Diré ante todo que la traducción es un vicio, una dependencia, una adicción. Quien admira una obra literaria extranjera o, peor aún, a su autor, se siente obligado a compartirlos, reescribiéndolos desaforadamente. Finge hacerlo para difundir la cultura y posa como benefactor de la humanidad, pero sabe que eso no es cierto. Si lo hace es porque no tiene más remedio que hacerlo
(…)
Los editores conocen hace tiempo esa debilidad, congénita o adquirida, y la aprovechan a fondo. Saben muy bien que cualquier traductor traduciría gratis a los autores que ama, y procuran que la remuneración de su trabajo se aproxime lo más posible al cero absoluto, a fin de que el traductor no se sienta prostituido por el dinero que recibe.

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