La vida, con sus pequeñas alegrías y momentos de felicidad, pero también con sus tristezas y desconcertantes altibajos, es el tema de esta novela extraordinaria. Los recuerdos aparentemente dispersos y desordenados de Marie Commeford, la protagonista y narradora de esta historia, una neoyorquina de origen irlandés, nos envuelven en una telaraña invisible en la que se entretejen la infancia, el despertar sexual, los primeros amores, la maternidad, la formación de una familia y la vejez.
En su narración, que recorre siete décadas de vida en Brooklyn, las escenas encajan con una ligereza y naturalidad pasmosas, convirtiendo en emocionante la que en apariencia era una existencia como tantas otras.
Una novela que nos reconcilia con los desengaños y las ilusiones cotidianas, con las pequeñas exigencias de la vida que tantas veces nos dominan y condicionan, y que confirma a Alice McDermott (ganadora del National Book Award y dos veces finalista del Pulitzer) como una de las más destacadas escritoras norteamericanas contemporáneas.
Contraportada del libro. Ed. Libros del Asteroide
Textos
Por aquel entonces yo aún dormía en una cuna que había sido de mi hermano, en un rincón del pequeño dormitorio que compartía con él. Tenía un cordero pelón pintado en la cabecera y una línea borrosa de césped y florecillas silvestres a los pies. Luz tenue. Oraciones. Los labios secos de mis padres sobre mi frente, y alguna palabra suelta susurrada al final del día, me hacían saber que esas dos sombras indistintas y de cálido aliento que se inclinaban sobre mí al final de cada día me querían sobre todas las cosas.
[…]
Siendo una pareja católica, las iglesias deberían haber sido el punto de referencia de nuestras vidas, pero lo cierto es que fueron los pasillos revestidos de azulejos de aquellos viejos hospitales de ciudad los que marcaron los instantes más importantes de nuestra vida en común. Los nacimientos de nuestros cuatro hijos, la muerte de mi madre, las operaciones de amigdalitis y de apendicitis que se sucedieron, la hernia de Tom, la crisis nerviosa de Gabe y, en aquel momento, esa cirugía, al día siguiente, para reparar mi ojo izquierdo. ¿Y no sería un pasillo parecido a aquel el que serviría de escenario para nuestra despedida final?
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Yo era aún lo bastante ingenua y estaba lo bastante borracha como para sorprenderme al descubrir que un cuerpo podía convertirse en algo completamente distinto una vez desnudo. Al igual que me sorprendió descubrir, no entonces, naturalmente, sino con el paso del tiempo, que en la oscuridad todo permanecía inmutable: la piel, el pelo, las extremidades, los huesos y la grasa, los aromas y los latidos y la respiración. Inmutable para la boca, inmutable para los labios. Un misterio solamente revelado a quienes llevan casados mucho tiempo.
[…]
Al igual que la mayoría de los trabajadores —«cuidadores», se llamaban procedía de una de las islas del Caribe y hablaba con un deje que muchas veces me resultaba tan hermoso como incomprensible.
—Estoy bien —dije.
Si tú eres el cuidador, decía yo a veces, ¿tengo que tener cuidado contigo? Pero nunca entendían la broma.
—¿Le gustaría volver a acostarse? —preguntó, y yo levanté la mano. El sueño me esquivaba de la misma manera que habían empezado a hacerlo tantas cosas: los recuerdos, los sonidos, la vista. Me había cansado de esperarlo.
—No —dije—. Estoy mejor en la silla.
—Yo creo que estaría usted mejor en la cama —dijo él.
Le conté que tenía cuatro hijos y seis nietos y que todos ellos sabían imitar a la perfección a mi madre; que probara con otra táctica.
Le oí reír.
[…]
—¿Me llamará cuando esté lista para irse a la cama? ¿Me llamará para que pueda ayudarla?
—Sí —dije, y el silencio que siguió me indicó que el cuidador sabía que le estaba mintiendo. Vi entrar a los niños en la habitación.
—Si me lo pide —dijo en voz baja—, ya sabe que la ayudaré. No tiene más que pedírmelo.
Y entonces desapareció de la poca vista que me quedaba, puesto que mis ojos de repente se inundaron de lágrimas.
Supongo que entonces me puse de pie, porque fue él quien me agarró cuando me caí.

La verdad es que me encantan las historias que nos hablan de lo cotidiano, de las pequeñeces de la vida, que esconden los grandes temas de los que hablas. Por lo que dices esta novela parece que tiene un cierto tono feminista, ¿o no? Saludos
Tiene un tono feminista puesto que la narradora es mujer. Aparte es una excelente novela, recomendable.
Agradezco tu comentario
Un saludo
Miguel