El último libro de Milan Kundera es una obra crepuscular, lúdica y deliberadamente menor, donde aparece el gusto por la interpretación y la revisión de la historia.
Fragmento de mi relato sobre el asesinato de García Lorca
Nuestra consigna es no malgastar balas. Normalmente, los condenados excavan su tumba, pero esta vez hemos desechado la idea. Los banderilleros no estaban en condiciones de manejar una pala. Los habían machacado a conciencia y respiraban con dificultad. El maestro sólo tenía una pierna y García Lorca era un señorito, poco aficionado al esfuerzo físico. Le hemos exigido que cavara un poco, pero enseguida ha comenzado a jadear. Benavides, de pequeña estatura, corpulento y con cara de paleto, le ha cogido las manos y nos las ha enseñado con aire de burla: “Este no ha trabajado nunca. Ni siquiera sabe coger la pala”. Benavides le ha empujado con desdén y ha comenzado a cavar con furia. El cabo Ajenjo nos ha indicado que le ayudáramos. No hemos profundizado mucho, apenas un metro. “Es suficiente. Los enterradores harán el resto mañana. Acabemos de una vez”.
Los reos bajaron al hoyo mientras les apuntábamos. El maestro perdió el equilibrio y rodó por el suelo, dejando la muleta atrás. Benavides lo levantó de mala manera y lo arrojó a la fosa, propinándole una patada en un costado. Cayó de bruces, hundiendo la cara en la tierra. García Lorca le ayudó a incorporarse, con los ojos llenos de lágrimas. “¿Por qué hacéis esto?” –gritó con desgarro-. ¿Por qué nos tratáis así?”. Benavides fue el primero en disparar. Todos le imitamos. Los cuerpos se desplomaron como monigotes, amontonándose unos sobre otros. El cabo Ajenjo hizo una señal con la mano e interrumpimos el fuego. Benavides sacó su pistola Astra y solicitó dar los tiros de gracia. “Adelante”, dijo el cabo. Benavides saltó al hoyo y disparó dos tiros a García Lorca, reventándole el cráneo. A los demás, sólo les disparó una vez. Después, recogió la muleta y la arrojó sobre los cadáveres.
Esta noche el sueño se demora. No es la primera vez. Nunca pensé que ser el mejor tirador de mi regimiento me convertiría en un matarife. Estoy rodeado de quietud y silencio, pero no logro dormirme. Mi imaginación ha aprendido a repudiar las escenas de muerte, las caras de angustia, el sonido de los cuerpos al ser troceados por las balas, pero jamás se me pasó por la cabeza que fusilaría a un poeta. Estoy tumbado en la cama, con los brazos cruzados detrás de la cabeza y sólo noto el duro aire estragando mis párpados. A veces creo que una rueda de molino gira lentamente sobre mis ojos, transformándolos en polvo. No tengo remordimientos, pero sin duda esto no es para mí.
Eleanor Catton Foto: NZatFrankfurt, CC BY 2.0, via Wikimedia Commons
Se lo agradecieron al temblor que sepultó la carretera bajo las rocas. El grupo activista vio la oportunidad. Con los caminos bloqueados, el pueblo de Thorndike en Nueva Zelanda quedó aislado, y con ello, tierras arables podían ser utilizadas por Mira Bunting y los miembros de Birnam Wood. Lo que se debía hacer, plantar y cosechar. Era justificable porque los ideales estaban por encima de todo: luchar contra el capitalismo y la destrucción del planeta…
¿Experimentar? ¡Qué Dios me libre! Mire los resultados de la experimentación en el caso de un autor como Joyce, que empezó escribiendo muy bien y acabó cayendo en el delirio de la vanidad. Se convirtió en un lunático.
Evelyn Waugh
Entrevista con Evelyn Waugh (“The Paris Review”. 1953-1983)
Salimos del amor como de una catástrofe aérea Habíamos perdido la ropa los papeles a mí me faltaba un diente y a ti la noción del tiempo ¿Era un año largo como un siglo o un siglo corto como un día? Por los muebles por la casa despojos rotos: vasos fotos libros deshojados Éramos los sobrevivientes de un derrumbe de un volcán de las aguas arrebatadas y nos despedimos con la vaga sensación de haber sobrevivido aunque no sabíamos para qué.
El escritor colombiano Tomás González / CAMILO ROZO
El escritor colombiano, que huye de la atención mediática tanto como del exceso narrativo, publica en España ‘La luz difícil’, una hermosa novela sobre el amor paternofilial
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)