Lectura: ‘El ferrocarril subterráneo’. Colson Whitehead

 

‘El ferrocarril subterráneo’, de Colson Whitehead: Tren subterráneo hacia la libertad

El norteamericano Colson Whitehead revive el trauma de la esclavitud en una compleja y exigente novela de gran carga moral

Origen: ‘El ferrocarril subterráneo’, de Colson Whitehead: Tren subterráneo hacia la libertad | Babelia | EL PAÍS


Textos

Ajarry dio a luz cinco niños de esos hombres, todos paridos en los mismos tablones de la cabaña, adonde señalaba cuando los pequeños erraban la conducta. De ahí habéis salido y ahí volveréis si no atendéis. Si les enseñaba a obedecerla, tal vez obedecieran a todos los amos por venir y sobrevivieran. Dos murieron dolorosamente de fiebres. Un chico se cortó el pie jugando con un arado oxidado, que le emponzoñó la sangre. El benjamín no volvió a despertarse después de que un capataz lo golpeara en la cabeza con un madero. Uno detrás del otro. Al menos nunca los vendieron, le dijo una vieja a Ajarry. Lo cual era cierto: por entonces Randall rara vez vendía a los pequeños. Sabías dónde y cómo morirían tus hijos. El que vivió más de diez años fue la madre de Cora, Mabel.


Esa noche el sentimiento volvió a dominarle el corazón. Se apoderó de ella y, antes de que su parte esclava alcanzara a la parte humana, Cora se dobló como un escudo encima del cuerpo del niño. Agarró el bastón como un hombre de los pantanos sujetaría una culebra y vio el adorno de la punta. El lobo de plata mostraba los dientes de plata. Entonces el bastón se zafó. Y cayó sobre su cabeza. Cayó de nuevo y, esta vez, los dientes de plata le rasgaron los ojos y la sangre salpicó el suelo.


Al segundo día llegó en carruaje un grupo de visitantes, augustos invitados de Atlanta y Savannah. Elegantes damas y caballeros que Terrance había conocido en sus viajes, así como un periodista londinense que informaría sobre la estampa americana. Se sentaron a comer a la mesa instalada en el jardín, a degustar la sopa de tortuga y las chuletas de Alice mientras componían cumplidos para la cocinera, que nunca los recibiría. Big Anthony fue azotado mientras duró la comida, y comieron despacio. El periodista garabateaba notas entre bocado y bocado. Sirvieron el postre y luego los comensales entraron en la casa para escapar de las picaduras de los mosquitos mientras el castigo de Big Anthony continuaba. Al tercer día, justo después de almorzar, convocaron a los peones de los campos, las lavanderas, las cocineras y los mozos interrumpieron sus tareas, el personal doméstico dejó sus ocupaciones. Se reunieron todos en el jardín. Las visitas de Randall bebían ron especiado mientras rociaban a Big Anthony con aceite y lo asaban. Los testigos se ahorraron los gritos de Big Anthony porque el primer día le habían cortado la hombría, se la habían embutido en la boca y le habían cosido los labios. El cepo humeaba, ardía, se carbonizaba, y las figuras del bosque se retorcían en las llamas como si estuvieran vivas.


En la guerra —y sofocar una rebelión esclava era la llamada a las armas más gloriosa— los patrulleros trascendían sus orígenes y se convertían en un verdadero ejército. Cora imaginaba las insurrecciones como grandes y sangrientas batallas, libradas bajo un cielo nocturno iluminado por hogueras inmensas. En la versión de Martin, los levantamientos de verdad eran pequeños y caóticos. Los esclavos recorrían los caminos entre una población y otra con las armas que habían conseguido rescatar: hachas y guadañas, cuchillos y ladrillos. Alertados por renegados de color, los blancos organizaban complejas emboscadas, diezmaban a los insurgentes a tiros y luego los perseguían a caballo, reforzados por el poder del ejército de Estados Unidos. A la primera voz de alarma, los voluntarios civiles se sumaban a los patrulleros para aplastar el alboroto, invadir las chozas e incendiar las casas de los hombres libres. Sospechosos y simples transeúntes atestaban las cárceles. Colgaban al culpable y, por prevención, a un considerable porcentaje de inocentes. Una vez vengados los caídos y, lo que era más importante, pagado con creces el insulto al orden blanco, los civiles regresaban a sus granjas, fábricas y comercios, y los patrulleros retomaban sus rondas.


Lista tras lista abarrotaban el libro de contabilidad de la esclavitud. Los nombres se recopilaban primero en la costa africana, en decenas de miles de listas de embarque. El cargamento humano. Los nombres de los muertos importaban tanto como los nombres de los vivos, puesto que cada pérdida por enfermedad y suicidio —y el resto de percances contabilizados bajo el mismo epígrafe— debía justificarse ante el patrón. En el mercado anotaban las almas adquiridas en cada subasta y en las plantaciones los capataces apuntaban los nombres de los trabajadores en filas de apretada cursiva. Cada nombre un activo, capital vivo, beneficio hecho carne.

Colson Whitehead
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