
Librería Lello. Oporto. 1
La librería Lello, diseñada en 1906, con un interior asombroso de maderas talladas en un neogótico Tudor, no se parece a ninguna otra que yo haya visitado. Más que una librería, recuerda la biblioteca de una universidad muy antigua en un país muy civilizado. En ella puede sentirse la intemporalidad de las voces de los libros, pero también la de la presencia de las generaciones de lectores. Porque aparece en las películas de Harry Potter, se ha convertido en punto de destino de un turismo iletrado y masivo, que llega a cada momento desde cualquier parte del mundo. Los dueños han tenido que instalar un quiosco de venta de entradas, delante del cual hay siempre una cola de turistas que ya distraen la espera haciéndose fotos, con o sin el pertinente brazo extensible. La entrada cuesta tres euros, que se le devuelven al que compra un libro. Pero en el interior que fue tan espacioso ya no hay sitio ni calma para mirar ningún libro, ni para hacer otra cosa que no sea abrirse paso entre una masa de gente que toma fotos de sí misma. Parejas, familias enteras, apiñadas excursiones asiáticas, niños narcotizados por pantallas diminutas, un espesor de cuerpos en un vagón de metro a hora punta, un chasquido de cámaras digitales y tonos de teléfono. Desde una de las estanterías, un busto de Eça de Queiroz contempla el circo detrás de su monóculo.
Antonio Muñoz Molina. Babelia

Librería Lello. Oporto. 2

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