El Vieco cortaziano XI: Inicios literarios

Me veo a los veinte años envuelto en las telarañas del autodidactismo, mezclando la peor literatura con los primeros pantallazos sobrecogedores de Roberto Arlt, Dostoyevski, Thomas Mann, saltos y recaídas de Ama­do Nervo a Rilke, de Pierre Loti a Aldous Huxley. Me faltaba el coagulante instantáneo que un día fijara las materias preciosas y mandara a la basura todo el resto. Algunos se estremecerán al saber que ese coagulante se llamó para mí Jean Cocteau; pero Ramón [Gómez de la Serna] fue quien me lo trajo, quien me curó para siempre de la cursilería, él que tanto sabía sobre lo cursi y que escribió su tipología definitiva.

En una librería de la calle Corrientes me atrajo no sé por qué la edición española de «Opio», diario de una desintoxicación narrada a su manera por Cocteau. El pró­logo era de Ramón, y tan admirable como los muchos prólogos que antes y después leí de él; su presentación de Baudelaire, por ejemplo, donde con su estilo despei­nado y meandroso va creando la atmósfera del París ro­mántico al alba del modernismo, ese homenaje a la vez profundo y de sobremesa al «desgarrado Baudelaire», su frase final que suena en mi recuerdo con una lenta reverberación de gong: «El es la estatua de bronce en la plaza central de nuestra memoria».

En un café empecé la lectura de «Opio», y el camino de Damasco fue fulgurantemente para mí el camino de París, con Ramón como psicopompo y Jean Cocteau como sacerdote. Es fácil sonreír ahora frente a con­versaciones donde la ingenuidad viste de blanco a ese neófito que bebe su café sin poder arrancar los ojos del libro. Yo sé que fue hermoso y que me salvó del probable destino que me esperaba al término de mis estudios oficiales; esa tarde dos manos invisibles me tomaron por los hombros y me empujaron hacia una nueva visión de la realidad. En unas pocas horas supe por Ramón que Cocteau no era el playboy que denun­ciaban y siguen denunciando los hombres serios de la literatura, y la lectura de su libro me abrió a una de las puertas que llevaban a vertiginosos paisajes llamados Chirico, Roussel, Eisenstein, Picabia, Radiguet, Rilke, Gide, Buñuel, Picasso, Diaghilev, Dalí, Satie. Paradó­jicamente, esa casi brutal inmersión en una realidad insospechada me ayudó a sentir mejor lo argentino, a separar casi inmediatamente lo malo de lo bueno, a leer a Borges y a González Tuñón y olvidarme por fin de Capdevila y de Hugo Wast.

Julio Cortázar. De «Los pescadores de esponjas»

Cortazar 6

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