La poesía no sirve para nada. Es lo primero que me ha venido a la mente cuando me he puesto delante del ordenador para escribir esta columna.
No sirve para nada. Lo cierto es que la gente no compra libros de poesía, nadie se hace millonario con ella, ni siquiera hay programas en televisión que aborden este asunto. Mis alumnos me miran con estupefacción cada vez que les pido que escriban un poema donde plasmen sus sentimientos. Hay gente que incluso sigue pensando que los poemas los escriben los amargados de la vida que no encuentran salida a sus tristes vidas, que no tienen amigos o que simplemente son raros. La poesía no sirve para nada me repito constantemente en mi cabeza. La poesía nunca cambiará el mundo, no sacará de pobre a las pobres gentes que enfilan cada mañana la cola del Paro, no acabará con el hambre, ni tan siquiera fulminará con sus metáforas los lamentables desahucios, no tendrá respuestas para todo, mejor dicho no tendrá respuestas para casi nada. La poesía es la pariente desgraciada de la literatura que ronda por tu casa, que toca el timbre sin avisar y antes de que se marche critica el color de tus cortinas o pasa su dedo por encima de los muebles para ver si queda polvo. La poesía hay quien la encuentra en las canciones de Bob Dylan, en un billete de lotería premiado o en un gol en el último minuto de Cristiano Ronaldo y de penalti. Todo el mundo opina sobre la poesía, todos saben de alguien que escribe, aunque al rato confiesen que no tienen ni idea de poesía. Mucha gente proclama a los cuatro vientos que es una soberana tontería leer algo que no se entiende, que suena extraño y a veces ni siquiera tiene rima; como si la rima fuera asunto obligado. Pues esas tenemos, que después de todo y todos la poesía no sirve para nada. Y sin embargo, si no fuera por ella no existiría ese refugio contra la crueldad más cruel, no habría manera más fácil, como decía un gran poeta, de cortarle la cabeza a un rey o de seducir a una muchacha. Podríamos seguir con nuestras vidas sin la poesía pero qué triste sería.
Josemari García-Conde
(A través de Primera Edición)