Me acordé de mi vieja convicción de que quien se dedicaba a la literatura no había renunciado al mundo, sencillamente el mundo le había expulsado, o no le había admitido nunca como inquilino. Nada grave, pues, a fin de cuentas, el poeta era aquel para quien no existía siquiera un mundo, pues para él sólo existía el resplandor del eterno afuera.

Enrique Vila-Matas
(«Kassel no invita a la lógica»)
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