La ficción y la mentira

Desde Platón hasta Bertrand Russell, toda una línea del pensamiento occidental ha acusado a los autores de ficciones de estar muy lejos de la verdad, de propagar falsedades, y de ahí que Platón los expulsase de su república ideal. Por supuesto, una falsedad no es una mentira —una mentira es peor que una falsedad: es una falsedad intencionada—, pero, hartos de ser considerados enemigos de la verdad, y quizás hartos también de las mentiras que se dicen en nombre de la verdad, al menos desde Oscar Wilde muchos creadores han reivindicado, desafiantes, su condición de mentirosos: en La decadencia de la mentira, Wilde afirmaba que «mentir, contar cosas hermosas y no verdaderas, es el auténtico objetivo del Arte», y Orson Welles declara al final de F for Fake: «Nosotros, los mentirosos profesionales, esperamos ofrecer la verdad; me temo que el nombre pomposo que tiene es arte. El mismo Picasso lo dijo: “El arte es una mentira; una mentira que nos hace ver la verdad”». Así que, cuando Vargas Llosa titula La verdad de las mentiras un ensayo que en realidad es una teoría de la novela —quizá recordando un relato autobiográfico de Louis Aragon titulado Le mentir-vrai, que “también tiene mucho de teoría de la novela—, no está haciendo otra cosa que acogerse a una ya larga e ilustre tradición de disidentes. Sea como sea, esa expresión poliédrica y felizmente paradójica ha provocado muchas críticas, a veces un tanto simples. «Sólo con la novela puede llegarse a la verdad», escribió Stendhal, y nadie o casi nadie duda de que las ficciones proponen una verdad: una verdad huidiza, profunda, ambigua, contradictoria, irónica y elusiva, una verdad no factual sino moral, no concreta sino universal, no histórica o periodística sino literaria o artística; pero muchos niegan que las ficciones sean mentira.

CercasJavier Cercas. El Impostor

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