JAMÁS DA ECHENOZ puntada sin hilo. Y yerra quien piense que esta deliciosa colección de relatos espigados de aquí y de allá es obra menor. Este volumen es una caja de siete bombones que el lector degustará: son pralinés Echenoz Premium, que no se consumen por hambre, sino por capricho. El lector saborea su minuciosidad, su talante mordaz, su banalidad entronizada por el estilo, su metaficción sutil como una fina capa de crème fraîche en un bombón.
‘Nelson’ es una escrupulosa recreación histórica de un momento de la vida del almirante en el invierno de 1802, en la campiña inglesa, un retrato al óleo de Constable escrito a máquina en la fecunda línea de la ficción biográfica a la que el autor ha dedicado algunas de sus obras maestras como Ravel (2006) o Correr (2008). ‘Capricho de la reina’ es un modélico ejercicio de descripción, que le recordará al lector algunos textos de Perec y del nouveau roman más puro por su obsesión espacial, y que a la vez es un texto y el relato de cómo se está concibiendo, técnica en la que Echenoz es magistral. ‘En Babilonia’ es un relato sumamente irónico acerca de Heródoto y su presunta falta de rigor. ‘Veinte mujeres en el parque de Luxemburgo y en el sentido de las agujas del reloj’ es otro ejercicio de estilo, en el que pasa revista a las esculturas de reinas que observan al paseante en el jardín parisiense. La ironía se fija en sus atributos (los del ornato, pero asimismo los del cuerpo). Las listas, tan queridas por el autor de La vida instrucciones de uso, también se asoman con desparpajo al relato ‘Tres bocadillos en Le Bourget’, un texto tan apetitoso como deliberadamente absurdo acerca de los viajes en tren del autor a Le Bourget, al mundo suburbial de la periferia de la banlieue . Este relato, cercano al humor, al cómic y al pop art de su novela Rubias peligrosas (1995) —y uno de los bombones más apetitosos de la caja—, deslumbra ese estilo desapegado, neurótico, maniático y sarcástico de Echenoz que con frecuencia incurre en hipnóticas ceremonias de la banalidad. Se divierte de lo lindo demostrando que se puede mantener en vilo al lector sin absolutamente nada trascendente que decir, sólo a golpe de estilo y con private jokes . ‘Ingeniería civil’ es un cínico aunque espléndido divertimento a costa del ingeniero francés Gluck, fascinado hasta lo enfermizo por los puentes, un viudo más interesado en los 11.000 litros de pintura amarilla que se necesitaron para reconstruir un puente que en la historia que-pudo-haber-sido-y-no-fue que desapareció para siempre cuando se derrumbó. Un artículo de Wikipedia y una película de Lynch a partes iguales. Y ‘Nitrox’ juega con las expectativas del lector y con la lógica del discurso, entre la ciencia-ficción, el cine de James Bond y una pin-up de neopreno.
Prueben uno y acabarán en un santiamén con la caja entera de bombones.
Crítica de Javier Aparicio-Maydeu. En Babelia.
Textos
Sobre el particular existe una norma babilonia que el explorador observa con mirada muy crítica, y es la que obliga a toda mujer a acudir a un templo para prostituirse. Eso sí, debe observar esa norma una sola vez en su vida antes de regresar a su casa, pero ese sistema desagrada sobremanera a Heródoto. Lo que más le desagrada es que es injusto: dos pesas y dos medidas, porque así como las mujeres guapas pueden solventar en muy breve tiempo ese asunto, no es tal ni mucho menos el caso de las feas, quienes se las ven negras para encontrar tomador y que han de permanecer en el templo, a veces varios años, hasta que cumplen su misión. Y eso no gusta a Heródoto.
[…]
El único problema con él [Heródoto] es que a veces quiere ir demasiado deprisa y, para entender lo que narra, en ocasiones se echan en falta determinadas explicaciones, determinados pormenores. Tales pormenores se le antojan quizá secundarios, pero evidentemente dista mucho de imaginar que, de cuantos relatos de viajes circulan en Babilonia por aquel entonces, el suyo será el único que perdurará en la historia del mundo. De imaginárselo, tal vez procuraría mostrarse a veces un poco más preciso, a no ser que, ante semejante perspectiva, aterrado por tamaña responsabilidad, prefiera renunciar a su proyecto.
Del relato “En Babilonia”
Y así es como se mira un puente, bajo todos los ángulos y curvas de sus formas, bajo los proyectores de seguimiento de su futuro, desde su perfil puro sobre fondo de nubes hasta su destino violento entre los tanques. Uno puede dedicar a ello su vida. Pero también puede cansarse, como Gluck, al cabo de unos años. No porque desistiera de esa misión, sino porque, poco a poco, comenzó a abrumarle el peso de la soledad. Los puentes, siempre los puentes, puede que en definitiva aquello no fuera vida. Cuando inventariaba los antiguos, tal vez el pasado le hiciera suficiente compañía, pero, en su inspección de los modernos, le hubiera gustado compartir sus impresiones. Pronto pensó que plantearse encontrar otra mujer, transcurrido tanto tiempo, no implicaba forzosamente faltar a la memoria de Jacqueline, que, desde donde estaba, quizá incluso lo aprobaría.
Amparado en ese sentimiento, decidió pues abrirse al mundo, hablar con la gente en los vestíbulos de los hoteles y, en los comedores, intentar sonreír en la medida de lo posible. Pero tratándose de un hombre que lleva tanto tiempo sin dirigirse a las mujeres más que para señalar un plato en una carta o unos zapatos en un escaparate, cualquiera puede dar fe de que las cosas no tienen por qué ser así, de que buscar una compañera es la mejor forma de no encontrar ninguna, de que el azar es mejor aliado que la obcecación. Torpe, falto de experiencia y de método, se empecinó en vano hasta que tiró la toalla: pensar en otra cosa.
Del relato “Ingeniería civil”
Al salir de mi casa se me ocurrió una frase que me pareció que no sonaba mal: acababa de encaminarme hacia la Gare du Nord cuando me detuve para anotarla en mi libreta (en este caso una libreta un poco más grande, editada por el Museo de Arte Moderno de Medellín, que no acabo de entender cómo obraba en mi poder, pues nunca he puesto los pies en ese museo). Y dicha frase, aparte de que tampoco era ninguna maravilla, era sin lugar a dudas falsa, incluso falaz. Y a buen seguro me castigó por esa mentira mi bolígrafo, que me plantó cara y se negó rotundamente a escribirla. Por más que lo sacudí en todas direcciones, no quiso saber nada. Hube de admitir que no le quedaba tinta, y me vi obligado a dar un largo rodeo por la papelería que ocupa la esquina de la avenue Trudaine con la rue Rodier para comprar otra recarga.
Hubiera podido comprar otro bolígrafo, no me habría costado mucho más que esa recarga, pero me gustaba ése, le tenía apego, me encantaba su perfil de torpedo o de cohete, su ingeniosa pestaña, su material deliciosamente variado (metal pulido, metal brillante, materia plástica) se adaptaba gratamente a la mano y la mención I (corazón) NY permitía suponer que procedía del mismo lugar que mi libreta beige, no es que fuera muy bonito pero le tenía cariño. Además, era práctico para tomar notas caminando, al ser de bola retractable, y por ello más práctico que el rotulador Vs Hi-Tecpoint 0.5 Pilot que utilizo habitualmente pero cuyo capuchón, que hay que quitar y volver a poner (y que uno no sabe dónde dejar entretanto), retrasa el movimiento.
Del relato “Tres bocadillos en Le Bourget”
