Lectura: ‘Algo en lo que creer’. Nikolas Butler

Nickolas Butler, fotografiado recientemente en Barcelona. / MARTÍ FRADERA

Nickolas Butler explora en su última novela los entresijos espirituales de la creencia de la mano de un memorable personaje castigado por la pérdida

Origen: Crítica de ‘Algo en lo que creer’: el espinoso asunto de la fe


Textos

El mundo, Lyle lo sabía, se dividía en dos tipos de personas (como suele decirse, o como se tiende a simplificar): aquellas a las que los cementerios les resultaban lugares tristes e inquietantes, y aquellas otras a las que, como le sucedía a él, les inspiraban una sensación profunda y duradera de unidad y equilibrio; como si alguien bajara repentinamente el volumen de la vida y uno flotara en el espacio exterior, contemplándolo todo, contemplando su inmensidad.


Era entonces cuando comenzaban su jornada, si bien por lo general todavía apuraban unos cuantos sorbos más de café mientras se demoraban otro minuto en el cálido interior del coche, escuchando las noticias de la mañana. Luego se bajaban dando sendos portazos y, ya fuera, estiraban sus espaldas rígidas. Una vez ejecutada aquella calistenia ritual y espasmódica para vejetes oxidados, se internaban en el huerto, dejando en la camioneta las fiambreras y los termos. Entonces la pomarada se desplegaba ante ellos, decorada todavía por los jirones de niebla matinal, los pájaros que cruzaban fugaces y, revoloteando a menor altura, las polillas y mariposas.


Se acercó a su manzano favorito y se tiró en el suelo junto a él. Se tumbó de espaldas sobre la nieve, densa, blanda y suave, y sintió su corazón palpitar y dar saltos. Un dolor relampagueante le sacudió los brazos y los dedos, hasta que una insensibilidad total reemplazó las punzadas. En lo más profundo del valle, sobre el río y también sobre las colinas del oeste, se hicieron visibles las primeras luces del alba. Los haces dorados acariciaron los árboles cubiertos de hielo y las flores de los manzanos cayeron sobre Lyle, derramándose sobre su rostro y su boca abierta. Cerró los ojos y se quedó dormido.

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