Lectura: «A corazón abierto». Elvira Lindo

Elvira Lindo narra en esta novela la historia de un hombre y una mujer que vivieron una gran pasión, un amor feroz, agitado siempre por la presencia de los niños, de los cambios de domicilio, de la enfermedad y de unas personalidades que parecían conjurarse en contra de una vida serena. Se suele contar la vida de los padres desde la perspectiva familiar, filial, pero Elvira Lindo los convierte en personajes literarios para aproximarse a ellos con libertad, lucidez, humor y empatía. Una novela sorprendente a veces, emocionante siempre, en la que Elvira Lindo recuerda e inventa en la misma medida «porque contaba con tantas evidencias como misterios en torno a la historia de estos dos personajes de los que he acabado prendada, de tal manera que me ha costado desprenderme de este universo tan íntimo para entregarlo a cualquiera que desee sumergirse en él.»

Librotea


Textos

Tener una abuela es aconsejable. Tener dos, un exceso. Dos abuelas en acción pueden convertir a cualquier ser humano en un perfecto idiota. Yo sólo tuve una, la otra murió cuando mi madre era niña. Por desgracia, la que murió era la buena. O al menos de esa manera me hicieron recordarla toda mi infancia. La abuela buena se murió dejando tras de sí ocho huérfanos y un halo de santidad. Yo crecí creyendo ser la nieta de una santa, así que cuando rezaba pidiendo algo, porque si he rezado en mi vida he sabido siempre concentrarme en deseos muy concretos, en vez de dirigirme a la Virgen le hablaba a mi pobre abuelita muerta, la de la cara pepona, de la cual sólo había una foto tan antigua que a mí se me antojaba el retrato de una mujer de otro siglo. No me faltaba razón: por lo joven que murió, tuve una abuela santa y decimonónica.


Papá era un poco chulo. Era chulo. Sólo se había tenido a sí mismo en la vida hasta que llegó mamá, hasta que llegamos nosotros, y nos convertimos, todos, en una propiedad que le reafirmaba, que le hacía hombre. Su identidad éramos nosotros. Lo decía con frecuencia, hubiera querido tener ocho, nueve hijos, diez, como un batallón a sus órdenes, como un señor feudal, pero mamá no le pudo dar más. Nos contaba sus hazañas de niño indómito, que esquivaba a la carrera la mano implacable de su madre, que huyó de las palizas de una tía en Madrid a los nueve años, que acabó en un hospital inglés en Río Tinto a los doce por haberse caído por un terraplén huyendo de una cabra a la que estaba toreando. Presumía, fanfarrón, de su desobediencia, de haber fumado desde los doce años.


Al entrar la superiora me levanto de un salto y ella me dice que me vuelva a sentar, así que con otro salto eso es lo que hago. La madre Zaforteza, que así se llama, me dice que soy muy pequeña para el curso que me han asignado. Mis hermanos siempre dicen que no crezco por lo mimada que estoy, pero hasta ahora nunca se había dado el caso de que me lo soltaran las propias maestras, así, tan a la cara, y menos aún las monjas, aunque yo hasta esta mañana no había conocido a ninguna en la realidad, solo a través de mi hermana, que me cuenta por las noches lo malísimas que fueron con ella. Si yo conociera ese insulto diría que las monjas son unas hijas de puta porque le han amargado bastante la vida a mi pobre hermana, pero aún me falta mucho vocabulario para llamar a las cosas por su nombre.


Ella, mi madre, es dócil, como no podría ser de otra manera estando con él, sus rasgos son finos, armoniosos. Cuando está seria parece una criatura asustada; cuando sonríe, lo hace de manera tan entregada, enseñando una dentadura preciosa, que hay un despliegue de dulzura al que es difícil no rendirse. Esos dos gestos suyos tan opuestos, la timidez y la entrega, lo cautivaron desde que la conoció en el patio del cuartel de la Guardia Civil de Málaga, donde ella había ido para ayudar a su hermana, la mujer del capitán, en la crianza de sus niños. Mi padre veía sonreír a aquella chica, quedarse seria de pronto como si escondiera una pena, hablar con el acento limpio de ese enclave prodigioso que él más tarde haría suyo y pensaba, la quiero ya, y decía: cásate conmigo mañana. Cuando ella se volvió al pueblo, a él le entraron las prisas, los miedos, pidió su mano por carta al padre, y al cabo de dos meses viajó por primera al pueblo para casarse.

Elvira Lindo
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