Lectura: «Habíamos ganado la guerra», de Esther Tusquets

Desde su tardía presentación como escritora, Esther Tusquets ha construido la mayor parte de su literatura sobre una fuerte base vivencial. Ya en su primer libro, «El mismo mar de todos los veranos», se intuye un fondo genérico de autobiografismo que páginas suyas posteriores han corroborado. Un motivo principal de esta magnífica novela, la denostada figura materna, reaparece sin veladuras en el duro alegato de la emocionante “Carta a la madre”, escrito que forma parte de un conjunto de epístolas donde la autora analiza las relaciones reales con varias personas de su intimidad. También ha contado Tusquets su experiencia como responsable de la editorial Lumen en «Confesiones de una editora poco mentirosa». 

Salvo en estas “confesiones”, algo decepcionantes porque, si no mienten, callan mucho o, al menos, aplican una perspectiva modosa y amable, Tusquets siempre ha preferido, tanto en las novelas como en las evocaciones directas, la sinceridad a la discreción, e incluso su escritura se distingue por mostrar las vivencias con un tono bastante desgarrado. La propia escritora se coloca como sujeto de un análisis nada complaciente del que sale un retrato individual generalizable a usos, hábitos y mentalidades de su tiempo y de su clase social. Aunque no caiga Tusquets en aquella autoflagelación de las memorias de Jesús Pardo que causó impresión en su día, tampoco persigue, desde luego, dorar su imagen ni idealizarla. Al revés, echa sobre sí misma y sobre los suyos una mirada incisiva en busca de una verdad sin componendas ni convencionalismos. 

Este planteamiento impulsa también «Habíamos ganado la guerra», nuevo libro memorialístico de Tusquets que parte de una auténtica tesis. No es verdad -explica la autora- que la guerra civil la perdieran todos los españoles, unos la habían ganado, y lo sabían, y otros la habían perdido y no se les iba a permitir que lo ignoraran ni olvidaran. Los suyos, la burguesía acomodada catalana que apoyó el golpe contra la República, no pasaron penurias, y disfrutaron de la nueva situación que reverdecía antiguas desigualdades. Las dos ramas de sus progenitores, aunque de tendencias políticas bastante diferentes, participaron de tales privilegios. En tal ambiente se desarrolló la autora, si bien no fue la suya una existencia común, pues ella, niña “rara” y problemática, creció en una familia también “rara”; algo que ha subrayado de antiguo, como saben sus lectores fieles. 

esther-tusquets-habiamos-ganado-la-guerraTusquets destaca en su biografía los datos singulares que la marcan: colegio infantil alemán de inspiración nazi; tío sacerdote antisemita y antimasón que influyó en el mismísimo Franco; efímera militancia en un grupo de la vieja guardia de Falange… «Habíamos ganado la guerra» responde estrictamente, sin embargo, al modelo genérico de relato de maduración y narra paso a paso cómo fue descubriendo el mundo hasta conseguir la idea clara de la vida que le permitiría adoptar una posición firme: ella, hija de los vencedores, pertenecía al bando de los vencidos. 

Por eso su trayectoria, contada sin paños calientes y con amenidad, y repleta de interesantes noticias menudas de época, supera con mucho el caso singular, por curioso y atractivo que resulte. Tusquets logra uno de los retratos más reveladores que se hayan escrito de las características y contradicciones de un sector del franquismo, tanto de quienes estuvieron en la guerra como de sus descendientes. En él se ve con meridiana claridad cómo fue el proceso que llevó a la generación del medio siglo de la derecha familiar a las simpatías izquierdistas. Este recorrido vital se detiene al llegar al “final de etapa” que coincide con el inicio de los estudios universitarios. No debiera Esther Tusquets cortarlo ahí porque escasos son nuestros memorialistas capaces de trasformar con tanta lucidez y frescura la historia personal en profundo reflejo colectivo.

Santos Sanz Villanueva. El Cultural


Textos

En los años cuarenta, mi tío, y la gente como mi tío, como nosotros, la gente que había ganado la guerra, se podía permitir esto y más. La calle era nuestra, la ciudad era nuestra, el país era nuestro. De algún modo se nos había dicho, como el rey Asuero a la reina Esther: «No temas. Las leyes de mi reino no rigen para ti». Conseguíamos antes el coche, para los que había una larga lista de espera; obteníamos enseguida el teléfono, para el que la lista de solicitudes era interminable; ni catábamos la comida que daban con las cartillas de racionamiento; el pasaporte nos lo entregaban por la puerta lateral de jefatura, saltándonos la cola y sin que nadie protestara; las taquilleras de los cines y de los teatros nos conocían y nos guardaban las mejores localidades. Era un país desmoronado y pobretón, pero era nuestro.

[…]

Un último detalle divertido, y una de las poquísimas cosas que sé de mi abuelo paterno: era tan sensible y tan amante de la comodidad que, en el comedor, detrás de su silla, colocaban con cuidado un biombo, para que no le molestara el aire que levantaba al pasar junto a él la doncella que servía la mesa. Mucho refinamiento para un presunto banquero judío…

[…]

«Enseñanzas del hogar» no respondía a ningún objetivo determinado, ni nos preparaba, en realidad, para nada. Se habían limitado a suprimir las asignaturas más teóricas, o difíciles, o «masculinas» (las matemáticas, el griego, el latín) y a sustituirlas caprichosamente por otras.
Dábamos, a los diez, once o doce años, clases de puericultura, donde nos explicaban cómo alimentar al bebé, cambiarle los pañales, conseguir que durmiera, o lo que debía hacerse si presentaba síntomas de estar enfermo. También nos impartían, absolutamente teóricas, porque nunca vimos un fogón ni preparamos una ensalada, clases de cocina. Y unas clases de manejo de la casa —ventilarla, decorar el cuarto de los niños, disponer los armarios— y del marido, al que había que contentar a toda costa y utilizando siempre la mano izquierda, porque lo nuestro era reinar desde las sombras, que se hiciera lo que queríamos aparentando hacer lo que quería él. Evitar las discusiones, nunca oponérnosle de frente. Se insistía muchísimo en que había que ganárselo por el estómago, dándole bien de comer (del sexo no se hablaba), y en que, cuando llegaba cansado a casa, debíamos llevarle las zapatillas. El detalle de las zapatillas era una auténtica obsesión.

esther-tusquets  Esther Tusquets. Habíamos ganado la guerra

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