Lectura. “¿Quién te crees que eres?”. Alice Munro

Alice Munro, en su casa de Canadá, en 2013.IAN WILLMS THE NEW YORK TIMES

Se publica un libro inédito de la Premio Nobel de Literatura, donde la escritora canadiense relata los avatares de una mujer, desde su orgien rural hasta su ‘enfrentamiento’ con la realidad

Origen: Alice Munro, un maremoto bajo aguas tranquilas | La Esfera de Papel


Textos

Más tarde aparecerá una bandeja. Flo la dejará sin decir palabra y se irá. Un gran vaso de leche con cacao, preparado con jarabe de malta de la tienda. Suculentas vetas oscuras en el fondo del vaso. Emparedados pequeños, compactos y apetitosos. Salmón en lata de primera, y rojísimo, mayonesa en abundancia. Un par de tartas de mantequilla con el envoltorio de la pastelería, galletas de chocolate rellenas con crema de menta. Los sabores favoritos de Rose, en el emparedado, la tarta y las galletas. Apartará la cara, negándose a mirar, pero a solas con esas delicias se sentirá míseramente tentada, enardecida y turbada, y las ideas de suicidio o de fuga remitirán ante el olor a salmón, la expectativa del chocolate crujiente, acercará un dedo, solo para rozar el borde de uno de los emparedados (¡pan sin corteza!) y recoger lo que rebosa, probar a qué sabe. Entonces decidirá comerse uno, y tener así fuerzas para rechazar el resto. Uno no se notará. Pronto, corrompida e impotente, se los comerá todos. Se tomará la leche con cacao, las tartas, las galletas. Sacará con el dedo los posos del fondo del vaso, aunque gimotea avergonzada. Demasiado tarde. De “Palizas soberanas”

Así que en parte la desgracia de Rose era haber nacido mujer, pero para colmo no ser una mujer como es debido. Y la cosa no acababa ahí. El verdadero problema era que combinaba y perpetuaba rasgos que a su padre debían de parecerle los peores de sí mismo. Todos los defectos que había domado en su carácter, que había conseguido reprimir, afloraban de nuevo en su hija, que no mostraba ningún deseo de combatirlos. Divagaba y soñaba despierta, era vanidosa y se afanaba por presumir; para ella, la vida transcurría dentro de su cabeza. No había heredado la única cualidad de la que se sentía orgulloso, y en la que confiaba: su destreza con las manos, su minuciosidad y empeño en cualquier tarea; de hecho era sumamente patosa, chapucera, siempre dispuesta a tirar por el camino de en medio. Verla fregar los platos en la palangana salpicándolo todo, con la cabeza en las nubes, más ancha de caderas ya que Flo, el pelo crespo y rebelde; verla tan grandota, indolente y ensimismada, parecía llenarlo de irritación, de melancolía, casi de repugnancia. Y Rose lo sabía. Hasta que su padre acababa de cruzar la habitación se quedaba quieta, se miraba a través de sus ojos. Llegaba a aborrecerse, también. En cuanto lo perdía de vista, sin embargo, se reponía. Volvía a sumirse en sus pensamientos o a concentrarse en el espejo, donde andaba ocupada a menudo de un tiempo a esta parte, recogiéndose el pelo, poniéndose de perfil para verse la línea del busto, o estirándose la piel para ver cómo le quedarían unos ojos más rasgados, apenas un poco más rasgados y provocativos.
De “Medio pomelo”

Vivir en casa de la doctora Henshawe sirvió para algo. Acabó con la candidez, la seguridad incuestionable, del hogar. Volver allí era exponerse, literalmente, a una luz implacable. Flo había colocado tubos fluorescentes en la tienda y en la cocina. En un rincón de la cocina tenía también una lámpara de pie que había ganado en el bingo, con la pantalla envuelta en anchas tiras de celofán. Por encima de todo, en opinión de Rose, la casa de la doctora Henshawe y la casa de Flo servían para desacreditarse una a la otra. Las primorosas habitaciones de la doctora Henshawe despertaban en Rose la cruda conciencia de sus orígenes, un nudo intragable, mientras que en casa, ahora que podía apreciar el orden y la armonía de otros lugares, se revelaba una pobreza triste y vergonzosa en gente que nunca se había considerado pobre. La pobreza no era solo miseria, como la doctora Henshawe parecía creer, no era solo privación. Era tener esos feos tubos fluorescentes y enorgullecerte de ellos. Era hablar a todas horas de dinero y hablar con malicia de las cosas nuevas que la gente se había comprado y de si las pagaban o no. Era encenderse de orgullo y envidia por algo como el nuevo par de cortinas de plástico, imitación encaje, que Flo había comprado para el escaparate. También colgar la ropa en clavos detrás de la puerta o poder oír todos los ruidos del cuarto de baño. Era decorar tus paredes con una serie de refranes, tanto piadosos como joviales o un poco subidos de tono. De “La mendiga”

El lunes antes de que amaneciera metió en el maletero del coche el equipaje con lo que creyó necesario y cerró la casa, con el camembert aún chorreando en la encimera de la cocina; condujo hacia el oeste. Pensaba pasar un par de días fuera, hasta que recobrara el sentido común y pudiera hacer frente a las sábanas y a la parcela de tierra arada y el hueco detrás de la cama donde había puesto la mano para notar la corriente. (En tal caso, ¿por qué se llevó las botas y el abrigo de invierno?) Escribió una carta a la escuela —por carta podía mentir de maravilla, pero no por teléfono— en la que decía que la habían llamado desde Toronto por la enfermedad terminal de un allegado. (Quizá no mintiese de maravilla, a fin de cuentas, quizá exageraba.) Apenas había pegado ojo en todo el fin de semana, bebiendo, tal vez no tanto, pero sin parar. «No pienso tolerarlo», dijo en voz alta, muy seria y categóricamente, mientras cargaba el coche. Y encogida en el asiento delantero, escribiendo la carta que podría haber escrito con más comodidad en casa, pensó en cuántas cartas delirantes había escrito, cuántas excusas peregrinas había encontrado, al tener que marcharse de un sitio, o al temer marcharse de un sitio, por un hombre. Nadie sabía hasta qué punto era una insensata, amigos que la conocían desde hacía veinte años no sabían ni la mitad de las veces que había huido, el dinero que se había gastado y los riesgos que había corrido. De “La suerte de Simón”

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