Pocas novelas llegarán, en lo que queda de año, precedidas por tanto ruido como ‘Tan poca vida’, de Hanya Yanagihara (Los Ángeles, 1975). Fue la gran revelación de la narrativa estadounidense en 2015: finalista de todos los premios, cabeza de lista de toda la prensa, tuvo incluso violentos detractores que multiplicaron el estruendo.
El arranque nos propone seguir el desarrollo de la amistad, a lo largo de casi tres décadas, de cuatro hombres que coincidieron por azar, en la universidad: Malcom, arquitecto con pretensiones artísticas; Willem, que pronto pasará de camarero a actor de primerísima fila; Jude, abogado que también alcanza pronto el éxito profesional; JB, artista que pinta cuadros basados en retratos fotográficos de sus tres amigos. Estamos en Nueva York y los personajes usan móviles, pero la historia parece transcurrir en una especie de burbuja carente de concreciones temporales y geográficas.
Tanto el tono como el rumbo aparente de la novela cambian cuando descubrimos que Jude se autolastima con frecuencia y, poco después, sabemos que ese comportamiento tiene su origen en los maltratos sufridos en la infancia. A partir de ahí, JB y Malcom se desdibujan, Willem permanece como comparsa y Jude accede a un primer plano del que se negará a desaparecer. La novela avanza a partir de entonces por medio de flashbacks que nos van revelando los secretos terribles de su pasado. No poder nombrar aquí esos secretos dificulta solo en parte el comentario. De pronto, dejamos de hablar de amistad y crecimiento, de ambiciones y logros, y nos centramos en los abusos o, mejor dicho, en sus dramáticas consecuencias. El texto busca su excelencia como tratado sobre el dolor; contiene párrafos, páginas enteras, que indagan en ese aspecto y, lejos de provocar la previsible repulsión, logran fascinar al lector y vislumbrar incluso la belleza en la aberración.
Los logros se imponen a ciertas imperfecciones que no podemos dejar de mencionar. Incluso sus principales defensores se vieron obligados a señalar errores gramaticales de cierto calibre y, sobre todo, algunos detalles que restan verosimilitud a la historia: parece imposible que Jude solo encontrara en su infancia seres absolutamente abyectos, sin excepción de ninguna clase; y que, en la edad adulta, viva sólo rodeado de seres angelicales. Se entiende que Yanagihara buscaba en esos extremos un contraluz que resaltara el drama del protagonista, pero la credibilidad de la historia paga un peaje por ello. También provoca cierta desconfianza que los cuatro protagonistas alcancen el éxito casi por obligación. Y podría discutirse el tono axiomático con que Yanagihara presenta la evolución moral de sus personajes: te maltratan, ergo maltratas.
Algunas de esas imperfecciones bastarían para echar por tierra novelas menos meritorias, pero ‘Tan poca vida’ sobrevive a sus errores precisamente porque está viva, porque contiene un nucleo de veracidad, de auténtica indagación literaria, una exploración fascinante de un dolor algo narciso. Acaso por eso la edición española luce en su portada la misma imagen que la americana, una fotografía en la que un hombre exhibe lo que parecería una mueca de dolor, si no fuera porque pertenece a una serie del fotógrafo Peter Hujar sobre el amor y la lujuria y se llama ‘Orgasmic Man’.
Enrique de Hériz. El Periódico
Textos
No sé muy bien por dónde empezar. Quizá con unas palabras bonitas aunque también ciertas. Enseguida me caíste bien. Tendrías unos veinticuatro años cuando nos conocimos, lo que indica que yo tenía cuarenta y siete (¡Dios mío!). Vi en ti a un muchacho fuera de lo común; más tarde él me hablaría de tu bondad, pero no era necesario, yo ya sabía que eras bueno. Fue el primer verano que vinisteis todos a casa y resultó un fin de semana extraño, tanto para mí como para él; para mí porque en vosotros cuatro vi quién y cómo podría haber sido Jacob, y para él porque solo me conocía como profesor, y de pronto me veía con pantalones cortos y delantal, sacando las almejas de la parrilla mientras discutía con vosotros sobre un tema y otro. Solo cuando por fin dejé de ver la cara de Jacob en vosotros, fui capaz de disfrutar del fin de semana, en gran medida por lo mucho que disfrutabais. No visteis nada extraño; dabais por sentado que caíais bien a la gente, no por arrogancia sino porque era lo normal y no teníais motivos para pensar que vuestra educación y afabilidad pudieran dejar de ser correspondidas, mientras fuerais educados y afables. Él tenía todos los motivos para no pensar de ese modo, desde luego, pero yo no lo descubriría hasta más adelante. En aquellos días lo observé durante las comidas, advertí cómo se recostaba en la silla durante las discusiones particularmente acaloradas, como si estuviera fuera del cuadrilátero y os analizara a todos; la naturalidad con que me desafiabais sin miedo a provocarme, la despreocupación con que os inclinabais sobre la mesa para serviros más patatas, más calabacines o más bistec; el aplomo con que pedíais y recibíais lo que queríais.
[…]
Jude se sabe imperturbable y cauto, y aunque la imperturbabilidad y la cautela no lo convierten en la persona más interesante, provocativa y brillante de cualquier reunión, hasta ahora lo han protegido, le han permitido llevar su vida de adulto libre de sordidez e inmundicia. Pero a veces se pregunta si se ha aislado tanto que ha descuidado una parte importante de sí mismo y quizá ahora esté preparado para estar con alguien. Tal vez ha pasado suficiente tiempo para que todo sea diferente. Tal vez él esté equivocado y Willem tenga razón cuando le dice que esa experiencia no le ha sido vetada para siempre. Tal vez sea menos repugnante de lo que se piensa. Tal vez sea realmente capaz de hacerlo. Tal vez no le harán daño, después de todo. En ese momento Caleb parece haberse materializado como un yinn, encarnando sus peores temores y sus mayores esperanzas, y ha irrumpido en su vida para ponerlo a prueba: por un lado está todo lo que él conoce, la rutina de una existencia tan regular y prosaica como el constante goteo de un grifo, donde está solo pero a salvo, protegido de todo lo que puede dañarlo. Por el otro están las olas, el tumulto, los temporales, la emoción, todo lo que él no puede controlar, lo que es en potencia horrible y extático, todo lo que ha intentado evitar durante su vida de adulto, todo aquello cuya ausencia le quita color a su vida. La criatura que habita en su interior titubea, sentada sobre sus patas traseras, dando zarpazos al aire como si a tientas buscara respuestas.
[…]
Llegó el día señalado, un lunes de finales de septiembre. La noche anterior había caído en la cuenta de que había transcurrido casi un año desde la paliza, pero no era algo deliberado. Esa tarde salió temprano del trabajo. Había pasado el fin de semana organizando sus proyectos, había escrito un informe para Lucien en el que daba todos los detalles de los casos en los que había estado trabajando. Una vez en casa, colocó las cartas en una hilera encima de la mesa de comedor, junto con una copia del testamento. Había dejado un mensaje al gerente del estudio de Richard diciéndole que el cuarto de baño principal perdía agua y que si podía abrir al fontanero al día siguiente a las nueve —tanto Richard como Willem tenían llaves de su piso— porque él estaría de viaje de negocios. Se quitó la americana y la corbata, los zapatos y el reloj, y se dirigió al cuarto de baño. Se sentó en la ducha con las mangas arremangadas. Tenía una botella de whisky de la que bebía a sorbos para tranquilizarse y un cúter, ya que pensó que sería más fácil de sostener que una cuchilla. Sabía lo que necesitaba hacer: tres cortes rectos y verticales, lo más largos y profundos posible, siguiendo las venas de los dos brazos. Y luego se tumbaría a esperar.
Hanya Yanagihara. Tan poca vida