John Banville (Wexford, 1945), Premio Man Booker por su novela El mar y Premio Príncipe de Asturias de las Letras por el conjunto de su obra, ha accedido a…
Me mueve la búsqueda de la belleza, ese ser conscientes de que existe, de que, junto a las amarguras del mundo, a veces nos quedamos boquiabiertos ante determinadas imágenes: ante un árbol, ante un cielo… Eso intento remarcarlo bien, porque para mí es muy importante. Hay días que vamos por la vida, de un sitio para otro, sin pararnos a percibir que si nos detenemos ante una simple esquina del recorrido apenas tres segundos, aunque puede que esa esquina no tenga nada de particular, de alguna forma, el acto en sí puede reordenarnos el cerebro, el corazón.
De izquierda a derecha, los escritores James Joyce, Marcel Proust, Thomas Bernhard y Virginia Woolf.GETTY
Joyce, Proust, Woolf, Bolaño, Bernhard, Foster Wallace… Un ensayo de Inma Aljaro estudia el tedio deliberado en la novela, que lleva a inopinadas experiencias estéticas
Porque el buen acento ya lo traía de Madrid, del British Council donde su padre lo puso a estudiar en cuanto cumplió los diez años, no por esnobismo o arrogancia de clase, de los cuales carecía, tanto como de dinero, sino por una íntima, una desesperada convicción de que debía salvar a su hijo de aquella negra española en medio de la cual había venido al mundo, debía protegerlo de la ignorancia, de la barbarie, del integrismo religioso, de la rigidez española de aquellos años, de la brutalidad cuartelaria. y eclesiástica de los vencedores, de sus verdugos y sus capellanes, de sus feroces servidores subalternos, algunos de los cuales, para su vergüenza, formaban parte de su propia familia y del círculo más inmediato de sus conocidos.
Él bajó los ojos. Se miraba las manos, que eran de pronto unas manos de viejo, aunque mucho menos deformadas que las manos de ella, posadas juntas e inertes en el regazo, bellas y expresivas en su estado de ruina, de un blanco translúcido, como su cara y su pelo revuelto iluminado por la claridad de la ventana, tan resplandeciente ahora en su blancura como lo había sido cuando era rojo, rojo de oro y de cobre. Para encontrar el hilo de lo que quería decirle tenía que apartar los ojos de su mirada sin parpadeo, afilada, transparente, cegadora, «laser-like», se dijo a sí mismo, con la costumbre de pensar las cosas en inglés o traducirlas en el momento en que las pensaban. Estaba sentado frente a ella, en una silla de respaldo alto y rígido, en la que probablemente se habría sentado ya muchos años atrás, y lo que sentía sobre todo, tanto como la gratitud de que existiera de verdad este momento, era una obstinada incredulidad. , un recelo de que no fuera cierto lo que estaba viviendo, aunque sus sentidos se lo confirmaran, aunque estuviera seguro de encontrarse despierto: la mirada de ella era una prueba, la forma y el color de sus ojos, y hasta el dibujo de sus cejas, la mirada fija en él desde que se abrió la puerta y pudo verla, más allá de la penumbra del pasillo, detrás de la señora de uniforme y de cara muy morena y bellos ojos exóticos que le dio la bienvenida con un dulce acento latinoamericano.
No escondía nada. No disimulaba nada. No practicaba la desenvoltura teatral del habla americana. No decía una sola mentira. No expresaba nada que no contuviera lo más secreto y verdadero de su alma. Hablaba sin pararse a pensar lo que iba a decir. Ahora ya no eludía la mirada de Adriana Zuber porque no había nada que quisiera ocultarle o que no se atreviera a decirle con las palabras justas que debían ser dichas. No había nada de lo que sintiera vergüenza. No había ninguna necesidad de cautela. No había nada en lo que decía que ella no podía comprender sin la menor incertidumbre. No tenía que disimular ante ella. Lo que él era y había sido verdaderamente solo se podía revelar para ella. Al alejarse de Adriana Zuber, de quien se había apartado era de sí mismo, de las mejores posibilidades que había en él.
En un rincón del estudio había una enorme estufa de hierro. En un estante de tablas sin pulir Aristu había reunido los libros de los que no se separaba nunca, los que llevaba leyendo desde su juventud, los que había preservado para consagrarse en cuerpo y alma a ellos cuando pudiera dedicarles tantas horas y tantos días como le apeteciera, el Himalaya de las obras supremas, Proust, Cervantes, Tolstói, Pérez Galdós, George Eliot, Henry James, Shakespeare, Moby Dick, Montaigne, todo Balzac, todo Flaubert, los seis volúmenes macizos del Decline and Fall de Gibbon, y al lado los autores griegos y latinos en las austeras ediciones bilingües de Cambridge.
Siempre he desconfiado de quienes quieren conservar los libros intactos, sin ninguna marca de uso. Son malos lectores. Toda lectura deja una marca, aunque no quede ningún signo visible en la página. Un ojo experto sabe enseguida distinguir si un ejemplar ha sido leído o no.
En cuanto a las señales en los libros, todo está permitido excepto escribir o subrayar con bolígrafo, porque es una especie de lesión irreparable del objeto.
Al hacerse mayor se adquiere, gracias a la razón, un mayor poder para encontrar explicaciones, y que la explicación amortigua la fuerza del golpe de un martillo de herrero. Creo que esto es verdad,…
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)