La última frase. Juan Tallón

La artista y escritora Camila Cañeque / EPE

‘El mayor encanto de empezar una novela es saber que termina’, sostenía Camila Cañeque

Origen: OPINIÓN | La última frase; por Juan Tallón | El Periódico de España

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Para ser escritor. Abelardo Castillo

Podrás beber, fumar o drogarte. Podrás ser loco, homosexual, manco o epiléptico. Lo único que se precisa para escribir buenos libros es ser un buen escritor. Eso sí, te aconsejo no escribir drogado ni borracho ni haciendo el amor con la mano que te falta ni en mitad de un ataque de epilepsia o de locura.

Un albañil puede habitar la casa que construye, decía más o menos Sartre, un sastre usar el traje que ha hecho: un escritor no puede ser lector de su propio libro. Un libro es lo que los lectores ponen en él. Ningún escritor puede agregar un sentido nuevo a sus propias palabras. Si puede hacerlo, debería escribir el libro otra vez.

Lo mejor que se ha dicho sobre el cuento es lo que Edgar Poe escribió en su ensayo sobre Nathaniel Hawthorne. No pienso facilitarte las cosas reproduciéndolo. Tendrás que encontrarlo solo. Un escritor es un buscador de tesoros. Los descubre o no. Esa es la única diferencia entre la biblioteca de un escritor y el mueble del mismo nombre de las personas llamadas cultas.

Podrás corregir tus textos o no corregirlos. Toltstoi escribió siete veces Guerra y Paz; Stendhal terminó La Cartuja de Parma en cincuenta y dos días. El único problema es cómo se las arregla uno para ser Toltstoi o Stendhal.

Nadie escribió nunca un libro. Sólo se escriben borradores. Un gran escritor es el que escribe el borrador más hermoso.

Los novelistas y los editores creen que una novela es más importante que un cuento. No les creas. Sólo es más larga.

Los cuentistas afirman que el cuento es el género más difícil. Tampoco les creas. Sólo es más corto. El cuento es díficil únicamente para aquellos que nunca deberían intentarlo. Para Poe era facilísimo, para Cortazar, Chéjov o Hemingway también.

No intentes ser original ni llamar la atención. Para conseguir eso no hace falta escribir cuentos o novelas, basta con salir desnudo a la calle.

Podrás escribir: «Volvió a verla tres días más tarde», pero sólo a condición de saber perfectamente (aunque no lo digas) qué le pasó a tu personaje en esos tres días, y por qué fueron tres días y no una semana o un año.

No es lo mismo ambigüedad que confusión. Una historia debe tener siempre un único final. Si quisiste sugerir dos o más desenlaces, esos desenlaces son un único final: se llama ambigüedad. Si nadie entiende ni medio se llama confusión.

No describas sino lo esencial. La posición de un pie, en casi todos los casos, es más importante que el color de los zapatos.

Lo que llamamos estilo sucede más allá de la gramática. No es lo mismo decir: «ahí está la ventana» que «la ventana está ahí». En un caso se privilegia el espacio; en el otro, el objeto. Toda sintaxis es una concepción del mundo.

En el origen del conocimiento y de la literatura está el acto de contar. La crítica de la razón pura nos cuenta lo que Kant pensaba de los límites de la razón; los versos de La Eneida, la epopeya del Lacio; el teorema de Pitágoras, el cuadrado de la hipotenusa. El hombre es el único animal que cuenta.

Cortázar solía decir que empezaba sus cuentos sin saber a dónde iba. No le creas. En sus mejores cuentos lo sabía perfectamente, aunque no supiera que lo sabía.

Los grandes novelistas aconsejan ignorar el final de la historia, no tener nada claro qué hará el personaje en el próximo capítulo, no atarse a un plan previo. A ellos sí podrás creerles, pero con moderación. Digamos, hasta llegar a la página 150. Más allá de eso, saber tan poco de tu propio libro ya es mera imbecilidad.

Cuidado con Borges, Kafka, Proust, Joyce, Arlt, Bernhard. Cuidado con esas prosas deslumbrantes o esos universos demasiado intensos. Se pegan a tus palabras como lapas. Esa gente no escribía así: era así.

Abelardo Castillo

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En toda traducción hay un movimiento de amor, María Negroni

En toda traducción hay un movimiento de amor, gestos de acercamiento que nacen de una apasionada atracción verbal y que llevan, por lógica, a desear compartir los textos traducidos. Dar a conocer: …

Origen: En toda traducción hay un movimiento de amor, María Negroni – Calle del Orco

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¿Qué sería del mundo si fuéramos humanos? . Fernando Pessoa

El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad. La cualidad principal en la práctica de la vida es aquella cualidad que conduce a la acción, esto es, la voluntad. Ahora bien, hay dos cosas que estorban a la acción –la sensibilidad y el pensamiento analítico, que no es, a fin de cuentas, otra cosa que el pensamiento con sensibilidad. Toda acción es, por naturaleza, la proyección de la personalidad sobre el mundo exterior, y como el mundo exterior está en buena y en su principal parte compuesto por seres humanos, se deduce que esa proyección de la personalidad consiste esencialmente en atravesarnos en el camino ajeno, en estorbar, herir o destrozar a los demás, según nuestra manera de actuar. Para actuar es necesario, por tanto, que no nos figuremos con facilidad las personalidades ajenas, sus penas y alegrías. Quien simpatiza, se detiene. El hombre de acción considera el mundo exterior como compuesto exclusivamente de materia inerte –inerte en sí misma, como una piedra sobre la que se pasa o a la que se aparta del camino; o inerte como un ser humano que, por no poder oponerle resistencia, tanto da que sea hombre o piedra, pues, como a la piedra, o se le apartó o se le pasó por encima. El máximo ejemplo de hombre práctico, por reunir la extrema concentración de la acción junto con su importancia extrema, es la del estratega. Toda la vida es guerra, y la batalla es, pues, la síntesis de la vida. Ahora bien, el estratega es un hombre que juega con vidas como el jugador de ajedrez juega con las piezas del juego. ¿Qué sería del estratega si pensara que cada lance de su juego lleva la noche a mil hogares y el dolor a tres mil corazones? ¿Qué sería del mundo si fuéramos humanos? Si el hombre sintiera de verdad, no habría civilización. El arte sirve de fuga hacia la sensibilidad que la acción tuvo que olvidar.

Fernando Pessoa
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Cuaderno de poemas. Denise Levertov

Aunque el camino gire al fin
hacia la puerta ordinaria de la muerte,
y golpeemos en ella, listos
para entrar y se abra
con facilidad ante nosotros,
todo ese largo viaje
lo habremos hecho encadenados,
nutridos con las manzanas del conocimiento
agrias y plagadas de larvas.

Probamos otros alimentos que la vida,
como una granjera caritativa,
nos ofrece al pasar-
pero nuestras bocas están crispadas,
nuestras lenguas sucias de ceniza.

No es que hayamos perdido la alegría-
el fuego salvaje arde
en la oscuridad y brilla cuanto quiere.
Lo que perdimos
es la común felicidad,
el pan sencillo que podríamos comer
con la antigua manzana del conocimiento.

Esa cosa antigua -que a veces nos apretaba,
pero que era segura, ácida,
deliciosa a veces…

La cenicienta manzana de estos días
brotó de un suelo envenenado. Somos prisioneros
y debemos comer
nuestra ración. Encadenados a lo largo
del camino, aunque, después de todo,
lleguemos ante la puerta ordinaria de la muerte, mientras el tiempo
sonríe con su ordinaria sonrisa
de antaño.

Denise Levertov
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Venta a YouTube. Diana Krall – The Look Of Love

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Tumba de Javier Marías. Cementerio de San Isidro. Madrid

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Álbum de librerías incompleto 251

Librería Books. Quito. Ecuador
Librería Boutique. Toledo
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El día que no conocí a Javier Marías. Rafael Narbona

Javier Marías ya no concedía entrevistas. Vivía recluido entre miles de libros y soldados de plomo, escribiendo en su Olivetti de los noventa.

Origen: El día que no conocí a Javier Marías – Rafael Narbona – Zenda

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Historias de la Literatura: Robert L. Stevenson

Robert L. Stevenson, autor entre muchas grandes obras de “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, tuvo varios nombres a lo largo de su vida.

Si bien todos lo conocemos como Robert Louis Stevenson, este no fue su nombre de nacimiento.
Nacido en Edimburgo en 1850, fue registrado como Robert LEWIS Stevenson, nombre con el que vivió sus primeros 18 años, antes de cambiarlo por Louis.

Lo curioso es que el cambio no se debió a cuestiones artísticas, sino a que su nombre coincidía con el de un político liberal de la época. Su padre, un hombre conservador, creyó que lo mejor para su hijo sería un cambio de nombre a fin de evitarle problemas y confusiones indeseables.

¡Pero este no sería el último nombre del escritor!
Stevenson contrajo tuberculosis y decidió abandonar Gran Bretaña buscando climas más favorables para su salud.

Luego de viajar por varios países, finalmente se instaló en Samoa, donde escribió sus últimas obras. Allí también fue donde adquirió su último nombre: «Tusitala», que le fue dado por los aborígenes locales y que significa “el narrador” o “el que cuenta historias” en el lenguaje local.

Stevenson murió en Samoa, bajo el nombre de Tusitala, en 1894 a los 44 años.

Robert L. Stevenson

(A través de Historias de la literatura)

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