Lectura: ‘Despedidas’, de Julian Barnes

Julian Barnes. Foto: Marzena Pogorzaly

Crítica de ‘Despedidas’, el nuevo libro de Julian Barnes: «Este es el principio del final»

El escritor británico mezcla autobiografía y ensayo en esta novela, una aceptación sobria, a veces irónica, del deterioro y la muerte.

Origen: Crítica de ‘Despedidas’, el nuevo libro de Julian Barnes: «Este es el principio del final»


Textos

Actualmente me encuentro en mitad de la setentena, y como la mayoría de la gente mayor a a veces estoy cansado de mí mismo; y con eso me refiero a que me repito recordando pensamientos, hechos y, en especial, opiniones. (Los que nunca se hartan de sí mismos, los que siguen divirtiéndose rememorando en público su propia vida y sus repetidas anécdotas suelen ser los más pelmazos del mundo. Hombres, una vez más, por lo general.) Pero el frenético, agresivo aburrimiento de los IAM a gran velocidad se me hace, al menos por el momento, inimaginable. ¿No te infundiría el deseo de matarte?


La historia consta de dos partes porque aconteció en dos partes, con un largo lapso entre ambas. Pero también porque mi relación tendrá dos texturas diferentes. En la primera mitad recurro por entero a los recuerdos ya una o dos fotografías (¿Qué dijo TS Eliot del recuerdo? Que por mucho que lo envuelvas en alcanfor las polillas se colarán igualmente). En la época de la segunda mitad yo ya era escritor, desde hace muchos años. Así que guardaba apuntes –por lo general simultáneos con los sucesos– y llevaba diarios, normalmente escritos al cabo de varios días o semanas. Cabría suponer que esta documentación fuese más fidedigna que los recuerdos apolillados de tiempo atrás. Pero no estoy tan seguro (hoy en día estoy seguro de cada vez menos cosas). Lo que documento es lo que quiero recordar –y en consecuencia hago una especie de criba– y/o lo que podría servirme en algún texto futuro –es decir, otra especie de criba–. Pero sería insensato deducir que esas anotaciones detalladas representan lo que ocurrió realmente. A menudo paso por alto u olvido cosas importantes: el afán de certeza puede extraviarnos.


Pero la gente me cuenta con frecuencia sus historias, no porque sea escritor, sino más bien a pesar de serlo. Me interesan la mayoría de las vivencias humanas, y tal vez poseo –o poseía– una actitud que invita a la confianza. A veces dicen de antemano, inquietos: «No usarás esto, ¿verdad?». oh menos a menudo, y más confidencialmente: «Tengo una historia para ti». Y a los dos les contesto: «No funciona así». Sí es cierto. Yo escribo sobre toda ficción, lo cual requiere que la vida se someta a un lento compostaje para convertirse en material utilizable, y en ese primer momento no tengo idea de qué podrá transformarse o no en potencial narrativo.


Pero a medida que los escritores cumplen años, una de dos: o se vuelven egocéntricamente expansivos, o piensan: contente y ve al grano. Verdi dijo una vez que en la vejez «aprendió a componer menos música». Y no, no me estoy comparando con Verdi.


El año pasado llegó a mi casa una entrevistadora, una mujer belga de unos treinta y tantos. Cuando le abrió la puerta, Jimmy –al que heredé cuando murió Jean– salió al recibidor. Ahora tiene dieciséis años, está medio sordo, medio ciego y casi cómicamente desdentado, por lo que sus cometidos de perro guardián a menudo son lentos y flojos, y la feroz defensa de su territorio se ha reducido a una leve curiosidad. Le explico a mi visitante su avanzada edad y su debilidad y ella le presta mucha atención. Luego me hace una entrevista extraordinariamente larga cuya pregunta culminante es: «Ahora que tiene setenta y seis años, señor Barnes, y que nunca ganará el Premio Nobel porque es un hombre blanco, ¿rabia usted por la agonía de la luz?». Eludo la primera parte de la pregunta con una referencia a Ismail Kadaré y murmuro una evasiva en respuesta a la segunda. Bajamos a la planta baja, Jimmy abandona su cama, quizás porque cree que ha llegado otro intruso. La mujer se agacha, le da unas palmaditas y pregunta: «Y Jimmy, ¿rabia él por la agonía de la luz?».


Así que, en conclusión, no me voy, literalmente, a ninguna parte (ni tú tampoco, me temo, amigo mío, pero quédate por aquí todo el tiempo que puedas, hazlo ni siquiera por mí). Soy consciente de que pronto no existiré más que como una estantería llena de libros y un racimo de Anécdotas Biográficas. Y la vida no es una tragedia con un final feliz, pese a lo que promete la religión; más bien es una farsa con un final trágico o, como mucho, una comedia ligera con un final triste. Oh, como dijo aquel, «una comedia para los que piensan, y una tragedia para los que sienten».

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