Lectura: “Americananah”, de Chimamanda Ngozi Adichie

Lagos, mediados de los noventa. En el marco de una dictadura militar y en una Nigeria que ofrece poco o ningún futuro, Ifemelu y Obinze, dos adolescentes atípicos, se enamoran apasionadamente. Como gran parte de su generación, saben que antes o después tendrán que dejar el país. Obinze siempre ha soñado con vivir en Estados Unidos, pero es Ifemelu quien consigue el visado para vivir con su tía en Brooklyn y estudiar en la universidad. Mientras Obinze lucha contra la burocracia para reunirse con Ifemelu, ella se encuentra en una América donde nada es como se imaginaba, comenzando por la importancia del color de su piel. Todas sus experiencias, desgracias y Chimamanda Ngozi Adichie. Americanahaventuras conducen a una única pregunta: ¿acabará convirtiéndose en una  “americanah”?  «Americanah», que recoge el término burlón con que los nigerianos se refieren a los que vuelven de Estados Unidos dándose aires, es una historia de amor a lo largo de tres décadas y tres continentes, la historia de cómo se crea una identidad al margen de los dictados de la sociedad y sus prejuicios. «Hay algunas novelas que cuentan una gran historia y otras que consiguen que cambies la manera que tienes de ver el mundo. «Americanah», de Chimamanda Ngozi Adichie, consigue las dos cosas.» Elisabeth Day, The Guardian.

Contraportada de Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie


 

Textos

Deseaba decirle a Gabriel que su novia de la universidad acababa de mandarle un e-mail, en realidad su novia de la universidad y de secundaria. La primera vez que ella le permitió quitarle el sujetador, tumbada de espaldas, gimió suavemente, sus dedos extendidos en la cabeza de él, y después dijo: «Tenía los ojos abiertos pero no veía el techo. Eso nunca me había pasado». Otras habrían fingido que nunca se habían dejado tocar por otros chicos, pero ella no, ella jamás. La caracterizaba una sinceridad intensa. Empezó a llamar «techo» a lo que hacían juntos, sus cálidos enmarañamientos en la cama de él cuando su madre no estaba, en ropa interior, tocándose y besándose y chupándose, moviendo las caderas en simulación. «Me muero de ganas de techo», escribió ella una vez en la tapa trasera del cuaderno de geografía de Obinze, y a partir de ese momento, durante mucho tiempo, él no pudo mirar ese cuaderno sin un creciente estremecimiento, una sensación de excitación secreta. En la universidad, cuando por fin dejaron de simular, ella empezó a llamarlo «Techo» a él, en broma, con tono insinuante; pero cuando reñían o cuando a ella se le torcía el humor, lo llamaba Obinze.

La universidad en Estados Unidos era fácil, los trabajos se enviaban por correo electrónico, las aulas tenían aire acondicionado, los profesores ponían de buena gana exámenes de repesca. Pero se sentía incómoda con lo que los profesores llamaban «participación», y no entendía por qué eso debía incluirse en la nota final; solo servía para inducir a los alumnos a hablar y hablar, perdiendo tiempo de clase con obviedades, vacuidades, a veces sinsentidos. A los estadounidenses debían de enseñarlos, desde primaria, a decir siempre algo en clase, lo que fuese. Así que ella permanecía muda, rodeada de estudiantes instalados relajadamente en sus sillas, todos rebosantes de saber, no sobre la materia, sino sobre cómo estar en clase. Nunca decían: «No lo sé». En vez de eso, decían: «No estoy seguro», lo cual no aportaba información pero dejaba en el aire la posibilidad de conocimiento. Y caminaban con parsimonia, esos estadounidenses, andaban sin ritmo. Evitaban las indicaciones directas: no decían «Pregúntale a alguien en el piso de arriba»; decían «Quizá te convendría preguntarle a alguien arriba». Cuando tropezabas y te caías, cuando te atragantabas, cuando recaía en ti un infortunio, no decían «Lo siento»; decían «¿Estás bien?» cuando era evidente que no lo estabas. Y si tú les decías a ellos «Lo siento» cuando se atragantaban o tropezaban o les acaecía un infortunio, contestaban sorprendidos, con los ojos muy abiertos: «Ah, no ha sido culpa tuya». Y abusaban del verbo «entusiasmar»: un profesor entusiasmado con un nuevo libro, un alumno entusiasmado con una clase, un político en televisión entusiasmado con una ley; en general había demasiado entusiasmo. Algunas de las expresiones que oía a diario la asombraban, la crispaban, y la llevaban a preguntarse qué habría dicho la madre de Obinze al respecto.

Comprender Estados Unidos para los negros no estadounidenses: el tribalismo estadounidense En Estados Unidos, el tribalismo sigue vivo y muy vivo. Existen cuatro variedades: clase, ideología, región y raza. Primero, la clase. Muy sencillo. Ricos y pobres. Segundo, la ideología. Progresistas y conservadores. No solo disienten en cuestiones políticas, sino que cada bando cree que el otro es malo. Se desaconseja el matrimonio mixto y en las raras ocasiones en que se produce se considera un hecho atípico. Tercero, la región. El Norte y el Sur. Los dos lados se enzarzaron en una guerra civil, y quedan aún manchas resistentes de esa guerra. El Norte mira por encima del hombro al Sur, en tanto que el Sur guarda rencor al Norte. Por último, la raza. Hay una jerarquía racial en Estados Unidos. Los blancos están siempre en lo alto, concretamente los blancos anglosajones protestantes, y los negros estadounidenses están siempre en lo más bajo, y lo que queda en medio depende del momento y el lugar. (O como dice esa extraordinaria rima: si tienes la piel clara, Dios te ampara; si eres moreno, no te condeno; si eres negro, ¡vade retro!) Los estadounidenses dan por supuesto que todo el mundo entenderá su tribalismo. Pero desentrañarlo requiere su tiempo. Por eso, cuando yo estaba en mis primeros años de universidad, vino un invitado a dar una charla y una compañera le susurró a otra: «Dios mío, qué pinta de judío tiene», y se estremeció, se estremeció de verdad. Como si ser judío fuera malo. Yo no lo comprendí. Por lo que yo veía, ese hombre era blanco, no muy distinto de mi propia compañera. Para mí, judío era algo impreciso, algo bíblico. Pero no tardé en aprender. Veréis, en la jerarquía estadounidense de la raza, el judío es blanco pero también está unos peldaños por debajo del blanco. Resulta un tanto confuso, porque yo conocía a una chica pecosa con el pelo de color paja que decía que era judía. ¿Cómo saben los estadounidenses quién es judío? ¿Cómo supo la compañera de clase que aquel hombre era judío? Leí en algún sitio que las universidades estadounidenses solían preguntar a los solicitantes de plaza el apellido materno, para asegurarse de que no eran judíos, porque no admitían judíos. ¿Esa era la manera de distinguirlos, pues? ¿Por el apellido? Cuanto más tiempo llevas aquí, más empiezas a entender.

A mis compañeros negros no estadounidenses: en Estados Unidos sois negros, muchachos Queridos negros no estadounidenses, cuando tomáis la decisión de venir a Estados Unidos, os convertís en negros. Basta ya de discusiones. Basta ya de decir soy jamaicano o soy ghanés. A Estados Unidos le es indiferente. ¿Qué más da si no erais «negros» en vuestro país? Ahora estáis en Estados Unidos. Tendremos nuestros momentos de iniciación en la Sociedad de los Antiguos Esclavos Negros. El mío tuvo lugar en la universidad cuando, en una clase, me pidieron que ofreciera la perspectiva negra, solo que yo no entendía ni remotamente a qué se referían. Así que me inventé algo, sin más. Y admitidlo: decís «No soy negro» solo porque sabéis que el negro es el último peldaño de la escala racial estadounidense. Y eso no lo queréis. Ahora no lo neguéis. ¿Y si ser negro implicara todos los privilegios de ser blanco? ¿Diríais entonces «No me llaméis negro, soy de Trinidad»? Lo dudo mucho. Así que sois negros, muchachos. Y he aquí lo que pasa cuando os volvéis negros: tenéis que mostraros ofendidos si alguien, en broma, utiliza palabras como «chocolate» o «tiznajo» o «charol», aunque no sepáis de qué demonios está hablando, y como sois negros no estadounidenses, lo más probable es que no lo sepáis. (En la universidad una compañera de clase blanca me pregunta si me gusta el chocolate; yo digo que sí, y otra compañera dice: Dios mío, qué racista, y yo me quedo desconcertada. «Espera, ¿cómo dices?») Debéis devolver el gesto de saludo cuando otra persona negra se cruza con vosotros en una zona muy poblada de blancos. A eso se llama «saludo negro». Entre los negros es una manera de decir: «No estás solo, yo también estoy aquí». Al describir a las mujeres negras que admiráis, siempre debéis usar la palabra FUERTE porque eso es lo que supuestamente son las mujeres negras en Estados Unidos. Si sois mujeres, por favor, no expreséis vuestra opinión como estáis acostumbradas a hacer en vuestro país. Porque en Estados Unidos las mujeres negras de opiniones muy firmes dan MIEDO. Y si sois hombres, tenéis que mostraros hipersosegados, sin exaltaros nunca más de la cuenta, o alguien temerá que estéis a punto de sacar un arma. Cuando veis la televisión y oís la expresión «comentario racista», debéis ofenderos de inmediato. Aunque penséis «Pero ¿por qué no me cuentan cuáles fueron las palabras exactas?». Por más que prefirierais poder decidir por vosotros mismos en qué medida os ofendíais, o si os ofendíais, debéis ofenderos mucho igualmente. Cuando se denuncia un delito, rezad para que no lo haya cometido un negro, y si resulta que lo ha cometido un negro, manteneos alejados de la zona del delito durante semanas, o quizá os detengan por coincidir con la descripción del perfil. Si una cajera negra atiende mal a la persona no negra que está en la cola delante de vosotros, elogiad los zapatos o lo que sea de esa persona para compensarla por el mal servicio recibido, porque sois igual de culpables de los delitos de la cajera. Si estudiáis en una universidad de élite y un joven republicano os dice que habéis accedido solo gracias a la Discriminación Positiva, no exhibáis vuestras excelentes calificaciones del instituto. En lugar de eso, señalad sutilmente que quienes más se benefician de la Discriminación Positiva son las mujeres blancas. Si vais a comer a un restaurante, tened la bondad de dejar una propina generosa. De lo contrario la siguiente persona negra que entre recibirá un servicio pésimo, porque los camareros se lamentan cuando les toca una mesa de negros. Ya veis, las personas negras tienen un gen que las lleva a no dejar propina, así que por favor, imponeos a ese gen. Si contáis a una persona no negra algún suceso racista que os ha ocurrido, aseguraos de que no lo hacéis con resquemor. No os quejéis. Sed tolerantes. Si es posible, presentadlo con humor. Sobre todo, no os indignéis. En principio las personas negras no deben indignarse por el racismo. De lo contrario, no obtendréis solidaridad. Esto solo es aplicable a los progresistas blancos, dicho sea de paso. No os molestéis siquiera en contar a un conservador blanco un suceso racista que os haya ocurrido. Porque el conservador os dirá que sois VOSOTROS los verdaderos racistas y os quedaréis boquiabiertos.

La única razón por la que dices que la raza no fue causa de conflictos es porque desearías que no lo hubiera sido. Es lo que deseamos todos. Pero es mentira. Yo vengo de un país donde la raza no era motivo de conflicto; no pensaba en mí como negra, y me convertí en negra precisamente cuando llegué a Estados Unidos. Cuando eres negro en Estados Unidos y te enamoras de una persona blanca, la raza no importa mientras estáis los dos juntos y a solas, porque estáis únicamente vosotros y vuestro amor. Pero en cuanto salís a la calle, la raza sí importa. Pero no hablamos de ello. No comentamos siquiera a nuestras parejas blancas los pequeños detalles que nos sacan de quicio, ni las cosas que nos gustaría que entendieran mejor, porque nos preocupa que digan que exageramos, o que somos demasiado susceptibles. Y no queremos que digan: Fíjate en lo lejos que hemos llegado, hace solo cuarenta años, habría sido ilegal el mero hecho de que tú y yo fuéramos pareja, bla, bla, bla, porque ¿sabes qué pensamos cuando dicen eso? Pensamos, por qué coño ha tenido que ser ilegal alguna vez. Pero no decimos nada. Dejamos que se amontone dentro de nuestra cabeza, y cuando vamos a agradables cenas con personas progresistas como esta, decimos que la raza no importa porque eso es lo que debemos decir, para no incomodar a nuestros agradables amigos progresistas. Es la verdad. Hablo por experiencia.

Chimamanda Ngozi AdichieChimamanda Ngozi AdichieAmericanah

Esta entrada fue publicada en El oficio de lector, Lecturas recomendadas y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s