Año 44 a.C. Julio César es asesinado. Cuando en su testamento adopta y nombra como su heredero universal a su sobrino Octavio, la vida de este joven de dieciocho años cambia para siempre. Rodeado de hombres que luchan encarnizadamente por el poder —Cicerón, Bruto, Casio, Marco Antonio, Lépido—, el joven Octavio debe imponerse a todas las maquinaciones para hacer suyo el legado de su padre adoptivo y reclamar su destino como primer Emperador romano.
«El hijo de César» (novela ganadora del prestigioso National Book Award) nace, después de una meticulosa labor de investigación, de la pluma de un auténtico poeta, y nos cuenta el sueño de un hombre por liberar a la corrupta Roma de las guerras intestinas que amenazaban con acabar con ella y afianzarla como eje del mundo.
«Uno se sumerge en un mundo cuya complejidad, lujo, cinismo político, credulidad pública y violencia se asemejan mucho al nuestro» The New Yorker
««El hijo de César» es una obra maestra» Los Angeles Times
«De los eventos que rodean a uno de los momentos más importantes de la Historia de occidente… John Williams ha moldeado un atractivo y psicológicamente convincente trabajo de ficción» The New York Times
««El hijo de César» es una vívida recreación de la Roma Clásica, pero su intuitiva forma de relatarnos la experiencia del poder hace de ella una novela inusual y superior» The Boston Globe
Contraportada del libro
Textos
He conquistado el mundo, pero ningún lugar es seguro; le he dado la libertad al pueblo pero huyen de ella como si fuera una enfermedad; desprecio a aquellos en los que puedo confiar, y quiero más a aquellos que sin pensarlo dos veces me traicionarían. Y aunque conduzco a una nación hacia su destino, ignoro hacia dónde nos dirigimos.
Fragmento de “Carta de Julio César, desde Roma, a Cayo Octavio en Apolonia (44 a. C.)”
Hijo mío, cuando recibas esta carta estarás ya en Brindisi y habrás oído las noticias. Tal como temía, el testamento se ha hecho público y has sido nombrado hijo y heredero de César. Aunque sé que tu primera reacción será aceptar tanto el nombre como la fortuna, tu madre te implora que aguardes, que reflexiones y juzgues ese mundo al que el testamento de tu tío te conducirá. No es el sencillo mundo campechano de Velletri donde transcurrió tu infancia, ni el entorno familiar de tutores y ayas de cuando eras niño; ni tampoco el mundo de los libros y la filosofía en el que viviste tu juventud, ni tan siquiera el sencillo mundo del campo de combate en el que César, en contra de mi voluntad, te inició. Es el mundo de Roma, donde ningún hombre sabe quién es amigo o enemigo, donde la licencia despierta más admiración que la virtud y donde los principios se hallan a merced de las voluntades particulares.
Tu madre te ruega que renuncies a los términos del testamento; puedes hacerlo sin traicionar el nombre de tu tío y nadie pensará mal de ti. Porque aceptando el nombre y la fortuna, aceptas también la enemistad tanto de los que asesinaron a César como de los que ahora honran su memoria. Tan solo contarás con el afecto de la plebe, al igual que César, que no fue suficiente para preservarle de su destino.
Inicio de la “Carta de Atia y Marcio Filipo a Octavio (abril, 44 a. C.)”
Hace unos años mi amigo Horacio me describió el modo en que componía un poema. Habíamos estado bebiendo vino y hablábamos con seriedad, por lo que creo que la descripción que entonces me hizo era más precisa que la expuesta más recientemente en lo que se conoce como la Carta a los Pisos, un poema sobre el arte de la poesía que, he de confesar, no me gusta demasiado. Me dijo: «Decido hacer un poema cuando me siento impelido por un sentimiento intenso; pero espero a que ese sentimiento se intensifique aun más hasta convertirse en un impulso incontenible; después pienso en un propósito, lo más sencillo posible, hacia al que dirigir ese sentimiento, a menudo sin saber cuál será la evolución. Y después compongo mi poema, empleando todos los medios a mi alcance. Si es necesario, tomo ideas prestadas de otros, no importa. Y si tengo que inventarme cosas, tampoco importa. Empleo el lenguaje que conozco y me muevo dentro de sus fronteras. Pero lo importante es esto: el propósito que descubro al final no es el mismo que concebí al principio. Pues cada nuevo problema trae consigo nuevas opciones, y cada opción que uno elige suscita nuevos problemas a los que hay que buscar solución, y así indefinidamente. En el fondo de su corazón, el poeta siempre se sorprende ante el rumbo que toma su poema».
Inicio de la “Carta de Cayo Cilnio Mecenas a Tito Livio (13 a. C.)”
Marco Cicerón había abandonado la ciudad poco antes de la llegada de los triunviros, convencido, y con razón, de que no tenía más oportunidades de escapar de Antonio que las que tenían Casio y Bruto de escapar de Octavio César. Huyó en primer lugar a su villa tusculana, para dirigirse después a través de carreteras comarcales a su villa de Formia con la intención de embarcarse en Gaeta. Intentó hacerse a la mar en varias ocasiones, pero los vientos adversos se lo impidieron: había un fuerte mar de fondo, y como ya no estaba en condiciones de soportar los vaivenes de un barco, cansado finalmente tanto de la huida como de la vida, decidió regresar a su villa en el interior, a escasos kilómetros del mar.
—Dejadme morir —dijo— en mi propio país, al que tantas veces he salvado.
Se sabe que sus esclavos estaban dispuestos a luchar por él con coraje y lealtad, mas él les ordenó que posaran la litera y que soportaran en silencio el duro e inexorable destino. Se colocó en su litera con el cuello estirado a la espera del golpe final, y le cortaron la cabeza. Pero aquello no satisfizo la brutalidad de los soldados, que le cortaron también las manos, vilipendiándolas por haber escrito en contra de Antonio. Le llevaron la cabeza a Antonio, quien ordenó que fuera exhibida junto con las dos manos en la tribuna desde la cual había hablado como cónsul y consular, y en la que aquel mismo año sus elocuentes invectivas contra Antonio habían despertado una admiración sin precedentes. Los hombres apenas podían alzar sus ojos llorosos para mirar los restos destrozados de su compatriota.
Fragmento de la «Historia de Roma» de Tito Livio (13 d. C.)
John Williams. El hijo de César. Ed. Pamies