Lectura: ‘La vida pequeña’. José Ángel González Sainz

El escritor soriano José Ángel González Sainz.MARTA PÉREZ (EFE)

‘La vida pequeña’: Buscando níscalos. Antonio Muñoz Molina

José Ángel González Sainz ha escrito en ‘La vida pequeña’ un breviario laico, una defensa de un edén modesto

Origen: ‘La vida pequeña’: Buscando níscalos | Babelia | EL PAÍS


Textos

[…] es a lo que aspiran y en lo que confían estas páginas que tratan de responder a la pregunta elemental de dónde me pilló la pandemia y sobre todo cómo me pilló, en qué guerra interior, con qué cavilaciones, con qué atenciones y aprecios y con qué desprecios, dando qué pasos o qué vueltas a qué cosas y trenzando qué mimbres, deteniéndome en qué o fijándome en dónde para intentar dar a las cosas el valor y la importancia debida y, por consiguiente, tomarme la vida mejor al dirimir lo que en el fondo de verdad cuenta, lo que vale, lo que repara o aprovecha y llena o alegra más o mejor la vida.


Qué no daríamos de verdad por levantarnos una mañana y, al abrir como siempre la persiana, sentir de pronto en las venas que ya hemos hecho por fin el acopio de coraje y alegría necesario para mandarlo todo definitivamente a hacer puñetas y poder al fin decir adiós, bye bye, de aquí no pasa y ahí os quedáis porque me voy, me abro y me largo, me las piro, ahueco el ala. Me voy a no sé dónde, pero sí de dónde y de qué, de qué sitios, de qué sombría desazón ante la vida y de qué disgusto conmigo mismo, de qué ruidosas tristezas y ruidosos aspavientos y ruindades y rutinas; me voy en principio a irme, a escabullirme, a irme con la música a otra parte y luego ya veremos, pues lo que importa en principio es apartarse, poner tierra por medio, tiempo por medio, silencio, gratitud y silencio por medio y una antigua alegría para estar con lo que está y poder así quizá empezar de nuevo en otro sitio a relacionarme de otro modo con las cosas como en las épocas de los inicios pero con un temple y una predisposición de entereza también en principio distintos.


Un mundo se nos ha venido abajo; ha ocurrido muchas veces a lo largo de la historia, pero ahora nos ha pillado quizá más en Babia. Desprevenidos y atolondrados, creíamos –creer, siempre creer– que hay cosas que ya pertenecían solo al pasado y que lo pasado, pasado estaba. Nuestro tren iba a mucha velocidad, a mucha más de la que hubiésemos podido imaginar hace nada, y llegaba a todas partes prometiéndonoslas muy felices; teníamos nuestras rutinas, que nos parecían sólidas, y no pensábamos en ellas como tampoco pensábamos mucho en aquello que las sostenía, y hasta la rutina de nuestras quejas nos parecía sólida. Qué ingenuos, qué creídos; hoy miramos, nos miramos aun con nuestros ojos de ver poco, con nuestros ojos de sal, y malo será si, visto lo visto, aunque sea poco, no barruntamos por lo menos que no sabíamos muy bien lo que es bueno, o bien que, si lo creíamos o creemos saber, en realidad era solo más bien que creíamos, que creemos, y no que sabemos o valemos saber. Más nos valdría si nos diera por pensar que no estaría mal darles algunas vueltas más a ciertas cosas que dábamos por sentadas, a ciertas opciones de base, de fondo y a la vez cotidianas, volver a valorar muchas directrices o hábitos de nuevo, de otros modos, a otras luces, con otras perspectivas y consideraciones, con más y mejores datos, con otro temple; si presintiéramos que podríamos también recordar mejor lo que otrora era bueno y asimismo imaginarlo mejor, «rescatarlo de entre la sombras» y, de ser posible, compenetrarnos con ello y, realizándolo, preservarlo.


Un amigo común me contó que, en su última visita a Peter Handke, lo pilló justo cuando salía de casa a dar su paseo habitual por el campo. Hola, Peter, le dijo, y siguió a su lado en silencio camino adelante. Hacía bastante que no se veían y, como en otras ocasiones, había recorrido adrede muchos kilómetros para pasar un rato en su compañía. A veces el sendero se estrechaba y no daba para andar uno al lado del otro y entonces uno, no siempre Handke, caminaba delante y el otro a la zaga. Transcurridos así, en escrupuloso silencio, unos diez minutos de camino –cuando lo cuento oralmente suelo decir que veinte o incluso media hora; no hay como exagerar–, el recién llegado hizo acopio de valor y se volvió de repente hacia el escritor: –Bueno, Peter, ¿qué tal?, ¿cómo va? –Hablas demasiado –le respondió Handke, y siguieron en silencio entre los árboles. En uno de sus libros, Handke cuenta que solía salir al campo antes de sentarse a trabajar para «buscar el silencio que su cabeza necesitaba», y así ya luego, «afinado por ese silencio», más necesario cuanto más se avanza en edad, ponerse ya manos a la obra con mayores garantías de fecundidad.

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