Lectura: «Los montes antiguos». Enrique Andrés Ruiz

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Textos

Quemar hojarasca y ramas en otoño y en invierno puede ser un placer. Un placer para la vista, el humo espeso quizá se levante en una columna casi blanca y atraviese la línea del sol que declina. También puede hacer feliz al olfato; el olor de la materia hecha ascua en el monte alimenta, no sé si el alma. Dice del regreso a un sitio en el que estuvimos alguna vez, que hemos abandonado. La historia toda —el humo parece decirlo— es la ruta que nos aleja de una verdad. El humo blanco de la materia húmeda nos llama a volver.


Estos parajes tienen su pequeña historia de pájaros. Los jilgueros de las choperas. Los buitres giróvagos que, si se achinan un poco los ojos, se ven sobre el Pico Frentes. Aquí siempre los han llamado abantos, igual que a las personas que van y vienen sin norte pero con mucha inquietud, dando aletazos por la vida. A finales de octubre o hacia la primera semana de noviembre, en línea norte-sur suelen pasar los bandos de las grullas ruideras. Algo, de pronto, nos ha hecho levantar la cabeza; una sensación apenas descollante, un pálpito o una ilusión. En la tarde encapotada de otoño, el silencio comienza a ser rasgado por un grito que de primeras nos parece imaginado. Poco a poco, muy alta, entre los estratos de nubes, va asomando la punta de flecha de la falange perfecta y —ahora, sí— el capitán que la manda se ve cómo acompasa sus órdenes al mismo ritmo con el que la soldadesca parece contestarle. El capitán cumple así su turno de imaginaria y, sin interrumpir el tableteo de sus gritos roncos, retrocede luego a la cola para hacer entrega del testigo al último individuo que ha quedado en la formación, que será el nuevo capitán, hasta que a su vez entregue a otro el testigo.


La imaginación inventa. El pensamiento, que se siente culpable, se lo recrimina. Es cuando cualquier narración queda interrumpida de repente por la conciencia, sufre un parón, como si se la tragara la tierra. Sólo queda enumerar las cosas, nombrarlas sin hilván. Descripciones. Imágenes. Pero las imágenes imploran por un argumento que las lleve juntas hacia algún lugar. Por un destino.


Había entrado Ramón al despacho, seguido de la señora, a dar cuenta de la venta, bastante buena, de unos corderos. Don José, como casi siempre, estaba abstraído y tarareando su canción arrastrada. Dio seña de quedar enterado y sacó un disco del aparador, lo colocó en el aparato y cogió a doña Beatriz por la cintura para llevarla en las volandas de un baile. Comenzó la pieza. La canción agridulce deslizaba su sordina. Giraron a grandes pasos los antiguos novios hasta que se enredaron los dos en los visillos de gasa. Allá los dejó Ramón bailando arriba, pero todavía se podía oír, desde el patio de guijarros y mucho más lejos, la melodía transportadora. «Por una cabeza», era una de las piezas favoritas de don José. Quedó el balcón abierto de par en par. El tango seguía girando y girando con los bailarines a cuestas de unas olas imaginarias, espirales. Entraba la brisa mezclada con el olor de los corderos, el espliego de la sierra, el polvo de oro de la paja caliente.


De las palabras queda un roce en el aire, la piel de la voz. Se pierde al escribirlas. La escritura oculta lo que revela, en su afán por dar caza, por conservar para siempre ese roce físico, ese tacto. Como los pajarillos definitivamente ahogados en el pozo al quererlos salvar.


Hay mujeres que salen en parejas, o en grupos de tres, de cuatro, a recorrer el sendero que atraviesa la pradera, hasta los Peñones, o por el arcén de la carretera, casi sin coches, bordeada de álamos con pájaros bullangueros. Llevan quizá pañuelos en la cabeza o algún sombrero más o menos improvisado. Se van, dejan a la espalda el grupo de maridos, de hijos, de padres que fuman, inmóviles después de la comida, ahítos. Una se queda atrás y, de pronto, echa a correr con unos tallos en la mano de narcisos arrancados a la orilla del arroyo, entre las piedras y el fango. Corre para volver a alcanzar a las otras, enganchadas en murmuraciones y secretos, ensimismadas.

Enrique Andrés Ruiz
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