Lectura: “Voces de Chernóbil”, de Svetlana Alexievich

Svetlana Alexievich. Voces de chernóbilUn libro estremecedor que da voz a las personas que sobrevivieron al desastre de Chernóbil y que fueron silenciadas y olvidadas por su propio gobierno. ”EN MITAD de la noche oí un ruido. Gritos. Miré por la ventana. Él me vió: ”Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Vendré pronto.” El rela to de la esposa de Vasia, un joven bombero, abre este impactante libro sobre las secuelas que la catástrofe de Chernóbil dejó en personas que lo vivieron y de la manipulación de la información por parte de las autoridades soviéticas. Este libro está planteado como si fuera una tragedia griega, con sus coros y unos protagonistas marcados por un destino fatal que hacen oír sus voces a través de monólogos. Pero a diferencia de una tragedia griega, en Chernóbil el orden no volverá a restablecerse: no hay catarsis posible.

Contraportada de Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexievich


TEXTOS

Fragmentos de la entrevista de la autora consigo misma…

Con Chernóbil, el hombre ha alzado su mano contra todo, ha atentado contra toda la creación divina, donde, además del hombre, viven miles de otros seres vivos. Animales y plantas.

Cuando fui a verlos… Y cuando escuchaba sus relatos sobre cómo se dedicaban (¡los primeros y por primera vez!) a una tarea nueva, humana e inhumana a la vez, que era la de enterrar la tierra en la tierra, es decir, la de enterrar en búnkeres de hormigón especiales las capas contaminadas junto con todos sus habitantes: escarabajos, arañas, crisálidas… Los más diversos insectos cuyos nombres incluso desconocían. O no recordaban…

…Los héroes de Chernóbil tienen un monumento. Es el sarcófago que han construido con sus propias manos y en el que han depositado la llama nuclear. Una pirámide del siglo XX….

…Después de que la población abandonara el lugar, en las aldeas entraban unidades de soldados o de cazadores que mataban a tiros a todos los animales. Y los perros acudían al reclamo de las voces humanas…, también los gatos. Y los caballos no podían entender nada. Cuando ni ellos, ni las fieras ni las aves eran culpables de nada, y morían en silencio, que es algo aún más pavoroso…

…En este sentido, Chernóbil ha ido más allá que Auschwitz y Kolimá. Más allá que el Holocausto. Nos propone un punto final. Se apoya en la nada…

…También se me grabaron cosas como esta. Me contaba un viejo apicultor (y más tarde lo escuché de otra gente):

«Salí por la mañana al jardín y noté que me faltaba algo, cierto sonido familiar. No había ni una abeja. ¡No se oía a ni una abeja! ¡Ni una! ¿Qué es esto? ¿Qué pasa? Tampoco al segundo día levantaron el vuelo. Ni al tercero. Luego nos informaron de que en la central nuclear se había producido una avería, y la central está aquí al lado. Pero durante mucho tiempo no supimos nada. Las abejas se habían dado cuenta, pero nosotros no. Ahora, si noto algo raro, me fijaré en ellas. En ellas está la vida»…

[Chernóbil] Es una catástrofe de la conciencia. El mundo de nuestras convicciones y valores ha saltado por los aires…

…Ahora ya no podemos creer, como los personajes de Chéjov, que dentro de cien años el mundo será maravilloso. ¡La vida será maravillosa! Hemos perdido este futuro. En esos cien años ha pasado el gulag de Stalin, Auschwitz… Chernóbil… El 11 de septiembre de Nueva York…

 

Fragmentos de diversos monólogos

 Le contaré solo lo mío. Mi verdad.

Ocurrió así. Por la radio habían dicho: «¡No se pueden llevar los gatos!». Mi hija se puso a llorar, y del miedo a quedarse sin su querido gato empezó a tartamudear. ¡Y decidimos meter el gato en la maleta! Pero el animal no quería meterse en la maleta, se escabullía. Nos arañó a todos. «¡Prohibido llevarse las cosas!». No me llevaré todas las cosas, pero sí una. ¡Una sola cosa! Tengo que quitar la puerta del piso y llevármela; no puedo dejar la puerta. Cerraré la entrada con tablones.

Nuestra puerta… ¡Aquella puerta era nuestro talismán! Una reliquia familiar. Sobre esta puerta velamos a mi padre. No sé según qué costumbre, no en todas partes lo hacen, pero entre nosotros, como me dijo mi madre, hay que acostar al difunto sobre la puerta de su casa. Lo velan sobre ella, hasta que traen el ataúd. Yo me pasé toda la noche junto a mi padre, que yacía sobre esta puerta. La casa estaba abierta. Toda la noche. Y sobre esta misma puerta, hasta lo alto, están las muescas. De cómo iba creciendo yo. Se ven anotadas: la primera clase[10], la segunda. La séptima. Antes del ejército… Y al lado ya: cómo fue creciendo mi hijo. Y mi hija. En esta puerta está escrita toda nuestra vida, como en los antiguos papiros. ¿Cómo voy a dejarla?…

…Espere… Quiero que sepa una cosa… Yo no temo a Dios. A mí lo que me da miedo son los hombres…

…Al principio todos hablaban de «catástrofe», luego de «guerra nuclear». He leído sobre Hiroshima y Nagasaki, he visto documentes. Es pavoroso, pero algo comprensible: una guerra nuclear, el radio de la deflagración. Esto hasta podía imaginármelo. Pero lo sucedido con nosotros… Para esto me faltaba… Me faltaban conocimientos, me faltaban todos los libros que yo había leído en toda mi vida. Regresaba de un viaje de trabajo y me quedaba mirando perplejo los estantes de libros en mi despacho. Leía. Aunque podía no leer. Una cosa nunca vista destruía mi mundo anterior. Era algo que se introducía, que penetraba en ti. Al margen de tu voluntad.

Recuerdo una conversación con un científico: «Esto es para miles de años —me explicaba—. El uranio se desintegra en 238 semidesintegraciones. Si lo traducimos en tiempo, significa mil millones de años. Y en el caso del torio, son catorce mil millones de años». Cincuenta. Cien. Doscientos años. Vale. Pero ¿más? Más allá de esta cifra, mi mente no podía imaginar. Dejaba de comprender qué es el tiempo. ¿Dónde estoy?…

…No hace mucho publicaron en la prensa que, en el año 93, en nuestro país, en Bielorrusia, se practicaron 200 000 abortos. Y la primera causa era Chernóbil…

…Pero ahora, después de Chernóbil, todo ha cambiado. También esto. Ha cambiado el mundo, que ahora ya no nos parece eterno, como lo ha sido hasta hace muy poco. De pronto la Tierra se ha vuelto pequeña. Nos hemos visto privados de la inmortalidad. Esto es lo que nos ha pasado. Hemos perdido el sentido de la eternidad…

…Nos marchamos.

Quiero contarle cómo se despidió mi abuela de nuestra casa. Le pidió a papá que sacara del desván un saco de grano y lo esparció por el jardín: «Para los pajarillos de Dios». Recogió en un cesto los huevos y los echó al patio: «Para nuestro gato y para el perro». Les cortó unos trozos de tocino. De todos los saquitos echó las simientes: de zanahoria, de calabaza, de pepinos, de cebolla. De diferentes flores. Y las esparció por el huerto: «Que vivan en la tierra». Luego le hizo una reverencia a la casa. Se inclinó ante el cobertizo. Recorrió los manzanos y los saludó a cada uno.

Y el abuelo se quitó el gorro cuando nos marchamos…

…Mi papá es chófer, él ha ido allí y nos ha contado. Primero se cava un gran hoyo. De cinco metros. Llegan unos bomberos. Con las mangueras, lavan la casa desde la punta hasta los cimientos, para que no se levante el polvo radiactivo. Las ventanas, el techo, el zaguán… Todo lo lavan. Y luego una grúa levanta la casa y la coloca en el hoyo. Muñecos, libros, botes tirados. Una excavadora lo recoge todo. Lo entierran todo con arena, con barro, y lo apisonan. En lugar de la aldea queda un campo liso. La nuestra la han sembrado de cereal. Allí está enterrada nuestra aldea. La escuela y el sóviet local…

 

MONÓLOGO ACERCA DE UNA CANCIÓN SIN PALABRAS

Le besaría a usted los pies. Se lo suplico. Encuéntrenos a Anna Sushkó. Vivía en nuestra aldea. En Kozhushkí. Anna, de apellido Sushkó. Le daré todos los detalles y usted publíquelo. Es jorobada. Y muda desde niña. Vivía sola. De sesenta años. Durante la evacuación, la metieron en una ambulancia y se la llevaron en dirección desconocida. No sabe ni leer ni escribir, por eso no hemos recibido ninguna carta de ella. A la gente sola y enferma la ingresaban en asilos. La escondían. Pero nadie sabe las direcciones.

Publíquelo.

Toda la aldea le tenía lástima. La cuidábamos como si fuera una criatura. Uno le cortaba la leña; el otro le llevaba la leche. Un tercero le hacía compañía por las tardes. Le encendía la estufa…

Durante dos años, después de padecer en diferentes lugares, hemos regresado a nuestras casas. Dígale que la suya está entera. Tiene techo y ventanas… Y lo que esté roto o lo hayan robado, lo arreglaremos entre todos. Denos solo una dirección, dónde vive la pobre, que iremos a buscarla y la traeremos. La traeremos de vuelta. Para que no se muera de la tristeza. Le besaría a usted los pies. Un alma inocente sufre en algún rincón extraño.

Y otro detalle… Me había olvidado… Cuando le duele algo, se pone a cantar una canción. Sin palabras. Solo con la voz. Porque hablar no puede. Cuando le duele algo, tararea una canción: «ta-ra-rá»… Así se queja.

Ta-ra-rá…

MARIA VOLCHOK, vecina

Svetlana AlexievichSvetlana Alexievich

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