‘Los ilusionistas’ traza una crónica generacional que mezcla memoria, heridas heredadas y retratos descarnados de figuras clave como Torrente Ballester. Más información: Javier Cercas se adentra en la fe: una novela sin ficción entre el Papa, su madre y Dios
‘Sagitario’, de Natalia Ginzburg: la vida a golpes de decepciones
La prosa siempre poderosa de la autora italiana brilla en este relato, donde nos ofrece un ejemplo del encanto de su narrativa al retratar las decepciones que recibe una viuda pretenciosa en la madurez de su vida
Mi madre compró una casa en un arrabal de la ciudad. Era una casita de dos plantas rodeada de un jardín desalinizado y húmedo. Más allá del jardín había huertos de coles, y más allá de los huertos estaban las vías del ferrocarril. El jardín, en aquel mes de octubre, estaba completamente tapizado de hojas podridas.
Aseguraba además que la galería de arte sería también una distracción para mi hermana y para mí, pues nos brindaría la oportunidad de conocer a gente y hacer amigos. Seguramente yo no conocía a mucha gente en la ciudad, me decía escrutándome. No le parecía que yo saliera mucho ni que quedara con demasiadas personas. Siempre aparentaba estar irritable y cansada, ya ella le habría gustado verme con una expresión más animada, la expresión de una chica de veintitrés años, de alguien que tiene toda la vida por delante. Le encantaba que estudiara y que fuera tan juiciosa y seria, pero también le agradaría saber que tenía un grupo de amigos, personas alegres con las que pasar el rato. Por ejemplo, no le parecía que fuese a bailar ni que practicara ningún tipo de deporte, y así era un poco difícil que me casara. Tal vez era que no pensaba en casarme, ni siquiera ella misma sentía que yo estaría hecha para casarme y tener muchos hijos. Luego me escrutaba esperando una respuesta. ¿No había nadie entre mis conocidos, nadie que me interesara un poco? Yo negaba con la cabeza y me volvía hacia la pared frunciendo el ceño y mordiéndome el labio, pues aquellos interrogatorios de mi madre me disgustaban profundamente. Entonces ella cambiaba de tema, se ponía a examinar mi combinación, que estaba sobre la silla, y tomaba mis zapatos de la alfombra para mirar las suelas y los tacones. ¿No tenía más zapatos que aquellos? Ella había descubierto un zapatero que hacía unos zapatos a medida que eran una preciosidad y no muy caros.
Vagabundeaba muchas horas por la ciudad mirando los escaparates y quejándose para sí del aumento de los precios, luego se sentaba a descansar en un café, sacaba su boquilla de marfil y le colocaba un cigarrillo turco, pedía un granizado de café con nata, miraba distraída a su alrededor y fumaba enfadada con Giulia, que ya ni siquiera pensaba en salir; Yo al menos me estaba preparando para los requisitos, pero Giulia lo único que hacía era jugar con el perrito y mirar por la ventana, a un lado el jardín y al otro los trenes que desaparecían en la niebla. La de Giulia era una vida sin sentido. El café empezaba a llenarse al caer la noche y mi madre trataba de escuchar las conversaciones de los que se sentaban a su alrededor; todas le parecían conversaciones insulsas y aun así le habría gustado participar en ellas, pero ¿dónde estaba la gente culta, los intelectuales, los escritores, los pintores, todas aquellas personas a las que mi madre esperaba ofrecer una taza de té en su galería?
Durante un tiempo Scilla estuvo ocupada con los preparativos de la boda. Había dicho que no iba a preparar ningún ajuar, pero algo sí que preparó al final. Estaba tan excitada que no conseguía dormir y se pasaba las noches en vela bordeando el punto de sombra de los camisones. Bordaba muy bien, pues de pequeña había estado en un colegio de monjas. Barbara había dejado el colegio y vagueaba por casa asomándose continuamente a la ventana para ver si aparecía Pinuccio, ya que su madre le había prohibido salir para que no se encontrara con ningún muchacho y no tuviese ocasión de coquetear con nadie. Sólo la dejaba salir para ir a casa de Giulia, de modo que Barbara y Giulia se pasaban las tardes juntas.
Mi madre se sentó frente a la mesa de la cocina y se puso a sollozar, y mientras sollozaba se golpeaba el pecho con el collar y se tapaba los labios con la mano temblorosa, y los sollozos emanaban con fuerza del fondo de su corazón, despertando en ella una autocompasión en la que no había ninguna dulzura, una piedad desolada y oscura como la noche. Mi madre ya no tenía ganas de ver a Giulia, ni a mí, ni a Chaim: ya no quería hacer nada.
Sócrates dijo: “El mal uso del lenguaje induce el mal en el alma”. No estaba hablando de gramática. Hacer un mal uso del lenguaje es utilizarlo como lo hacen los políticos y los anunciantes, con fines de lucro, sin asumir responsabilidad por el significado de las palabras. El lenguaje utilizado como medio para conseguir poder o ganar dinero sale mal: miente.
El lenguaje utilizado como fin en sí mismo, para cantar un poema o contar una historia, va hacia la verdad. Un escritor es una persona a la que le importa el significado de las palabras, lo que dicen y cómo lo dicen.
Los escritores saben que las palabras son su camino hacia la verdad y la libertad, y por eso las usan con cuidado, pensamiento, miedo y deleite. Usando bien las palabras fortalecen sus almas.
Los narradores y poetas se pasan la vida aprendiendo esa habilidad y el arte de utilizar bien las palabras. Y sus palabras hacen que las almas de sus lectores sean más fuertes, más brillantes y más profundas.
El costumbrismo y las escenas pintorescas son el sello del escritor mediocre. Todo es tan detallista, tan copiado del natural, tan pegado a los datos sensibles que nos preguntamos por qué el artista se ha decidido a emplear las palabras en lugar de recurrir a la pintura.
Qué gran error considerar que la prosa de los grandes novelistas se depura con la edad a propósito o por sabiduría. Lo cierto es que ya no pueden sostener un mundo en la cabeza, se les acaba el tiempo y tienen la cabeza tan llena de historias y fantasmas que pintan con las manos.
No vean, lo que busco es salir de esa insípida noria en la que el hombre gira bajo el pretexto de permanecer fiel al hombre, a lo humano, y donde el espíritu (al menos mi espíritu) se aburre hasta …
Los lugares en los que nacemos siempre regresan a nosotros. Se disfrazan de migrañas, de dolores de estómago, de insomnio. Son ese despertar repentino en que nos asalta la sensación de estar cayendo, en que buscamos a manotazos la lámpara de la mesita de noche, convencidos de que todo lo que hemos construido ha desaparecido mientras dormíamos. Para los lugares en los que nacemos nos convertimos en extraños. Ellos no nos reconocen, pero nosotros a ellos, siempre. Los llevamos en la sangre; los hemos mamado. Si nos volvieran del revés, veríamos que portamos mapas grabados en la cara interna de la piel para poder encontrar el camino de vuelta a casa. Sin embargo, en la cara interna de mi piel, no llevo grabados ni canales, ni vías de tren ni barcos, sólo te llevo grabada a ti.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)