Luigi Pirandello, el hombre que amaba a los fantasmas

Uno de ellos, Maria Antonietta Portulano, lo desposó. Al principio tenía un cuerpo que, de hecho, le dio tres indiscutibles hijos, pero después, fulminada por una angustiosa locura, se quedó tan débil que conseguía aparecer sólo en las pesadillas. Aislada en la casa de salud de cierto monasterio romano, cada día se ponía su traje negro de manga larga y puños blancos, se ajustaba en la cabeza un severo sombrerito de viaje, ponía junto a la puerta la maleta hecha y esperaba  a que él viniese a recogerla.

El otro, Marta Abba, fue un sueño demasiado joven para entrar en la noche de un viejo. Cuando la vio recitar y la puso como primera actriz  de su compañía, ella tenía veinticinco años y él cincuenta y ocho. Los vieron juntos por las playa de Castiglioncello, ella con un bikini estampado de leopardo que habría asombrado incluso a un ciego, él oculto bajo el ala de un inmenso sombrero blanco, y se preguntaron si no sería aquello un gran amor basado en lo imposible. ¿Y él? En Como, donde se encontraron en un recital, pasaron una noche que en una carta no dudó en definir como «atroz». Nadie pudo averiguar si aludía al hecho de que la joven diva se había entregado al viejo o si, por el contrario, había rechazado sus reprobables atenciones. Ella, que hubiera podido contarlo, no lo hizo nunca. En 1936, cuando él murió, tras la lectura del testamento ológrafo en el cual le dejaba en herencia una sexta parte de sus posesiones, ella abandonó la escena. Dos años después se casó con un millonario en dólares de Cleveland, a quien abandonó al poco tiempo mediante un suntuoso divorcio.

Sus alumnas de la facultad romana de magisterio también fueron fantasmas, pero hizo una matanza tan platónica que aquí ni siquiera las vamos a contar, como los mexicanos, en el inventario de los caídos.

Eugenio Baroncelli. Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos

Eugenio Baroncelli. Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos.

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