Lectura. “Malandar”, de Eduardo Mendicutti

En el sistema literario de Eduardo Mendi­cutti siempre da la impresión de que las cosas que ocurren en sus novelas (y también en sus cuentos) lo hacen desde el lenguaje. O mejor dicho, desde el idiolecto de sus personajes. La prosa literaria de Mendicutti se nutre de una lengua viva, fiestera, provocadora. Y ello hace que lo que se va narrando, la música demoradamente triste de su relato, se vaya amortiguando, como si le costara mostrar su deje amargo y desilusionado. Como paradigma de esto que digo no habría más que recordar «California» (2005), en la que hay una escena con una pareja gay, terrible y conmovedora, pero a la que nunca hubiéramos imaginado que llegaríamos, por mor de una lengua que muy inteligentemente escondía el drama hasta su explosión final.

Mendicuti. MalandarAhora nos llega «Malandar», ambientada en los aledaños del coto de Doñana. Narrada desde una primorosa primera persona, Miguel Durán expone su vida, entre la adolescencia en el pueblo cercano a Doñana que lo vio nacer y su viaje a Madrid para “comerse el mundo”. La novela se divide en tres partes. En la primera, Miguel Durán, mientras hace su primer viaje a Madrid a hacer de periodista y liberar su cuerpo y su alma de los cotos morales, recuerda su adolescencia y su férrea amistad con Toni y Elena. En la segunda, Miguel Durán va y viene, entre viajes por el mundo, visitas a su pueblo para ver a sus padres y reencontrarse con sus amigos incondicionales y con los que un día juró habitar una casa que mirara Maladar, en la desembocadura del Guadalquivir. Y la tercera, cierra el periplo nómada del narrador, para citarse con Toni y Elena, casados y con una hija a punto también de casarse, en una casa casi definitiva que mira al mar y donde se van a disipar todas las dudas, sospechas fundadas y malentendidos que nunca lo fueron.

Eduardo Mendicutti ha escrito su mejor novela sobre la moral castradora. Una novela que, además de ser una fiesta del lenguaje, lo es de la precisión en el dibujo de los caracteres humanos y las dudas y temores que les impidieron alcanzar la felicidad. La de las palabras y la carne.

J. Ernesto Ayala-Dip. Babelia


 

Textos

Don Ireneo me daba clases particulares de matemáticas en segundo de bachillerato, porque a mí las matemáticas se me habían atragantado y el hermano Gerardo anunció un día, con mucha solemnidad, en plena clase, que estaba dispuesto a catearme todas las veces que hiciera falta y que, a él, ni yo ni nadie iba a engatusarlo con zalamerías. Mi madre había ido dos o tres veces a hablar con el hermano Gerardo, con mucha educación y mucho encanto, como ella me dijo, pero Medinilla, un niño muy enrevesado que estaba en mi clase, se chufleó de mí porque, según él, estaba claro que mi madre se había puesto con el hermano Gerardo la mar de zalamera. No sé por qué a mi madre le hizo eso un montón de gracia cuando yo se lo conté. Mi madre decía que el hombre más guapo de La Algaida, después del padre de Elena —pobre Carmen—, era el hermano Gerardo.

Los primeros que saltaron del tren fueron los legionarios. Echaron a correr pegando gritos, como si el tren fuera a estallar, como si Toni nos hubiera estado esperando toda la noche, escondido detrás de una adelfa, y le hubiera disparado a la locomotora y le hubiera acertado en todo el centro de la caldera y nada pudiese evitar ya que el tren entero reventase. Los legionarios gritaban como niños. Iban dejando dos hileras de pisotones amarillentos en la nieve, como si dos culebras casi transparentes fueran avanzando a trompicones en medio de un paisaje tan blanco. Los legionarios gritaban como escolares a la salida del colegio, parecía como si de pronto los dos acabaran de cumplir doce años. Empezó más gente a saltar del tren. Todos, hombres y mujeres, gritaban como si todos acabaran de cumplir doce años, como si todos estuvieran a punto de zambullirse para cruzar a nado la desembocadura. El legionario mulato se agachó, cogió un puñado de nieve y se lo tiró con todas sus fuerzas al otro legionario. Culminó, le dio en toda la bragueta. Todo el mundo empezó a dispararle bolas de nieve a todo el mundo. Cada vez era más gente la que saltaba del tren, más gente la que parecía de pronto tener doce años, más gente liada en una batalla de nieve. De las tres gachís que viajaban conmigo y con los legionarios en mi vagón, saltaron dos, la otra se quedó conmigo en el pasillo, mirando por la ventanilla. El revisor intentaba poner orden en aquel guirigay, pretendía que todos los pasajeros volvieran al tren, se estaba dejando los pulmones a silbatazos. Alguien gritó: «¡Revisor, maricón!». Una pareja joven se abrazó, se tiró abrazada a la nieve, empezó a rodar abrazada dejando en la nieve una alfombra amarillenta. Los legionarios ya no seguían corriendo, ahora le tiraban proyectiles de nieve a todo el que, hombre o mujer, se le pusiera a tiro.

Bill también era nórdico. Sueco, no finlandés. Se llamaba Birger Bergman, como Ingrid, como Ingmar. A él le gustaba que todo el mundo le llamara Bill, entre otras cosas porque ningún español o española de entonces era capaz de pronunciar bien Birger. Yo me empeñé en llamarle, desde el primer día, Birger, y lo pronunciaba fatal. Acabé llamándole Bill, pero lo pronunciaba como todos los españoles y españolas de la época: Bil. Bill había sido el bailarín principal de un ballet moderno, pero lleno de plumas y pedrerías, propiedad de un italiano, Aldo no sé qué. Aldo salía, en los millones de fotos que me enseñó Bill, esforzándose mucho en ser clavado a Rodolfo Valentino. Bill me decía a todas horas que Aldo fue hasta el día de su muerte un hombre guapísimo. Yo me miraba en todos los espejos de marco rococó que había en el apartamento de Bill y me deprimía bastante. Aldo era, además de propietario, director y coreógrafo del ballet Aldo No Sé Qué. Bill había sido durante años el amante de Aldo y, por consiguiente, el primer bailarín de todas las coreografías de Aldo. El día que comprendí, al cabo de tres años, que ya no podía más, se lo dije todo: que Aldo era un cursi, que sus coreografías eran absurdas y cabareteras, que había envejecido fatal —Aldo, no Bill—, que solo con verle en las fotos bailando —a Bill, no a Aldo— quedaba clarísimo que, de no haber sido el amante de Aldo, jamás habría llegado a ser el primer bailarín de su compañía —la compañía de Aldo, no de Bill— ni de ninguna otra, por bueno que estuviera y que seguía estando —Bill, no Aldo—, y que ya era hora de que se pusiera a régimen, con aquella barriga que estaba echando. Bill, hecho una basilisca, gritó que él no tenía barriga, tenía estómago, y me mandó a mudar ya. En cuanto me vi en la calle, con el maletón en el que había metido todo lo que tenía —sobre todo, libros—, me pregunté: ¿Y ahora adónde voy? Menos mal que el Hostal Sigüenza seguía abierto.

Nos fuimos. Al Villa Magna. El Villa Magna era un hotel enorme y nuevo, muy nuevo, quizás demasiado nuevo —allí todo olía a recién puesto— y la habitación del gurú era grande, grandísima, y la cama, además de grandísima, era mullida, muy mullida, demasiado mullida. Allí nos hundimos el gurú y yo, arremolinados, y, entre tanta mullición, nos desnudamos —lo único que no se quitó el gurú fue las muñequeras de cuero con clavos metálicos y el pendiente de cuero y metal de la oreja—, y entonces descubrí que el gurú tenía argollitas en las clavículas, argollas grandotas en las tetillas y en el ombligo, un cock ring en la base del mandado y otra bolita de acero en la punta del capullo, otras dos en el frenillo, dos cilicios de cuero con clavos metálicos en cada muslazo, más bolitas de acero, más argollas, y hasta candados mínimos y coquetones en los tobillos. Yo pensé que el gurú parecía la sucursal holandesa de la Ferretería Demetrio de mi pueblo. Me acordé de Busti. Me acordé de la santa madre del gurú, que a lo mejor lo había traído con todo aquello a este perro mundo. Cada vez que toda aquella chatarrería, una a una o en compañía de otras, me arañaba, me pinchaba, se me hundía, se me clavaba, yo gritaba.

Eduardo Mendicutti Eduardo Mendicutti. Malandar

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