Lectura “Lluvia fina”. Luis Landero

Luis Landero. Foto: Itziar Guzmán

Lluvia fina. Santos Sanz Villanueva

Llama la atención la insistencia al comienzo de Lluvia fina en la desconfianza con que deben recibirse los relatos, que no son fiables ni inocuos. Las historias y las palabras «no son nunca inocentes», los relatos «no son inofensivos», se enfatiza. […]

Origen: Lluvia fina | El Cultural


Textos

A Aurora no le gusta juzgar, y más que buscar la verdad entera al trasluz de las almas, se conforma con las pequeñas verdades que en su aluvión arrastran consigo las apariencias. Pero siempre ha intuido que los relatos no son inofensivos, y menos aún cuando se entrelazan como en una rebatiña de perros donde todos se disputan a dentelladas los magros huesos de la verdad. Mejor no hablar, mejor no remover las aguas siempre voraginosas del pasado. Por eso le había dicho, le había rogado a Gabriel: «No llames aún. Espérate al menos a mañana». Pero él no la escuchó, ofuscado como estaba por su idea de organizarle una fiesta a mamá, sino que con la mano le impuso silencio, y se aclaró la voz con un carraspeo profesoral.


Hasta que llegó al fin el día en que la madre, después de comer, dijo: «Hemos de hablar». Era domingo. Quitó la mesa, limpió el hule, sacó la carpeta y la puso ante sí y, sin abrirla nunca, pero con una mano sobre ella, como si declarase bajo juramento, en pocas y exactas palabras desglosó los números del presupuesto familiar. Entre la pensión del padre y la mercería, que aún no había consolidado —y tardaría en hacerlo— una clientela fiel, no alcanzaba para vivir. Era necesario, pues, y esa era la única vía de escape, que ella dedicara más tiempo a ejercer de practicante y de callista, y también de corredora a domicilio de artículos de mercería y perfumería… Y cuenta Sonia que en ese momento se le reveló el futuro con una claridad aterradora. Gabriel jugaba en el sofá con el vaquero de plástico y el cochecito rojo. Andrea movía espasmódicamente una pierna, como si siguiera el ritmo de una de sus canciones de rock. Igual pensaba que aquel asunto a ella no le incumbía. Y cuando la madre dijo que en adelante Sonia habría de ocuparse de la mercería y Andrea de las tareas domésticas, Andrea siguió moviendo la pierna y Sonia no alteró en nada la expresión de su rostro. Y es que no acababa de entender. Era demasiada noticia aquella para sus oídos todavía infantiles. ¿Trabajar en la mercería? Luego, poco a poco, fue comprendiendo. Bien, pero ¿cuánto tiempo? «El que haga falta», dijo la madre. Fue uno de esos momentos fantásticos de la vida en que alguien de repente da un salto en el tiempo y si es adolescente se convierte en adulto y cambia en un instante de mentalidad y de carácter.


Se hace un largo silencio. Pero los silencios ya no son los de antes. Antes, lo que las palabras evitaban o se olvidaban de decir lo decían los silencios con el descaro de los niños o los papagayos, pero ahora no, ahora los silencios carecen de vida y no tienen nada que añadir a lo dicho. Son tan brutos y espesos, los silencios, que ni siquiera los tópicos, las frases de relleno, consiguen traspasarlos. En otros tiempos, Aurora le habría preguntado qué tal por el instituto, y tirando de ese cabo habrían hilado una conversación cualquiera, de esas que dicen poco pero que a cambio confirman la continuidad y la dulzura de los hábitos, la vigencia de la normalidad. Pero ella ya no tiene ánimos para preguntar, ni menos aún para escuchar ninguna historia, por breve que sea.

Esta entrada fue publicada en El oficio de lector, Lecturas recomendadas y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s