James Salter. Los métodos de Flaubert

Flaubert empezó a escribir «Madame Bobary» en 1851, un año después de la muerte de Balzac. Tenía casi treinta años. Admiraba a Balzac, ambos eran realistas. «Madame Bobary», que con el tiempo se convertiría en la novela realista por autonomasia, le llevó cuatro años y medio de trabajo. De dónde salió la idea de la novela, cuánto se basa en un caso real o un historial clínico, son cuestiones interesantes, pero ahora me gustaría hablar sobre Flaubert y sus métodos, su manera de trabajar y sis expectativas e intenciones.

Flaubert era soltero. Nunca se casó. Vivió toda la vida en una confortable casa familiar, con un gran jardín y vistas al río en Croisset, una localidad cerca de Ruán. Había sirvientes. Vivía con su madre y una joven sobrina, Caroline, a la que adoraba. Apenas viajaba, de vez en cuando a París para airearse o verse con amistades, y, en una ocasión, a Egipto con su amigo Maxime du Camp. Era una vida completamente burguesa, por más que Flaubert despreciara a los burgueses. El cieno de la burguesía, decía, y su sociedad democrática. Tenía una amante, una poeta, Louise Clolet, pero vivía en otro pueblo, y así él pudo dedicarse por entero a su trabajo.

Su estudio estaba en la planta alta de la casa, una habitación amplia que daba al jardín, con el Sena de fondo. Solía escribir desde primera hora de la tarde hasta bien entrada la madrugada, parando sólo para cenar, y era infatigable, escribiendo, reescribiendo, revisando, y produciendo lentamente, quizá «una página por semana, o una en cuatro días, o trece en tres meses». Hay unas cuatro mil quinientas cuartillas de borradores para trescientas del libro.

Sopesaba cada frase. Seleccionaba, rechazaba, volvía a escoger las palabras una por una. «Una buena frase de prosa -decía- debe ser como un buen verso, “incambiable”, igual de rítmica y de sonora.» Ensayaba sus frases y párrafos en voz alta en lo que denominaba su “gueuloir”, el lugar donde declamaba, para juzgar su cadencia y fuidez. Además, todas las semanas leía a un amigo de manera ritual lo que había escrito.

Quería escribir con objetividad, con exactitud, con precisión, evitando la metáfora y el juicio moral.Por encima de todo quería escribir una novela que fuera realista, casi aséptica, sin idealizar nada, y crear algo monumentalmente bello partiendo de gente provinciana y vidas corrientes, incluso vanales. Todo dependería del estilo. El estilo en la escritura era de primordial importancia. Incluso llegó al extremo de decir que sería «un libro sobre nada, un libro sin ataduras exteriores, que se aguantase a sí mismo con la fuerza interna de su estilo». Pero, pòr supuesto, es más que eso; nos regala el milagro ce un mundo completo.

James Salter

James Salter. El arte de la ficción

Esta entrada fue publicada en El oficio de creador y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s