Lectura: “En la oscuridad”, de Friedrich Glauser

La vida y la obra de Friedrich Glauser estuvieron tan íntimamente unidas que aquella constituía la savia nutritiva de sus escritos. «En la oscuridad», con su sinceridad despiadada, el escritor suizo se observa a sí mismo y al mundo que le rodea en los meses posteriores a su licenciamiento de la Legión Extranjera. Trabajando de lavaplatos en los sótanos de los hoteles más lujosos de París y como minero en las profundidades de las Friedrich Glauser. En la oscuridadminas belgas. Glauser, como todos los genios excéntricos y marginales, se refugió en la escritura como única escapatoria, como último camino para ponerse finalmente a salvo. En el blanco y negro de una existencia tan desesperada que parece improbable, se van abriendo camino los colores de su escritura.

A este relato Glauser le atribuía particular importancia dentro de su obra narrativa, pensaba que le consagraría como un verdadero escritor. Por ello, antes de ser publicado en 1937, envió un extracto a Hermann Hesse, que le responde definiéndolo como «un magnífico observador y escritor».

Contraportada de la edición de Mármara


 

Textos

Los mulos trotan junto la columna, y nosotros sudamos debajo de nuestros sacos. Mi mulo no llevas silla, y me dice: «Ahora ha sido abolido el cielo, desde la última guerra han decidido abolir el sol. ¿No te parece razonable mi amo?» Mi mulo tiene un aspecto muy humano se yergue sobre los cuartos traseros, y sus patas delanteras terminan en dos manos que sostienen unas maderas acanaladas, las frota entre ellas y hacer música. «¿Y tú que siempre pensaste que éramos poco musicales!» dice el mulo que arranca sonidos del violín a sus castañuelas…

¡Oh, qué largo es el recorrido por la ciudad! A las ventanas si pegan rostros planos que parecen recortados en cartón y pintados… «Lo ves, amo» dice mi mulo, «esos son los ricos a los que les ha ido bien. Esos han llegado a algo. Tú en cambio tienes que arrastrar el saco, porque no has obedecido. Puedo aliviar tu destino tocando algo, pero no puedo hacer nada más por ti. ¡Date la vuelta!…» Una larga caravana se extiende a mis espaldas. Allí marchan, marcando el paso, un grupo que lleva ropajes a rayas, y luego otro cuyos uniformes están desgastados, y un tercero… Es el más numeroso: hombres y mujeres, de ropas raídas, llevan las bocas abiertas y agitan los brazos al compás, como si cantaran una canción. Pero no es más que un estertor, un gorgoteante estertor, similar al que se produce cuando una masa de agua es absorbida por el agujero…

«Es la nueva canción», dice mi mulo, que tantas veces me ha llevado a sus lomos; aguza la boca y empieza a silbar… Luego se inclina hacia mi oído y susurra, susurra de manera tan siseante que me duele y levanto la mano para apartarlo…¡Pero es Marcel! Su boca está tan cerca de mi oído…enfrete luce la lámpara verde, y el hombre del uniforme se ha dormido. Parece un borracho.

–Eres tú, Marcel. ¡Escucha! Búscate una buena mujer: una mujer, sabes, que sepa bailar y trabajar. ¡Y no te quedes en la ciudad!. Ahora todos vienen a la ciudad y se ponen delante de una cinta móvil y se sientan en sillas y aporrean sus máquinas de letras y hacen cuentas y bajan al metro y suben escaleras y se ponen gordos y pálidos, pero son planos… Y, cuando están completamente machacados, hacen la guerra, porque han olvidado que la sangre corre por sus venas, y quieren volver a ver que tienen sangre… La guerra se hace en las ciudades. El campo no quiere guerra. El campo quiere dar fruto y no cadáveres, quiere estar verde en verano y descansar blanco en invierno. No quiere sangre, no necesita más rojo que el de las flores…

«Vendedor de sopa», “Marchand de soupe”, es como llaman en los países francófonos a los propietarios de pensiones para obreros. El nombre es una ofensa. Pero merecida. El vendedor de sopa se queda con el dinero que a nosotros nos cuenta un duro trabajo conseguir, estamos en sus manos, nosotros, los trabajadores sin formación, los proletarios del proletariado. Los trabajadores organizados tienen sus sindicatos, tienen recursos, medios de lucha, para mejorar su situación. Forman parte de la «buena sociedad proletaria», si se me permite la expresión. ¿Pero nosotros? ¿Los peones? Checos, polacos, rusos, italianos… Estamos indefensos. Pasados los primeros quince días, nos dan veinticinco francos por seis: ciento cincuenta francos, mientras debemos ya trescientos por la comida y en techo al «vendedor de sopa». Y ademas necesitamos monos, cigarrillos ¿Cómo nos vamos a liberar? La señora Vandevelde va a recoger nuestro jornal. A veces es clemente y nos da diez francos el domingo. Pero también eso lo apunta…

Friedrich Glauser

Friedrich Glauser. En la oscuridad

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