En mi oficio o arte áspero Ejercido en la noche apacible Cuando solo la luna ruge Y yacen los amantes en su lecho Abrazados a todos sus pesares, Yo me afano bajo la luz que canta No por la ambición ni por el pan Ni por jactancia ni por trueque de halagos En los estrados de marfil Sino por el salario común De sus corazones más ocultos.
No escribo estas páginas de espuma Para el soberbio Que se aparta del furor de la luna Ni para muertos encumbrados Entre ruiseñores y salmos Sino para los amantes que abrazan las penas de los tiempos, Que no pagan en elogio o salario Ni atienden a mi arte u oficio.
Donde se intentan explicar las filias y las fobias que despierta la autoficción, y porque se la confunde, tan a menudo, con así llamada literatura de testimonio
El escritor Eloy Tizón retratado en Madrid el 29 de agosto de 2023, con motivo del lanzamiento de su libro ‘Plegaria para pirómanos’. Inma Flores
Eloy Tizón, maestro (en todos los sentidos) del relato contemporáneo | Cultura | EL PAÍS
Cada decenio el autor ofrece un libro de relatos, destilado con mucho trabajo y paciencia, donde huye de convencionalismos e implica al lector en el acto creativo. Su nueva entrega se titula ‘Plegaria para pirómanos’
La sala de lectura había ido vaciándose. Hacía ya un buen rato que no se oían toses. Éramos los últimos maniquíes en el escaparate de una tienda color canela. Costaba trabajo distinguiendo los rostros, los ojos y los lóbulos de nuestras orejas. En cierto sentido, formábamos parte del bosque o del mito sagrado. La guardia pretoriana de los árboles se desdibujaba al fondo.
La vida es así, viene y va, sube y baja, entra y sale. Ya sé que puedo ser cualquier cosa que desee: un lápiz, una ciudad o este silencio. Poco a poco nos vamos vaciando, cada vez menos posesiones, más solas, de manera que al final no tienes nada, absolutamente nada, pero tienes el cuento.
Detroit no es una metáfora, sino una realidad palpable. Algo que suda y sangra y vomita, acurrucado en un portal, con tiritona y una aguja clavada en el antebrazo. Quizás un destino, una posibilidad, una sobredosis del mundo moderno o un lugar de vacaciones ideal para enfermos terminales o desempleados de larga duración, véngase usted una temporada a Detroit y tráigase a su familia, todos los gastos pagados, ya verá qué genial, nosotros. le invitamos.
Te digo que no lo soporto más, Magnes. ¿También esto lo estoy soñando? ¿Me estoy inventando a los cantores ciegos de góspel? Tú siempre me has reprochado que no tengo imaginación ni capacidad de inventiva, que soy una mujer prosaica, pegada a la tierra, agraria.
¿Escribir, dices? No gracias. Yo no quiero escribir. Lo intenté una vez. Buf. Qué pesadilla. Fue como perseguir patos. Una jaula de patos se abre, se escapan todos y tú tienes que atraparlos. Buf. Corren en direcciones opuestas, los patos, las ideas, es imposible, cuando agarras una frase se te escapa otra, no puedes. Patos y más patos. No gracias. Escribir es eso, o peor. Como perseguir patos.
Si hubiera tenido a mano mi antigua cámara de fotos, qué rabia. El cielo era un salvapantallas. El perfil quebrado de los árboles tenía forma de gráfico de empresa. En las montañas veía iluminarse ventanas, gente trabajando en mangas de camisa, edificios de oficinas y campos de golf. Fiestas de disfraces en medio de ruinas romanas. El graznido de los cuervos sonaba muy parecido al que emite un cortacésped. No podía ser; Todo el tiempo esta confusión entre lo natural y lo artificial, era incapaz de distinguirlos, empezaba a resultar alarmante.
Marianne, una vez, hace mucho, en otra vida, fuiste una voz rubia y un telegrama joven desde los Alpes: «Ven STOP te espero». Tú tomaste la iniciativa, tú dirigiste la escena. Modifica las luces. No fuiste esa mujer que se deja impresionar con facilidad o se sienta en el salón de su casa a esperar pasivamente una llamada, mientras alisa una arruga del sofá o mordisquea el dedo de un guante, abierta a la obscenidad.
El escritor sureño que amaba los caballos, el tabaco de Virginia y el burbon escribe como el que se desangra y logrando mostrar que en el origen de todo solo hay oscuridad y anarquía
La belleza literaria es el resultado de una actitud ética y una disciplina moral. Todavía circula el mezquino argumento que favorece los elementos retóricos del poema, como si la obra no fuese el resultado de una experiencia internamente ética.
Si los dioses mueren de risa, es que la risa misma es, sin duda, el movimiento de lo divino, pero sucede que es también el espacio mismo de morir —morir y reír, reír
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)