. Para mi horror, me rodeó la cintura con un brazo. Somos grandes amigos, dijo. Pero en lugar de mirarme clavó los ojos en Adriaan, quien de pronto se llevó una mano al bolsillo de la americana y sacó el cigarrillo. El contacto del hombre era húmedo e incluso pegajoso, incluso a través de las capas de ropa. No era su tipo de piel, que le sudaran o no las palmas o los dedos, sino su forma de agarrarme la cintura lo que producía esa sensación; era como verme abrazada por un calamar, un pulpo o cualquier otro cefalópodo.
Esa misma mañana recibí otro mensaje de Adriaan. Se le había ocurrido llevar comida de un restaurante indonesio que estaba a la vuelta de la esquina de su piso, para ahorrarle a Jana tener que cocinar. Lo leí y me acurruqué de nuevo en la cama. La llegada de esos mensajes, tan corrientes, me había infundido una seguridad que no sabía que necesitaba. La agitación de la noche anterior me había afectado más de lo que pensaba.
Pero fue suficiente, Kees se levantó bruscamente y se dirigió al otro lado de la mesa. Su actitud había cambiado, ahora hojeaba sus papeles con el ceño fruncido. Yo estaba a punto de ponerme de pie cuando me miró por encima de la mesa y me preguntó: ¿Ves mucho a Adriaan? No había nada particular en las palabras en sí o en la forma en que las pronunció, salvo el tono tal vez un poco demasiado despreocupado. Pero antes incluso de que levantara la vista supe que habría en su mirada un atisbo de malicia, y cuando nuestras miradas se encontraron, ahí estaba, ahí debía de haber estado siempre. En ese momento entraron los demás y, antes de que yo pudiera responder, Kees volvió a bajar la cabeza hacia sus papeles. Hizo un ruidito de ligera irritación, luego levantó la vista y dijo bruscamente: Entrad, por favor. Vamos con retraso. No perdamos más tiempo.
Se quedó allí de pie, apoyado contra la puerta, y me di cuenta de que lo miraba fijamente. Él se acercó como si yo hubiera confirmado algo, sobre él o sobre mí. Desde el atraco debía de acostumbrarse a que la gente lo mirara. Entre su rostro y el de Eline había la distancia que hay entre un negativo y la fotografía en sí. Pensé que debía de ser así incluso antes del atraco, pues no tenía nada de la belleza de su hermana, en cierto sentido sus facciones solo eran una tosca versión de los de ella. Y, sin embargo, tenían una evidente cualidad primigenia, como si el de él fuera el molde original. Aun carente de belleza, su rostro poseía un oscuro magnetismo, era memorable como nunca lo sería el de su hermana. De pie frente a él, noté que estaba olvidando el rostro de Eline, que este empezaba a ser un eco lejano del de su hermano.
Se cumplen cincuenta años de la publicación de la novela icónica de Julio Cortázar.

La renovadora del relato en España ha cultivado el género «neofantástico» en una obra que apuesta por retorcer hasta el extremo la realidad.
Origen: Los libros imprescindibles de la cuentista Cristina Fernández Cubas, Premio Nacional de las Letras
Lo más importante que tengo sobre mis libros es una sensación de sinceridad. De haber sido siempre Onetti. De no haber usado nunca ningún truco, como hacen los porteños, o hacían cuando había plata y se lustraban los zapatos dos veces al día. O esa manía de grandeza de los porteños que siempre hablan de millones. Tengo la sensación de no haberme estafado a mí mismo ni a nadie, nunca. Todas las debilidades que se pueden encontrar en mis libros son debilidades mías y son auténticas debilidades.

Juan Carlos Onetti
Cuando podía pasear por Buenos Aires, y cada vez que paseo aquí por París, solo, sobre todo de noche, sé muy bien que no soy el mismo que, durante el día, lleva una vida común y corriente. No quier…
Origen: Caminar por París significa avanzar hacia mí, Julio Cortázar – Calle del Orco
Ahora mucha gente considera que la página impresa no es más que tecnología obsoleta desarrollada por los chinos hace dos mil años. Los libros nacieron, es cierto, como estratagema práctica para transmitir o guardar información sin que fueran más románticos en la época de Gutenberg de lo que son los ordenadores en la nuestra. Sucede, sin embargo (y es un accidente imprevisto), que la sensación y la apariencia de un libro, al combinarse con una persona culta en una silla recta, puede crear una condición espiritual de inestimable profundidad y significado.
Este tipo de meditación, un accidente, como digo, puede ser el mayor tesoro en el centro de nuestra civilización. […]
No pierdas la fe en los libros. Es tan agradable tocarlos, sentir su peso. La dulce reticencia de las páginas cuando las pasas con tus dedos, sensibles. Una gran porción de nuestro cerebro se dedica a decidir si lo que tocamos con las manos es bueno o malo para nosotros. Cualquier cerebro que vale la pena sabe que los libros son buenos para nosotros.

(A través de Revista Ligeia)
Sobre Literatura: Su lectura, su creación, sus textos...
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