Lectura. “Duelo”. Eduardo Halfón

Código de barras

Eduardo Halfon firma una bella cantata a partir de la memoria de su familia

 

Esas cifras tatuadas en el brazo de su abuelo polaco que, de niño, el guatemalteco Eduardo Halfon (1971) creyó que pertenecían a un teléfono (69752), pues así se lo había dicho su abuelo judío, superviviente de los campos, y que aparecen con frecuencia, de una forma u otra, en los textos del escritor tienen algo, para este lector, de código de barras de su literatura, de esa delicada y extraordinaria ficción convenientemente repetitiva —es una seña de identidad, en modo alguno un reproche— que gira en torno a su propia familia, judeo-árabe por parte libanesa y judía por parte polaca, una familia-puzle donde combinan lenguas como el árabe, el hebreo, el yidis, el francés, el inglés y el castellano, en el que escribe estupendamente, con una rara y económica precisión, Halfon. Un código de barras, esa matrícula de campo de concentración, que le recuerda continuamente de dónde parte, de la memoria familiar, y que a la vez, sin dejar de ser código, es caldo de cultivo de sus relatos, de sus novelas. Por su literatura transita la memoria de su familia, con sus fallos, con sus secretos, con sus verdades y mentiras, y transita él mismo sin avasallar, sin imponer un empalagoso yo, pues su presencia nunca es agresiva, molesta.

Eduardo Halfon. DueloEn «Duelo», su libro más reciente (quisiera alertar al lector interesado en dos pequeñas joyitas aparecidas aquí y allá, también en 2017, como son Saturno, en Jekyll & Jill, y «Clases de chapín», en Fulgencio Pimentel, dos exquisitas editoriales: la falta de espacio deja cojo este paréntesis, que se merecería una columna entera), aparecen personajes habituales de libros anteriores y con otros se amplía el fecundo y valioso elenco familiar. Antes me refería a los secretos (como las verdades y mentiras, los secretos colman las gavetas de las familias); pues bien, uno de ellos, la muerte del pequeño Salomón, le permite escarbar por esa memoria hecha ficción; una muerte, real o no, que le da pie para adentrarse —en mi opinión, las páginas más hermosas de esta novela intensa y breve como son todas las suyas— en su propia mirada hacia atrás, para encontrar certezas en ese contexto guatemalteco, para ir a buscar en la realidad, en esa geografía real, aquello que la memoria te puede hacer confundir. Esa dura, y hermosísima, tierra natal, ese lago donde acaso no se ahogó nunca ese pequeño Salomón, pero sí se ahogaron otros niños, otras voces, otras vidas, otras miradas. Y con esas historias y con las otras (habituales, las de su código de barras literario), Eduardo Halfon ha escrito una bellísima cantata, una delicada novela, en no más de cien páginas. No sobra ninguna.

Javier Goñi. Babelia


 

Textos

Mi abuelo libanés estaba rondando en el jardín trasero de su casa de la avenida Reforma, alrededor de una piscina ya inútil, ya vacía y rajada, mientras fumaba un cigarro en secreto. Recién había sufrido el primero de sus infartos, y los doctores lo habían obligado a dejar de fumar. Todos sabíamos que fumaba en secreto, allá fuera, alrededor de la piscina, pero nadie le decía nada. Acaso nadie se atrevía. Yo estaba mirándolo a través de la ventana de un cuarto que quedaba justo a la par de la piscina, y el cual alguna vez funcionó como vestidor y salita, pero que ahora no era más que un espacio donde guardar cajas y abrigos y muebles antiguos. Mi abuelo caminaba de un lado al otro del pequeño jardín, una mano detrás de la espalda, escondiendo el cigarro. Estaba vestido con una camisa blanca de botones, pantalón de gabardina gris y pantuflas de cuero negro, y yo, como siempre, me lo imaginé volando en el aire con esas pantuflas de cuero negro. Sabía que mi abuelo había salido de Beirut en 1919, cuando tenía dieciséis años, con su madre y sus hermanos, volando. Sabía que había volado primero por Córcega, donde su madre murió y quedó sepultada; por Francia, donde todos los hermanos se subieron a un barco de vapor en Le Havre, llamado el SS Espagne , rumbo a América; por Nueva York, donde un oficial de migración haragán o quizás caprichoso decidió cortar a la mitad nuestro apellido, y también donde mi abuelo trabajó durante varios años, en Brooklyn, en una fábrica de bicicletas; por Haití, donde vivía uno de sus primos; por Perú, donde vivía otro de sus primos; y por México, donde aún otro de sus primos era el proveedor de armas de Pancho Villa. Sabía que al llegar a Guatemala había volado encima del Portal del Comercio —cuando frente al Portal del Comercio aún pasaba un tranvía jalado por caballos o mulas— y abierto ahí un almacén de telas importadas llamado El Paje. Sabía que, en los años sesenta, tras estar secuestrado por guerrilleros durante treinta y cinco días, mi abuelo había regresado a su casa volando. Y sabía que una tarde, al final de la avenida Petapa, a mi abuelo lo había atropellado un tren, lanzándolo al aire, o quizás lanzándolo al aire, o al menos para mí, para siempre, lanzándolo al aire.

Y mientras yo daba mi conferencia en un ostentoso y antiguo salón, no pude dejar de pensar que ahí mismo, en ese mismo edificio que ahora era una gran universidad, se habían trabajado y elaborado los cilindros de gas que mataron a las hermanas de mi abuelo, a los padres de mi abuelo. Intenté decirle a mi amiga de Berlín que ya había visto demasiado en mi viaje por Alemania, que empezaba a perder la dimensión de la tragedia, que no me interesaba visitar campos de concentración, que ni siquiera uno de aquellos donde había sido prisionero mi abuelo, que para mí todo campo de concentración no era más que un parque turístico dedicado a lucrar con el sufrimiento humano. Pero finalmente accedí. En parte porque soy un timorato y me cuesta decirle que no a las mujeres. En parte porque todo ese viaje era una especie de tributo a mi abuelo polaco, quien había llegado a Guatemala tras sobrevivir seis años —la guerra entera— como prisionero en campos de concentración. De niño yo no sabía casi nada de su experiencia durante la guerra, más allá de que unos soldados alemanes o polacos lo habían capturado frente al apartamento de su familia en Łódz´, en noviembre de 1939, cuando él tenía veinte años, mientras jugaba con unos amigos y primos una partida de dominó. Mi abuelo nunca me hablaba de aquellos seis años, ni de los campos, ni de las muertes de sus hermanos y padres. Yo tuve que ir descubriendo los detalles poco a poco, en sus gestos y en sus bromas y casi a pesar suyo. De niño, si yo dejaba comida en el plato, mi abuelo, en vez de regañarme o decirme algo, sólo extendía la mano en silencio y se terminaba toda la comida él mismo. De niño, mi abuelo me decía que el número tatuado en su antebrazo izquierdo (69752) era su número de teléfono, y que se lo había tatuado ahí para no olvidarlo. Y de niño, por supuesto, yo le creía.

Eduardo Halfón Eduardo Halfón. Duelo

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