Lectura: «Hamnet». Maggie O’Farrell


Textos

Susanna y su abuela, Mary, no han vuelto a casa todavía. Mary se ha parado a hablar con una mujer de la parroquia: intercambian cumplidos y objeciones y se dan palmaditas en el brazo la una a la otra, pero a Susanna no la engañan. Sabe que la mujer no aprecia a su abuela, porque no para de mirar a todas partes para saber si alguien la ve hablando con ella, con la mujer del guantero caído en desgracia. Y sabe que muchas otras mujeres de la villa que antes eran sus amigas ahora cruzan la calle para evitarlas. Hace años que sucede, pero desde que multaron al abuelo por no ir a la iglesia, muchos vecinos no se molestan siquiera en fingir buenos modales y pasan a su lado sin saludarlas. Susanna ve que su abuela se planta delante de una mujer para cerrarle el paso e impedirle que pase de largo sin hablar con ella. Ve todas estas cosas. Saberlo la quema por dentro y le deja negras señales chamuscadas.


Podría parecernos una vista verde inconstante, en continuo movimiento: el viento acaricia la masa de hojas, la riza y la alborota; cada árbol responde a las atenciones del viento a su propio ritmo, ligeramente distinto que el de sus vecinos, doblando las ramas, sacudiéndolas y agitándolas como si quisiera librarse del aire, incluso de la tierra que lo nutre. Una mañana de principios de primavera, unos quince años antes de que Hamnet vaya corriendo a casa del médico, un preceptor de latín se encuentra junto a esta misma ventana; ensimismado, se tira del aro que lleva en la oreja izquierda. Mira los árboles: esta presencia colectiva, alineados como están, marcando el confín de la granja, le recuerda al decorado de fondo de un teatro, a un paisaje pintado de esos que se desenrollan rápidamente para que el público sepa que empieza una escena bucólica, que la ciudad o la calle de la anterior han desaparecido, que ahora se hallan en un terreno boscoso, natural, tal vez inestable.


Ella lo mira a los ojos. Se contemplan de cerca. Él ve unos ojos casi dorados, con un círculo de un profundo color ámbar alrededor del centro. Unos puntitos verdes. Unas pestañas largas y oscuras. Una tez clara con pecas en la nariz y en los pómulos. Ella hace algo inusitado: pone la mano encima de la que tiene él puesta en su brazo. Se la sujeta por la piel y el músculo que hay entre el pulgar y el índice y aprieta. Aprieta con firmeza, con insistencia, con una curiosa sensación de intimidad; es casi doloroso, le hace contener el aliento y la cabeza le da vueltas. Es muy real. Cree que nunca lo ha tocado nadie en ese sitio ni de esa forma. No podría retirar la mano sin brusquedad ni aunque quisiera. Lo sorprende que tenga tanta fuerza… y, curiosamente, lo excita.


Así pues, en una casa en la linde de ese bosque vivía una niña con su hermanito. Desde las ventanas de atrás se veían los árboles, las copas moviéndose sin cesar los días de viento, levantando al cielo los puños deshojados y retorcidos en invierno. La niña y su hermano conocían desde siempre la fuerza del bosque, la fuerza de su llamada. Los más ancianos del lugar creían que la madre de la niña había salido de allí. Nadie sabía de dónde era. Podía ser una habitante del bosque que se había perdido, que se había quedado separada de sus iguales, o tal vez fuera otra cosa. No se sabía. Según la historia, había aparecido un día separando las zarzas, había salido del mundo verde y sombrío y, desde entonces, el granjero, que estaba allí por casualidad, vigilando a sus ovejas, no pudo dejar de mirarla nunca más. Le quitó las hojas del pelo y los caracoles de las faldas. Le cepilló las ramitas y el musgo de las mangas, le limpió el barro de los pies. Se la llevó a su casa, le dio de comer, la vistió, la desposó y, poco después, nació la niña.


Contempla la cara de su hijo, o del que era su hijo, la vasija que contenía su mente, que producía el habla, que albergaba cuanto veían sus ojos. Los labios están secos, sellados. Le gustaría humedecérselos, concederles un poco de agua. Las mejillas, tensas: se las ha vaciado la fiebre. Los párpados se han teñido de un delicado gris violáceo, como los pétalos de las primeras flores de primavera. Se los cerró ella. Con sus propias manos, con sus propios dedos, que tan ardientes y resbaladizos estaban; qué tarea tan imposible, qué difícil se le hizo tocar con los dedos temblorosos y húmedos esos párpados tan queridos, tan conocidos que podría dibujarlos de memoria si le pusieran un carboncillo en la mano. ¿Cómo es posible tener que cerrar los ojos a un hijo muerto? ¿Cómo es posible tener que buscar dos peniques y ponérselos uno en cada ojo para sujetar los párpados? ¿Cómo es posible hacer semejante cosa? No está bien. No puede ser.


Agnes lo busca. Claro que lo busca. Noche tras noche, semanas y meses después de su muerte. Lo espera. Pasa noches en vela, con una manta sobre los hombros y un candil encendido al lado. Lo espera donde estaba antes la cama del niño. Se sienta en la silla de su padre, que está en el sitio exacto en el que murió. Sale al corral cubierto de escarcha, se pone al pie del ciruelo, ahora sin hojas, y dice en voz alta: Hamnet, Hamnet, ¿estás aquí?


Agnes ve a su hija menor desprenderse de la niñez como si de una capa se tratara. Ha crecido, ahora es esbelta como una rama de sauce, llena las sayas. Ya no necesita saltar, moverse deprisa, con precisión, cruzar una habitación o el corral zigzagueando como un rayo; adquiere un andar más pausado, de mujer. Se le definen las facciones, asoman los pómulos, la nariz se afila, la boca se convierte en la boca que tiene que ser.

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