Lectura: “El olor del bosque”. Hélène Gestern

Hélène Gestern. / EL PERIÓDICO

La incandescencia de la carne

La primera novela traducida al castellano de Hélène Gestern reivindica el poder de la memoria a través de un viaje por el siglo XX y el horror de la guerra de trincheras

Origen: La incandescencia de la carne


Textos

Recuerdo un Domingo de Pascua, en el balcón, con el barrio sumergido en el letargo de un puente durante el que había hecho un tiempo maravilloso. París estaba desierto; el sol implacable golpeaba las fachadas con su blancura, una blancura fantasmal, y el silencio, un silencio que se colaba bajo la piel y tomaba posesión del cuerpo en su totalidad. Estaba sentada en el balcón, la luz me inundaba, ya no sentía nada, no era nadie, traslúcida y ausente en el mundo, solo el iris del sol que me atravesaba y hacía estallar cada una de las moléculas de mi carne en un vértigo blanco, fascinante, extraordinario. Comprendí que nunca podría olvidar aquel momento, uno de los más plenos de mi existencia. Pero también supuso el indicio de algo que no quería ver: estaba a punto de deslizarme hacia la locura. Y ya no había nadie que pudiese evitarlo.


Sector de P., 16 de diciembre de 1914
Mi querido Anatole: Al fin unas horas por delante para escribirte. Qué larga se me está haciendo la guerra… Y eso que solo llevo cuatro meses aquí… Gracias a Dios, ha dejado de llover y hace tres días que nadie nos ataca: todos nos preguntamos qué estarán tramando los alemanes. Durante los días de espera, después del frio y los piojos, el aburrimiento y el desánimo son nuestros peores enemigos. Le pedí al pastor Brémont que cada día leyera en voz alta, tras la cena, un fragmento de la Biblia. Lagache, que es maestro en su vida civil, enseña a quienes lo desean los rudimentos del alfabeto. Algunos de estos muchachos apenas saben leer y escribir… El resto del tiempo, entre los asaltos, jugamos a la malilla, leemos nuestras cartas, fumamos en pipa cuando hay tabaco o intentamos dormir un poco. Por fin recibí noticias de Diane Nicolaï, que me dice que está retenida en Othiermont. Cuando vayas allí, pídele a Blanche que la invite a tomar el té. Es una joven sorprendente. Le gustaría cursar estudios de matemáticas, pero su padre no la apoya. Un fraternal abrazo, Willecot


Me quedé paralizada. Estaba tomando prestada la vida de otra persona, me ponía en su lugar, adoptaba su historia. ¿Era malsano, morboso, inmoral? No lo sabía, y no quise plantearme la pregunta. Me limité a dejarme guiar por una memoria que no me pertenecía, pero a la que me rendía sin cuestionarla. Porque, gracias a aquella investigación sobre las cartas centenarias de un soldado cuya existencia ignoraba apenas unos meses antes, algo infinitamente lento había empezado a agitarse en mi interior, algo que aún no tenía forma ni nombre, pero que empujaba en la oscuridad los muros de la tristeza para reclamar el enunciado de la luz.


La guerra es un espectáculo terrorífico, ¿sabes? Caen los obuses en las trincheras y la tierra tiembla y se levanta en forma de geiser; se asemeja al fin del mundo cada vez. Los paisajes están devastados. Solo quedan los troncos de los árboles, tronchados a media altura. A menudo pienso en el bosque de Ythiers, en nuestros paseos, y me pregunto qué quedará de él si la guerra llega hasta allí.


Lo que dibujo es la historia de un joven aristócrata, astrónomo y apasionado de la poesía, demasiado delicado para soportar, un mes tras otro, la acumulación de horrores y absurdos de los que es, a la vez, actor y testigo. En sus fotografías lo primero que registra es su estupefacción, su incredulidad por estar allí, una extrañeza que pone en escena en sus parodias fotográficas de la vida cotidiana, como remanentes de la vida de antes, y en segundo lugar, su asombro, renovado cada día, por haber sobrevivido. En medio de una violencia que lo desnuda y lo deshumaniza, se aferra a las palabras de su amigo poeta, a los problemas de matemáticas que le regala a una mujer-niña con la que se acaba encariñando, como nos encariñamos con quien está lejos, desde el desierto o la cárcel, siguiendo la exigencia enloquecida que empuja a todos los seres: depositar nuestras esperanzas en algo o alguien, inventar razones para vivir cuando la existencia ya no ofrece ninguna.

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