
Crítica de ‘Mi padre alemán’, de Ricardo Dudda
El autor trenza los recuerdos de su progenitor alemán con la historia más reciente de Europa en un reflexivo libro que trasciende a la memoria familiar
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Textos
Mi padre nació en 1940 y yo en 1992. Nos llevamos cincuenta y dos años. En su larga vida ha sido muchas cosas más que mi padre. Es padre de otros. Fue marido de una mujer que no es mi madre. Amante de mujeres que ya olvidó y que lo olvidaron, a las que abandonó o que le abandonaron. Hijo de unos padres a los que nunca conocí. Refugiado de un país que ya no existe.
El 26 de junio de 2020 me senté con él y encendí la grabadora. Comenzó a hablar. Al día siguiente repetimos. Y al siguiente. A lo largo del verano grabé unas quince horas de conversaciones con él. Me habló de su infancia durante el nazismo y en la Alemania soviética, de su vida como refugiado en los primeros años de la República Federal de Alemania. Pero también hablamos del amor, de la muerte, de las ofertas del Lidl, de geranios, de pájaros, de política, me contó chistes alemanes, me cantó canciones. Hablamos en sobremesas con un chupito de aquavit, su licor favorito, y conduciendo al médico; paseando junto al mar y en la terraza del chiringuito; por mensajes de texto y en llamadas que yo grababa. Nuestra conversación siguió durante los dos años siguientes. Lo visitaba cada mes, charlábamos durante horas. Cuanto más le preguntaba, más seguiría recordar. Con ochenta años, su memoria era prodigiosa. Claramente había una historia, aunque solo fuera la de un padre y un hijo charlando sobre sus raíces.
Los alemanes occidentales consideraban a los prusianos del este, los silesianos, los pomeranios, como razas inferiores. Los llamaban «gitanos de cuarenta kilos» (por su delgadez), polacos y eslavos, a pesar de que eran iguales de alemanes. El concepto nazi Volksgemeinschaft, la idea de una comunidad étnica alemana homogénea, desapareció tras la guerra y fue sustituida por una especie de regionalismo identitario. Los alemanes occidentales no solo pensaban que los prusianos del este eran una raza inferior y que sus costumbres no encajarían en el oeste. También pensaban que eran los verdaderos responsables del nazismo.
Mi padre tiene doce años. Siete de ellos, más de la mitad de su vida, ha sido refugiado. Ha sobrevivido en cobertizos y pajares mientras huía del Ejército Rojo, ha sido un niño soviético en los años anteriores a la creación de la RDA, ha cruzado fronteras ilegalmente, ha vivido en un campo de refugiados y en un polideportivo y en el castillo expropiado de una condesa. Pero ahora ya puede ser un niño normal, más o menos.
Cuando se lo conté, no hubo nada de solemnidad. Estábamos sentados en el salón de El Hoyo, él en su sillón y yo en el sofá. Mi padre apagó la tele y me preguntó cómo llevaba el libro. «Hace mucho que no me entrevistas.» Le dije que había descubierto algo sobre Richard que me había mantenido ocupado varios meses. Le conté que su padre había trabajado bajo las órdenes de Fridrich Jeckeln, un criminal de guerra nazi; que había participado en acciones antipartisanas en Bielorrusia, Rusia, Letonia y Lituania entre 1943 y 1944; que la guerra antipartisana era un eufemismo de limpieza étnica y crímenes de guerra. Me escucha en silencio. No me interrumpió en ningún momento. Cuando finalmente habló, no intentó racionalizar nada ni aventuró ninguna hipótesis, no se justificó con frases como «bueno, pero en la guerra uno es un mandado» o «no sabemos exactamente lo que hizo». Simplemente dijo: «Ahora entiendo por qué mi padre no quería hablar de la guerra».
