Lectura. «La promesa». Damon Galgut

La promesa. Encuento con Damon Galgut

Textos

Cuando pronuncian las palabras en voz alta no se las cree. Cierra los ojos y niega con la cabeza. No, no. No puede ser verdad lo que su tía acaba de contarle. Nadie ha muerto. Es una palabra, nada más. Observa la palabra depositada sobre el escritorio como un insecto patas arriba, sin explicación.


Sí, señor, asiente Lexington, y por un momento los dos están genuinamente de acuerdo, Sudáfrica los preocupa a los dos, aunque por distintos motivos. Alwyn Simmers se siente emocionalmente unido a su compatriota negro, le parece que a los ojos de Dios son iguales, aunque en el coche deben ocupar siempre asientos separados. Así lo ha decretado Dios, del mismo modo que ha decretado que Rachel debía morir a la hora que murió y que su casa se llenara de quienes la lloran, también es Su deseo que en otros cuartos los hijos y las hijas de Cam trabajen sin descanso en beneficio de sus amos y amas, cortando leña, sacando agua del pozo y, en general, haciendo más llevadera la vida de aquellos que cargan con el pesado yugo del liderazgo. Carga que algunos preferirían rechazar, pase de mí este cáliz, pero si el cáliz es tuyo, debes beber de él, no discutir con Dios, por amargas que sean las heces.


El ministro ciego ha encontrado su cadencia retórica, su hermosa voz se aleja ondeando entre montículos de termitas y matas de hierba. Siempre tuvo el don de la palabra, un modo de cantar cuando habla. Hay momentos de auténtica inspiración en que se deja llevar por algo superior a él, como si otro conductor fuera al volante. Ojalá que sea Jesús, nuestro Señor, pero a veces le preocupa que no sea así. Hace cuarenta años, tras un pequeño fallo de su probidad, Alwyn Simmers y su hermana cometieron el pecado de la fornicación, por desgracia fue entre ellos, y aunque ninguno de los dos ha vuelto a mencionarlo hay ocasiones en que siente ganas de confesarlo en voz alta desde el púlpito. En días como este teme llegar a hacerlo de veras. Pero no, sigue contando la otra historia, esa que todos acordamos, ya sabes a cuál me refiero, a la de la salvación, el humor, la renovación y el perdón, si somos verdaderos cristianos nunca nos follaremos a nuestras hermanas, ni se nos pasará por la cabeza hacerlo.


Avanzan, salen. Cruzan las puertas laterales de la iglesia hasta el cementerio, donde la tierra ya tiene la boca abierta y espera. No hace falta extenderse en lo que sigue, en el cajón que baja, en el dolor desgarrador al llegar los últimos adioses, etcétera, etcétera. Es una escena muy antigua, tal vez la más antigua de todas, y no tiene nada de excepcional.


A medida que lee el libro viaja al interior de Amor desde muy lejos, de su mente a la mía, a través de la brecha en el tiempo, y ahora ella ya no está en el cuarto, está dentro de las frases, una detrás de otra como una serie de túneles conectados entre sí por los ángulos. ¿Adónde la llevan los túneles? Aaron es un hombre joven, se crio en una granja justo a las afueras de Pretoria, no muy distinta de nuestra granja. Es un joven fuerte y feliz, lleno de promesas y ambiciones. Seguramente le esperan grandes cosas. Es deseado por muchas pero ama solo a una, una hermosa muchacha que vive cerca, en la ciudad.

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