A Cesare le gusta el silencio de las mañanas, incluso los sonidos que rodean el silencio, como el de las canciones o el café al inundar la taza, o el de la taza al posarse en la mesa, o el de la cuerda al correr el tendero, o el de la garganta al abrir paso al café, o el de una pinza de la ropa al caer a la calle. La música de los objetos en la maniobra de hacer vida normal e invisible le provoca cierta relajación. Pero conviene tener cuidado con el silencio: es un vicio. Si por cualquier motivo se acumula demasiado, acaba apoderándose de uno y ya nunca más es posible interrumpirlo. Urde un muro que ningún discurso franquea. A veces, cuando ha querido romperlo para atajar una mentira o una estupidez, ha sido incapaz. El silencio tiende a la dureza.
Juan Tallón. Fin de poema