No veo de qué manera una obra concebida por el ingenio humano puede ser natural. Al contrario que los bonsáis o que los champiñones, que sí brotan espontáneamente cuando llueve, los libros nunca nacen solos; son siempre resultado de la voluntad y se construyen con artificio […]
Lo interesante de los libros además no es su naturalidad, signifique lo que signifique este término aplicado al arte, sino lo que tienen de artificiales, es decir, de voluntad comunicativa a través de la planificación y del lenguaje. Y para eso es necesario no sólo podar, sino también cavar, regar, injertar y quitar malas hierbas. De otro modo, los libros crecen sin propósito y sin sentido literario.
Antonio Orejudo