La soledad le desolaba y la compañía le deprimía. Vivió con el temor de que hablaran de él. Si le miraban, decía estremecerse; si alguien mostraba interés en él, huía. Le gustaba soñar, beber y escribir. Se ganó la vida como contable, como oscuro trabajador en almacenes, en oficinas que parecían diseñadas como perfectas guaridas del que pretende no ser visto, no ser mirado, no ser interrumpido. Supo vivir protegido en el anonimato de monótonos trabajos. Su nombre fue Fernando Pessoa […]
No jugó al fútbol, no cantó fados, ni ganó el Nobel. […] Es un hombre solo, un personaje con sombrero, traje gris y cigarro en mano. Es un bebedor a pie de cualquier barra de barrio. Se pasó la vida huyendo del falso prestigio de la pompa, escapando a los afectos, fugándose de sí mismo. Frecuentó tertulias, creó revistas, escribió artículos y poemas. Ni persiguió el éxito, ni conoció el dinero, y apenas consiguió la escasa fortuna de publicar un solo libro en vida. Hoy, 80 años después de su temprana muerte, es el más conocido, vendido, reverenciado y traducido de los escritores portugueses. Involuntario emperador de su lengua. Inmortal escritor que siempre seguirá vivo al margen de sus deseos.
Javier Rioyo
