La lectura. Marcel Proust

Una vez leída la última página, el libro estaba acabado. Había que frenar la loca carrera de los ojos y de la voz que los seguía en silencio, deteniéndose únicamente para volver a tomar aliento con un profundo suspiro… Entonces, ¿qué es lo que pasaba? Aquel libro, ¿no significaba nada más? Aquellos seres a los que habíamos prestado más atención y ternura que a las personas de carne y hueso, no atreviéndonos nunca a confesar hasta qué punto los amábamos, e incluso cuando nuestros padres nos sorprendían leyendo y parecían reírse de nuestra emoción, cerrando el libro con una indiferencia afectada o un aburrimiento fingido; aquellas personas por las que habíamos temblado de emoción y sollozado, no volveríamos a verlas, no volveríamos a saber ya nada de ellas. Desde hacía ya algunas páginas, el autor, en el cruel “Epílogo” había procurado “espaciarlas” con una indiferencia increíble para quien sabía el interés con el que las había seguido hasta entonces, paso a paso. Nos había sido narrado el empleo de cada hora de su vida. Luego, súbitamente: “Veinte años después de estos acontecimientos…” (…) Y la boda en la que se habían empleado dos volúmenes para hacernos entrever su deliciosa posibilidad… (…) sabíamos que se había celebrado en ese sorprendente epílogo escrito, al parecer, desde lo alto del cielo, por una persona indiferente a nuestras pasiones de un dia, que había substituido al autor.

Marcel Proust
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