Textos
La vida diaria con sus obligaciones y rutinas era algo que soportaba, no algo que me hiciera feliz, nada que tuviera sentido. No se trataba de falta de ganas de fregar suelos o cambiar pañales, sino de algo más fundamental, de que no era capaz de sentir el valor de lo cercano, sino que siempre añoraba estar en otro sitio, siempre deseaba alejarme de lo cotidiano, y siempre lo había hecho. De manera que la vida que vivía no era la mía propia. Intentaba convertirla en mi vida, ésa era la lucha que libraba, porque quería, pero no lo conseguía, la añoranza de algo diferente minaba por completo todo lo que hacía.
La primavera en la que me mudé a Estocolmo y conocí a Linda, por ejemplo, el mundo se me abrió de pronto, a la vez que su intensidad aumentó vertiginosamente. Yo estaba locamente enamorado y todo era posible, la alegría y el placer se encontraban siempre al borde de estallar y abarcaban todo. Si por aquel entonces alguien me hubiese hablado de falta de sentido, yo me habría burlado de él, porque yo me sentía libre y el mundo estaba abierto a mi alrededor, repleto de significado […]“Ese estado duró medio año, medio año durante el que fui absolutamente feliz, me sentí absolutamente presente en el mundo y en mí mismo, antes de que poco a poco empezara a palidecer y el mundo una vez más dejara de estar a mi alcance. Un año más tarde reapareció, aunque de un modo bastante diferente. Fue cuando nació Vanja. Entonces no fue el mundo el que se abrió, ya lo habíamos excluido en una especie de concentración absoluta sobre el milagro que estaba teniendo lugar ante nosotros, sino algo dentro de mí. Si el enamoramiento había sido salvaje e imprudente, inundado de vida y embriaguez, aquello era delicado y atenuado, lleno de una atención infinita hacia lo que estaba sucediendo. Duró cuatro semanas, tal vez cinco.
[…] el que la novela fuera nominada al Premio de Literatura del Consejo Nórdico me resultó indiferente, porque algo sí había llegado a entender el último año, y era que lo único de lo que se trataba respecto a escribir era de escribir. Todo el valor residía en eso. Y, sin embargo, también quería más de lo que lo acompañaba, porque la atención pública es un narcótico, la necesidad que satisface es artificial, pero cuando se ha saboreado, se quiere más.
—¡Empecemos! —dijo la bella joven, pulsando el botón del CD.
Una melodía que recordaba a algo folklórico inundó la habitación; yo empecé a andar detrás de los demás al ritmo de la música. Tenía sujeta a Vanja con una mano debajo de cada brazo, de modo que colgaba contra mi pecho. Luego di unas patadas en el suelo, la giré y vuelta a empezar. A muchos les resultaba muy divertido, se oían risas e incluso algunos chillidos. Al acabar esa parte nos tocó bailar a solas con el niño o la niña. Yo me contoneaba por la habitación con Vanja en brazos, mientras pensaba que así tendría que ser el infierno, tierno, bienintencionado, y lleno de madres desconocidas con sus bebés.
Después de despedirnos, y mientras subía las cuestas hacia mi habitación en Mariaberget, me di cuenta de dos cosas.
La primera era que quería volver a verla cuanto antes.
La segunda que ya sabía adónde iría: hasta allí dentro, hasta allí dentro donde había mirado esa noche. Ninguna otra cosa sería lo suficientemente buena, ninguna otra cosa podría serlo. Me movería sólo hacia allí, hacia lo más esencial, hacia el núcleo más profundo de la existencia humana. Si tardaba cuarenta años, tardaría cuarenta años. Pero no debía perderlo nunca de vista, no olvidarlo nunca, era allí adonde tenía que ir.
Allí, allí, allí.”
A la mañana siguiente fui a Lasse i Parken. Puse un cuaderno en la mesa y empecé a escribirle una carta. Escribí qué significaba ella era para mí. Escribí qué significó cuando la vi por primera vez y qué significaba ahora. Escribí sobre sus labios, que se deslizaban sobre sus dientes cuando se entusiasmaba con algo, escribí sobre sus ojos cuando chisporroteaban y cuando abrían su oscuridad como si absorbieran la luz. Escribí sobre su manera de andar, el pequeño meneo del trasero, casi estilo modelo. Escribí sobre sus pequeñas facciones japonesas. Escribí sobre su risa, que en ocasiones llegaba a dominarlo todo, y sobre cuánto la amaba en esos momentos. Escribí sobre las palabras que ella empleaba con más frecuencia, sobre cómo decía la palabra «estrella» y la manera en la que sembraba por todas partes la palabra «fantástico». Escribí que todo esto era sólo lo que yo había visto, y que no la conocía en absoluto, que no sabía qué pensaba ella, y poco de cómo veía ella el mundo y las personas dentro de él, pero que lo que yo veía era suficiente, sabía que la amaba y que la amaría siempre.
Nunca resulta fácil enfrentarse a lo grandioso, sobre todo si te encuentras muy dentro de lo trivial y cotidiano, como siempre ocurre. Eso absorbe casi todo, empequeñece casi todo, excepto aquellos escasos sucesos que son tan inmensos que dejan fuera todo lo trivial, todo lo cotidiano. Eso es lo grandioso y en lo grandioso no se puede vivir.
