No creo que la sensibilidad hacia las artes o la afición a las novelas garanticen por sí mismas una mirada compasiva y alerta hacia los seres humanos. Uno puede amar mucho a los personajes de una novela y al mismo tiempo tratar a patadas a las personas reales que tiene cerca. Pero si el amor por las artes se corresponde con una actitud cordial hacia las personas reales, si la belleza que contemplamos en ellas nos enseña a mirar el mundo terrenal, la educación estética puede volverse inseparable de un aprendizaje práctico de la decencia, y proveerlo a uno con facultades de conocimiento y de intuición, de flexibilidad de espíritu, que le ayuden a comprender la complejidad de cualquier vida humana, y las variedades de gradaciones y matices de la experiencia de cada uno, lo estimulante y lo inapresable de la vida real.

Antonio Muñoz Molina. Babelia