Pupé le preguntó si estaba escribiendo alguna cosa y Tomatis sacudió la cabeza varias veces, entrecerrando los ojos y dijo: «Sí. Alguna cosa estoy escribiendo». Pupé le preguntó qué era. «No sé bien, todavía», dijo Tomatis. «No llevo escritas más que trescientas páginas.» «Pero es una novela ¿o qué?», dijo Pupé. «Hay un solo género literario», dijo Tomatis. «No hay más que un solo género literario, y ese género es la novela. Hicieron falta muchos años para descubrirlo. Hay tres cosas que tienen realidad en la literatura: la conciencia, el lenguaje, y la forma. La literatura da forma, a través del lenguaje, a momentos particulares de la conciencia. Y eso es todo. La única forma posible es la narración, porque la sustancia de la conciencia es el tiempo.» Yo aplaudí. Pupé sacudió la cabeza dos o tres veces, y el tal Nicolás abrió la boca por segunda vez en toda la noche. «Según Valéry», dijo, «ante ciertos estados interiores la disertación y la dialéctica deben ser reemplazadas por el relato y la descripción». «Exactamente», dijo Tomatis, «y lo dice a propósito de Swedenborg y el estado místico. Lo cual nos da ya un campo más amplio para la narración. Y digo yo, si el estado místico, el estado extático por excelencia, es pasible de relato y descripción, ¿qué pasa entonces con las impresiones fugaces de la conciencia y las aprehensiones de los sentidos? Y en cuanto la disertación y la dialéctica dejan de ser verdad científica o filosófica, se convierten en la narración del error y de la perspectiva de la conciencia que las imaginó.
Juan José Saer, Cicatrices (A través de Escritores del Boom Latinoamericano)
Era un sonar de llaves indecisas. Un ruido profundo de ascensores; inquietados huéspedes de aquellos edificios de la periferia, dorados por la tarde. Era buscar a ciegas interruptores de luz, como quien busca en esas bibliotecas truculentas el secreto resorte que conduce a la cámara privada, al sitio inconfesable. Era el olor de sábanas extrañas, y el olor desconsolado de los cuartos de huéspedes, con libros y revistas de desecho. Era vestirse con el frío. Salir de allí de nuevo como extraños. Más unidos, en fin, por una sombra. El amor tiene ahora en el recuerdo olor a cuartos húmedos y el sonido furtivo de una puerta al abrirse.
Cuando me contactan por la calle, en una plaza o en el tren, para preguntarme qué libros hay que leer, les digo siempre: Lean lo que les apasione, lo que los ayudaría a soportar la existencia.
(Con el tiempo he aprendido que, pasado cierto límite en la descalificación o el elogio, el crítico ya no está hablando del libro, sino de sí mismo).
¿No es eso lo propio de la literatura? ¿Dejarnos levemente insatisfechos?
El entrenamiento literario no tiene utilidad. La escritura es una modalidad de entrenamiento que solo sirve para entrenarse más.
Escribir un libro es perseguir el fantasma de un libro. Cercenar las casi infinitas posibilidades de lo real, hasta reducir la complejidad del bosque a una sola rama, a una sola hoja, a un solo tallo. Una tarea agotadora, quizás anacrónica. Algo ridículamente grandioso, comparable a patentar un nuevo aliño para ensaladas.
En el tribunal estaba en juego nada menos que el sufrimiento de miles de personas, y en el sufrimiento no había cabida para la farsa. Sin embargo, el tribunal era por naturaleza un lugar de gran teatralidad, que no se encontró solo en el testimonio cuidadosamente preparado de las víctimas. La primera vez que asistí a una sesión me quedé perpleja, tanto el fiscal como el abogado estuvieron desmedidos en sus alegatos, y los mismos acusados a menudo exageraron su papel con una mezcla de arrogancia y autocompasión, eran políticos y generales, personas acostumbradas a ocupar. un gran escenario ya escucha el sonido de tu propia voz. Los intérpretes no podíamos prescindir por completo de esos elementos dramáticos, nuestra tarea no era solo traducir las palabras que pronunciaba el sujeto, sino también expresar o indicar la actitud, el tono y la intención que había detrás de ellas.
El hombre esbozó una sonrisa lobuna. Para mi horror, me rodeó la cintura con un brazo. Somos grandes amigos, dijo. Pero en lugar de mirarme clavó los ojos en Adriaan, quien de pronto se llevó una mano al bolsillo de la americana y sacó el cigarrillo. El contacto del hombre era húmedo e incluso pegajoso, incluso a través de las capas de ropa. No era su tipo de piel, que le sudaran o no las palmas o los dedos, sino su forma de agarrarme la cintura lo que producía esa sensación; era como verme abrazada por un calamar, un pulpo o cualquier otro cefalópodo.
Esa misma mañana recibí otro mensaje de Adriaan. Se le había ocurrido llevar comida de un restaurante indonesio que estaba a la vuelta de la esquina de su piso, para ahorrarle a Jana tener que cocinar. Lo leí y me acurruqué de nuevo en la cama. La llegada de esos mensajes, tan corrientes, me había infundido una seguridad que no sabía que necesitaba. La agitación de la noche anterior me había afectado más de lo que pensaba.
Pero fue suficiente, Kees se levantó bruscamente y se dirigió al otro lado de la mesa. Su actitud había cambiado, ahora hojeaba sus papeles con el ceño fruncido. Yo estaba a punto de ponerme de pie cuando me miró por encima de la mesa y me preguntó: ¿Ves mucho a Adriaan? No había nada particular en las palabras en sí o en la forma en que las pronunció, salvo el tono tal vez un poco demasiado despreocupado. Pero antes incluso de que levantara la vista supe que habría en su mirada un atisbo de malicia, y cuando nuestras miradas se encontraron, ahí estaba, ahí debía de haber estado siempre. En ese momento entraron los demás y, antes de que yo pudiera responder, Kees volvió a bajar la cabeza hacia sus papeles. Hizo un ruidito de ligera irritación, luego levantó la vista y dijo bruscamente: Entrad, por favor. Vamos con retraso. No perdamos más tiempo.
Se quedó allí de pie, apoyado contra la puerta, y me di cuenta de que lo miraba fijamente. Él se acercó como si yo hubiera confirmado algo, sobre él o sobre mí. Desde el atraco debía de acostumbrarse a que la gente lo mirara. Entre su rostro y el de Eline había la distancia que hay entre un negativo y la fotografía en sí. Pensé que debía de ser así incluso antes del atraco, pues no tenía nada de la belleza de su hermana, en cierto sentido sus facciones solo eran una tosca versión de los de ella. Y, sin embargo, tenían una evidente cualidad primigenia, como si el de él fuera el molde original. Aun carente de belleza, su rostro poseía un oscuro magnetismo, era memorable como nunca lo sería el de su hermana. De pie frente a él, noté que estaba olvidando el rostro de Eline, que este empezaba a ser un eco lejano del de su hermano.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)