
Simon Chevrier, escritor: “A menudo, a la prostitución se llega por un malentendido” | Babelia | EL PAÍS
El escritor francés debuta con ‘Foto por privado’, ganadora del Goncourt a la primera novela, un relato de autoficción inspirado en el curso escolar en que recurrió al trabajo sexual para sobrevivir
Textos
Mis ojos son verdes. A veces el verde se mezcla con el gris, el gris con el azul y el azul con el verde. Mi nariz es larga y estrecha. Mis labios, púrpuras, con frecuencia agrietados por el frío. Tengo la tez clara y las primeras quemaduras de sol me salen en la nariz antes que en otras zonas del rostro. Tengo una nuez prominente. Soy tirando a alto y delgado. Tengo los hombros estrechos y caídos; uno se inclina hacia un lado.
Antes de cada cita, encendiendo un cigarrillo por el camino. A veces me basta con una bocanada, con algunas caladas. Luego llego, cruzo las puertas del hotel y acudo a la habitación reservada. En el ascensor, despliego el envoltorio de un caramelo Lutti Mint, me lo llevo a la boca, lo chupo muy deprisa. El cliente espera con impaciencia en la habitación. Cuando le beso, a veces el caramelo sigue debajo de mi lengua.
Me viene un pensamiento, cojo un bolígrafo y lo escribo. Intento concebir la muerte de mi padre como una etapa hacia la continuidad de su vida. Es reconfortante convencerse de que hay un después. Solo que la espera es larga y todo se acelera en nuestras cabezas. No entendemos que el otro dejará de estar entre nosotros. Nos decimos que mi padre es valiente por aceptarlo, por no llorar. Porque tendría derecho a llorar.
Mi abuela paterna acaba de cumplir ochenta y cinco años. Hace varios años que su entorno le es extraño. Disocia los rostros. De los nombres se acuerda, confunde un poco a unos hijos con otros, pero su memoria sigue siendo bastante fiel, su instinto de madre todavía está presente. Sabe que tiene cinco hijos. Tiene recuerdos de ellos. Su mente los conserva, son sus referencias. Su realidad. El fallecimiento de mi abuelo la persigue todavía. Yo soy, creo, uno de los nietos que sabe situar sin equívocos. La última vez que la vi, me hizo preguntas sobre temas precisos, sobre mis estudios. Recordaba dónde me había ido a vivir.
Con el blanco y negro, es difícil determinar el color de los ojos de Daniel. Puede que fueran marrones tirando a verde, que en función de la iluminación y del sol su color fluctúa. Desde lo alto de su metro noventa y tres, tenía un aire inseguro. Solía llevaba una camisa amarilla de cuello de mariposa y pantalones ajustados de pernera ancha. Su calzado fetiche, un par de deportivas altas de color beis. En invierno se enfundaba en un abrigo largo de ante y una bufanda blanca que él mismo había tejido. Fumando un Winston tras otro, recorría las calles de Nueva York con su maleta de cartón, donde transportaba ropa, una marioneta en miniatura, paleta de maquillaje y demás accesorios de mimo. Se desplazaba con su radiocasete y practicaba sus números de calle con música. En el artículo de Maureen Dowd se precisa que le gustaba maquillarse desde la edad de cinco años y que no creía proceder de este planeta. En mi cuaderno, apunto que pasó treinta años tratando de encontrar el suyo.
